Fuera de la cámara, Francisco dice que se arrepiente de haberse tatuado la cara. Todas las veces que lo hizo, confiesa, estaba bajo los influjos de alguna sustancia. En medio del viaje, él mismo tomaba la máquina cargada de tinta y sin pensarlo mucho comenzaba a descargarla sobre su cuerpo. No sabe exactamente cuántos tatuajes tiene, pero son visibles en su cuello, brazos y piernas. Lo que sí sabe, es que tenía 14 años de edad cuando por querer “pertenecer” comenzó a consumir drogas. Primero mariguana, luego cocaína, y al final cristal. Esta última, expresa Francisco, fue la droga que le destruyó la vida.
Su historia no es un caso aislado. En Coahuila, el cristal se ha consolidado como la principal droga de impacto entre las personas que buscan atención por consumo de sustancias. Registros de los Centros de Integración Juvenil muestran que, mientras en 2015 apenas representaba el 1.8 por ciento de los casos atendidos en Torreón, para 2021 la cifra había escalado a más del 60 por ciento, reflejando el avance acelerado de una sustancia altamente adictiva que ha transformado el panorama de las adicciones en la región.
Especialistas advierten que esa sustancia no sólo genera una dependencia más rápida que otras drogas, sino que también provoca deterioro cognitivo, trastornos psiquiátricos, pérdida de vínculos familiares y una mayor exposición a la violencia. Detrás de esas estadísticas hay historias como la de Francisco: adolescentes que comenzaron consumiendo por curiosidad o presión social y terminaron perdiendo años de su vida frente a una adicción que parece imposible de superar.
Actualmente, Francisco tiene 26 años y asegura que la batalla contra el cristal no termina al salir de un centro de rehabilitación. Todos los días, comparte, debe enfrentar el impulso de volver a consumir.
“Fueron casi 12 años que desaproveché. No es fácil tener toda una vida consumiendo y que te la corten de raíz. Para mí ha sido muy difícil dejar de consumir, porque ya era como un hábito”.
Lo repite varias veces durante la conversación, como si necesitara convencerse a sí mismo de que cada día sobrio es una victoria. Hoy decidió contar su historia porque cree que ninguna campaña de prevención tiene el peso de una voz que todos los días trata de sobrevivir a una adicción.
"Lo único que puedo ofrecer es mi experiencia".
Espera que alguien, al conocerla, decida pronunciar un no a tiempo y así evitarse el caminar por las tinieblas.
¿Tu familia o la calle?
Al crecer en un barrio de Torreón, Francisco pensó que drogarse y parecer “malo” era la mejor forma de ganarse el respeto de todos.
“Yo empecé a consumir simplemente por encajar con las amistades de las que me rodeaba. El círculo social influye mucho en las decisiones de una persona”, expresa el joven bajo una gorra de los Chicago Bulls.
Primero mariguana, luego cocaína y por último el cristal, “esta última fue la droga que me hizo tocar fondo y la que destruyó mi vida”. Cabe mencionar que es una de las drogas más peligrosas y adictivas que existen en la actualidad. Su efecto es inmediato, potente y profundamente destructivo, tanto a nivel físico como psicológico. Además, dice Francisco, se puede conseguir a muy bajo costo.
Comparte que en el centro de rehabilitación Puerta la Esperanza ubicado en Torreón, en el que ahora se desenvuelve como subdirector, la mayoría de los internos arriban por consumir justo esa sustancia y que oscilan entre los 15 y 25 años de edad.
En su caso, sin darse cuenta, ya cuando estaba bien enganchado, primero vendió sus cosas, luego comenzó a robar para poder pagarse la droga. Con ese comportamiento, le hizo daño a sus padres, hermanas, a su esposa y a su hijo.
Su consumo se intensificó tanto que decidió dejar atrás su hogar para comenzar a vivir en la calle. Medio año se la pasó navegando, durmiendo en un terreno baldío, sin bañarse y alejado completamente de su familia. Aunque antes pasó por cuatro anexos, fue hasta que llegó a Puerta la Esperanza que realmente, dice, sintió un apoyo y una motivación para intentar salir del abismo.
“Al ingresar aquí comencé a recuperar poco a poco mi consciencia. Al recibir ayuda del psicólogo, y de mi padrino, vi la realidad de las cosas y me di cuenta de que sí la estaba pasando muy mal y que no era vida la que llevaba anteriormente”.
Ahora está consciente que por decidir vivir en la calle, perdió a su esposa y a su hijo. Pero hoy, ahí en el centro, trabaja en la construcción de la mejor versión de él mismo. No es fácil, vuelve a decir, pero sabe que tampoco es imposible.
Bajar es lo peor
Como casi todos los que comienzan un proceso de rehabilitación, Francisco llegó negado al centro. Enojado, aislado, furioso. No quería la ayuda; la rechazaba. Entonces atravesó la etapa que, asegura, es la más dura para cualquier persona con adicción: la desintoxicación.
Sabe que bajar es lo peor porque, durante los primeros tres meses, el cuerpo libra una batalla constante por volver a sentir el efecto de la droga. El organismo la reclama, la mente la busca y cada día parece una negociación entre resistir o volver a consumir.
"Para la persona que se está desintoxicando sí es muy difícil. Lo más difícil son esos primeros tres meses", dice. Sin embargo, aclara, el deseo nunca desaparece del todo.
Aunque lleva un año y medio sin consumir cristal, todavía hay mañanas en las que despierta con una enorme necesidad de hacerlo.
“Es difícil levantarse todos los días y sentir la necesidad de seguir consumiendo. No es fácil luchar todos los días con tu mente”.
Por eso aprendió a pedir ayuda antes de recaer. Cuando siente que las ganas regresan, busca a su padrino, habla con él y usa las herramientas que le enseñó durante su recuperación.
“Yo tengo ya un año y medio que no consumo y aún existe el deseo y las ganas de seguir haciéndolo”.
Reconstruirse desde la raíz
Francisco reconoce que dejar la droga fue apenas el primer paso. Lo verdaderamente complicado ha sido reconstruirse. Comprendió que su problema no comenzó el día que probó la mariguana a los 14 años, sino mucho antes. En terapia empezó a mirar heridas que nunca había atendido, dejó de culpar a sus padres y también dejó de culparse a sí mismo.
"He entendido que mi problema no comienza cuando empiezo a consumir. La droga solamente fue un detonante para que yo terminara como terminé."
Hoy asegura que cualquier persona si se lo propone puede dejar de consumir por un tiempo, pero que el recuperarse por completo implica algo mucho más profundo.
"Simplemente es empezar a trabajar en tu persona. Cualquier persona puede dejar de consumir, pero difícilmente alguien trabaja su comportamiento. Yo estoy tratando de cambiar hasta mi forma de hablar y de tratar a las personas."
Esa transformación lo llevó a convertirse en subdirector del mismo centro donde llegó obligado por su madre. Ahora recibe a jóvenes que llegan con la misma rabia y negación con la que él cruzó la puerta.
“Los veo llegar y recuerdo mucho cómo llegué yo. Sé que es parte del proceso venir enojado, negado a recibir ayuda”.
Al final Francisco no se guarda nada porque desea que su testimonio sirva para algo. Sabe que hay mucha gente atrapada en las drogas, pero también sabe, porque así lo vivió él, que siempre habrá una puerta que procure la esperanza.
Testimonio y estadísticas sobre la adicción al cristal en Torreón
- Historia de superación: Francisco, de 26 años, relata cómo el cristal destruyó su vida tras 12 años de consumo; hoy es subdirector de un centro de rehabilitación.
- Alza en estadísticas: Los Centros de Integración Juvenil reportan que el consumo de cristal en Torreón escaló del 1.8% en 2015 a más del 60% en 2021.
- Efectos destructivos: Esta sustancia genera rápida dependencia, deterioro cognitivo, trastornos psiquiátricos, desintegración familiar y una alta exposición a la violencia o situación de calle.
“El cristal destruyó mi vida”: El duro testimonio de Francisco sobre la adicción y la reconstrucción en Torreón