El costo de la vida, un México sin oportunidades
El cineasta Rafael Montero retrata en El costo de la vida (1988) todo lo que implica salir adelante en una ciudad tan caótica como el entonces Distrito Federal, con una joven pareja de enamorados como protagonistas: Patricia y Miguel, interpretados por Alma Delfina y Rafael Sánchez Navarro, respectivamente.
Aquí el villano es la crisis reinante que los atenaza con una economía familiar que ni siquiera les permite soñar con pequeños lujos. Patricia anhela conocer el mar, aunque sea acampando bajo una palapa, pero sus sueldos apenas les dan para vivir modestamente en un departamento arriba de una tintorería.
Ella trabaja en una tienda departamental y él es dibujante en una constructora, con estudios truncos en arquitectura. Crédulamente Miguel asume una estabilidad que se derrumbará hasta hacerlo caer en lo inimaginable.

LA CRUDEZA DEL DESEMPLEO
El balde de agua fría viene cuando la jefa (Lucía Guilmain) de Miguel le notifica cortés pero fríamente que, por la crisis que atraviesa la constructora y el país en general, tienen que hacer recorte de personal y prescindir de sus servicios. Además, al no contar con título universitario, nada se puede hacer por él más que entregarle su correspondiente cheque de tres meses de sueldo y adiós.
El recién despedido se pone de un genio que ni él mismo se aguanta. La primera que la lleva es Patricia. “Ni pienses que voy a vivir de tu dinero”, le dice a manera de advertencia y para salvar su dignidad. Ella atina a recordarle que la pueden ir pasando con lo que gana en la tienda y con el dinero del cheque mientras consigue otro trabajo. Claramente también está mortificada.
Dicho y hecho, Miguel no se queda de brazos cruzados y sale a ver de dónde saca para la papa, pero una entrevista humillante de trabajo le abre totalmente los ojos del panorama al que se enfrentará, sobre todo al ver la fila de desempleados que, como él, soportan las rancias preguntas de un adusto reclutador (Patricio Castillo).
Este, tras su escritorio de mala muerte, en su posición privilegiada e incuestionable, con todo el permiso del sistema y la burocracia para rascar inescrupulosamente en la vida del entrevistado, le cuestiona sobre sus ideologías, si fuma o bebe en exceso, si lee y qué tipo de lecturas, por qué se fue de su último empleo.
Miguel se ve a sí mismo en un callejón sin salida cuando tiene que reconocer que no sabe inglés, solo un “poquito”. El reclutador, déspota, inquisitivo, malencarado, harto también del mismo proceso de selección y tal vez hasta de su propia vida, no parece entusiasmado ni convencido, así que le dice que en caso de tener una respuesta positiva se lo notificará por telegrama. El entrevistado nota la clásica mentira.
Mientras tanto, en su trabajo, Patricia platica en sus recesos con su compañera y amiga Aída (Luisa Huertas). Sus conversaciones versan sobre las injusticias sociales e invitan a reflexionar sobre cómo la mujer es condicionada, desde que nace, con vestiditos rosas equivalentes a una camisa de fuerza que la obligará a ciertos patrones de comportamiento y dinámicas limitantes de por vida.
En lo laboral no están muy contentas que digamos. Tal vez otras mujeres envidiarían sus empleos de oficinistas por trabajar sentadas detrás de una computadora y de máquinas de escribir, aparentemente a gusto; pero, por otro lado, tienen que tragarse todos los desplantes de los clientes inconformes.
Además son testigo de situaciones vergonzosas, como la de una señora (Evangelina Martínez) que se guarda una plancha en su bolsa sin ninguna intención de pagarla y la interceptan antes de irse de la tienda.

A CHAMBEAR DE LO QUE SEA
Miguel sigue firme en no depender de su mujer, por lo que se pone a vender enciclopedias y libros a domicilio, lo que aumenta su frustración ante el éxito no obtenido y su nulo poder de convencimiento.
Se refugia en el alcohol con sus ex compañeros de trabajo, entre ellos Mario (Alonso Echánove), sin faltar los que les da por filosofar entre copa y copa (Alejandro Landero y Salvador Garcini) hasta el amanecer.
La relación con Patricia sufre una fuerte fractura. La mujer, en su mundo y sus procesos mentales, ignora el saludo de Miguel y todo lo que tenga que decir. Él, por su lado, se indigna ante la falta de comprensión de su pareja. Hasta le había llevado una rosa roja y un par de aretes dorados para suavizar la situación, pero ella se mantiene como un témpano de hielo porque quiere irse enseguida. El reloj checador es otro villano mudo que no acumula rencores, pero sí retardos.
Luego Miguel intenta hacerla de taxista y aunque al principio recibe el apoyo de Mario, quien lo lleva con su “padrino”, el licenciado David del Campo (Héctor Ortega), para que le arregle los papeles a cambio de las placas en tiempo récord, acaban quedándole mal.
Al padrino parece habérselo tragado la tierra con todo y los quinientos pesos que le había dado como adelanto. Mario trata de calmar a Miguel y lo lleva a un tugurio a emborracharse, pero este termina pagando la cuenta involuntariamente al caer inconsciente, situación que su “amigo” aprovecha para sacarle los últimos billetes de su bolsillo.
Con toda la intención de salvar su relación, Patricia le dice que tienen que hacer algo, tal vez irse lejos de la ciudad a empezar en otro lado, pero él se niega.

UNA ENCRUCIJADA
Un hecho desafortunado marcará el rumbo de sus vidas. La pareja es asaltada al salir del cine, a punta de pistola, luego de dar vuelta por una calle oscura. Poco después, Miguel experimenta la tentación del dinero fácil: asalta al empleado de una farmacia amenazándolo con una navaja en el cuello.
Patricia se vuelve su cómplice al ayudarlo a contar la billetiza, lo que le provoca un alivio momentáneo. Pero, lejos de pagar sus deudas —entre ellas la renta—, se gastan el dinero en un bar con música en vivo.
Ahora Patricia acompaña a Miguel en el carro para asaltar a más incautos. Parecen no darse cuenta que se han convertido en un par de delincuentes. La situación tiene que ponerse color de hormiga para que ella le insista en abandonar la ciudad. Cuando lo convence, el vehículo se descompone en la carretera y regresan para continuar con su reciente modus vivendi. Dinero que obtienen robando, dinero que despilfarran en un dos por tres.

LA CRISIS ETERNA
En esta cinta resalta la música de Alfonso Muñoz Guemes y otros invitados para darle una atmósfera de desesperanza que se complementa con el diseño sonoro. Por ejemplo, la insistencia de los cláxons en hora pico parece producir su propia música, como si se tratase de instrumentos descompuestos cuya intención es poner los nervios de punta con chirridos y cacofonías. Asimismo, la sonorización enmarca situaciones que alcanzan lo sórdido.
El costo de la vida muestra las tristes constantes que por décadas no han cesado en México: sus crisis, el desempleo, los cobradores, la falta de oportunidades y las dinámicas del mundo laboral. La impotencia donde unos ven que “otros sí”, mientras “ellos no”, los zapatos gastados porque urge más completar la canasta básica.
De hecho, en una ocasión el jefe de Patricia le reclama que por qué no acude al trabajo “mejor presentada”, cuando claramente no le alcanza para unos mejores zapatos. Esa mañana sonó el despertador muy temprano y aun así no le dio tiempo de planchar su falda. Apenas y desayunó apresuradamente para salir y cumplir con el horario establecido.
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