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Desigualdad

'El Crucero S.A.'... ¡si hay rojo, hay trabajo!

La industria del crucero es una de las más activas, se trabaja sin jefe y sin contrato

'El Crucero S.A.'... ¡si hay rojo, hay trabajo!

'El Crucero S.A.'... ¡si hay rojo, hay trabajo!

MARTÍN CHÁVEZ

Cuando el semáforo se pone en rojo, no sólo se detienen los coches: arranca la jornada laboral… es la industria del crucero, una de las más activas, visibles y donde siempre hay vacantes. No hay RFC, no tiene prestaciones ni gafete, solamente se requiere saber andar entre vehículos y ya estás contratado.

Vendedores de flores, de botellas con agua, dulces, chicles, cigarros sueltos, fruta recién cortada, mangas para protegerse del sol, limpiaparabrisas, acróbatas que desafían la gravedad por unas monedas, malabaristas que ponen en riesgo su propia vida con el uso de machetes o antorchas, payasos que a veces, ocultan sus tristezas con sonrisas.

Es la industria del crucero, donde se trabaja sin jefe, sin contrato, donde no se pregunta ¿Qué sabes hacer, sino qué traes para vender?, siempre y cuando alguien no esté ofreciendo lo mismo. No hay RH, no hay prestaciones, pero sí trabajo rápido mientras el semáforo siga en rojo.

"El Crucero S. A., es el lugar de trabajo de Roberto para quien lo más difícil no fue salir al crucero, sino que lo vieran conocidos, pues sentía que había fallado. Ha sido durante 32 años el campo de trabajo de Juan atropellado cuatro veces, pero siempre se ha levantado para darle estudio a su hija. "Hoy mi hija está en la universidad y trabaja en una oficia", dice orgulloso.

Mientras en las oficinas de empresas se realizan reuniones para planear con un "crecimiento moderado" y "ajustes necesarios", en el crucero el flujo es inmediato. No hay quincena, pero el ingreso de un medio día bajo el sol supera lo que una empresa constituida ofrece tras ocho horas, no se tiene que soportar al jefe malhumorado, ni esperar una revisión sindical para un posible aumento económico.

Cada persona que va cargando botellas con agua, bolsas con frutas o semillas, es una historia de necesidad, de empujones de la vida, de decisiones tomadas más por urgencia que por gusto, el crucero no es un sueño: es un trampolín de salvación.

Roberto (nombre cambiado, dignidad intacta) Roberto trabajó diez años en una empresa "bien establecida". Tenía horario y una falsa tranquilidad de creer que eso era suficiente, hasta que llegó el recorte y con él, una liquidación mínima, promesas huecas y un "componiéndose la situación, aquí tienes las puertas abiertas".

Roberto buscó empleo llevando currículum a muchas partes y al poco tiempo "el techo se le caía encima", pues llegó el recibo de luz, agua, el gas, la renta, la escuela de los hijos... Y luego, la vergüenza.

"Lo más difícil no fue salir al crucero -dice-, fue que me vieran conocidos. Sentía que había fallado." Un día, un amigo le dijo que vendiera fruta en bolsa en los cruceros y entonces la necesidad venció a la vergüenza y se paró en una esquina muy transitada -bulevar Independencia donde inicia la Diagonal Reforma y se une con la calle 12-y ese primer semáforo le dejó más dinero que su antiguo salario diario.

"Aquí nadie te pregunta por tu edad, ni te pide experiencia y la verdad, a los pocos minutos, la vergüenza desapareció", recuerda.

Juan Lazcano 'caído, pero jamás vencido'

Durante 32 años, los cruceros han sido su taller y su sustento. Ahí, entre carros y el riesgo permanente de la prisa ajena, don Juan Lazcano, ha construido una vida entera vendiendo mercancía informal. Hoy ofrece fruta de temporada; ayer fueron periódicos. Nunca hubo contrato, aguinaldo, seguro médico, ni vacaciones. Solo la constancia.

Su historia se ha escrito en el pavimento, ha sido atropellado cuatro veces, pagando el precio de trabajar donde no hay protección, donde el error de un conductor o la indiferencia de la autoridad se convierten en lesiones, gastos médicos y días sin ingreso. Aun así, siempre regresó. Porque no volver significaba rendirse, y "rendirme nunca ha sido mi opción cuando hay familia que alimentar y educar", sostiene.

Con el autoempleo que ofrece el crucero, Juan -profundamente creyente de en la religión católica--, logró lo que a veces el sistema puede negar, le dio estudio a sus hijas y orgulloso sigue en los cruceros -Juárez y 38; Diagonal a la altura de Carnes Laguna, Revolución y Paseo de La Rosita--, como un padre responsable, sigue luchando en la calle, sin derechos laborales, sin respaldo legal, pero con dignidad intacta.

Lejos de ser solo un vendedor, también se convirtió en generador de empleo. Dos personas trabajan con él, demostrando que incluso desde la informalidad se tejen pequeñas economías que sostienen más de una vida. "Vienen y se ganan un pesito, mi hermano, para todos hay y como dice La Biblia "Dios Proveerá".

Juan empezó en los cruceros a los 18 años cuando su esposa lo animó a vender mandarinas y después de 32 años, no ha parado, excepto las cuatro veces que lo han atropellado. El crucero sigue siendo su taller.

Juan es ejemplo de vida, lucha y esfuerzo que sigue esperando el rojo para ofrecer la fruta de temporada, pero también, es el rostro de muchos trabajadores que han sobrevivido por mucho tiempo en empleos que no ofrecen prestaciones, seguridad, ni futuro garantizado. Gente que se sostiene desde la informalidad.

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