El día en el que una lagunera conoció a Harry Styles
No todos los días te encuentras a un famoso de talla internacional por casualidad. Aunque para mí, conocer al cantante británico Harry Styles, más que un encuentro fortuito, lo considero una “diosidencia”.
La palabra como tal no se encuentra en el Diccionario de la Lengua Española de la RAE, pero la institución lo considera un neologismo que hace “referencia a un hecho que se atribuye a la intervención divina, como fusión de las voces ‘Dios’ y ‘coincidencia’”. Para mi mamá, Guadalupe (nombrada así por la Virgen de Guadalupe), de familia católica, una diosidencia es cuando “Dios obra en eso para que pase”. Como devota, tengo la certeza de que Dios obró para que ese encuentro con mi ídolo pasara. De hecho, fue un cúmulo de manifestaciones espirituales que crearon mi añoranza en una realidad. Y no descarto la confianza en mi propia intuición.

Soy fan de Harry desde los 12 años, cuando descubrí a la boyband británico-irlandesa One Direction. Su música se convirtió en el soundtrack de mi vida, el cual no sólo definió mis gustos musicales (pop en inglés), sino que impactó mi crecimiento en distintos ámbitos, desde el personal, dándome sentido de pertenencia y ampliando mis vínculos interpersonales, hasta el académico, inspirándome a aprender otro idioma (inglés), conocer otra cultura y países (Inglaterra e Irlanda) y estudiar el efecto del fanatismo musical (me titulé como licenciada en Comunicación y Periodismo con mención honorífica por defender mi tesis titulada ‘Impacto del fanatismo musical en el desarrollo humano’).

Ver cómo Styles, junto a Louis Tomlinson, Niall Horan, Zayn Malik y Liam Payne (QEPD), cumplían sus sueños y se convertían en la agrupación más exitosa e importante del siglo XXI me motivaba a materializar mis metas.

Nos imaginaba como líneas paralelas, creciendo juntos, pero a la distancia, sin encontrarnos nunca. Pero éramos más líneas “convergentes”.
No obstante, ese encuentro en un mismo punto no fue inmediato; se demoró más de una década.
Catorce años que se sintieron como instantes, comparados con la satisfacción de la reunión inesperada más deseada.
Conocí a Harry el pasado 9 de agosto, un día después de haber asistido a su penúltimo concierto de su residencia en Ciudad de México como parte de su exitosa gira Together Together (la cual comenzó en Países Bajos y su última parada fue México, antes de arrancar con 30 fechas en el Madison Square Garden de Nueva York el próximo 26 de agosto).
Era mi cuarto día de estancia en la ciudad y estaba planeado para ser un domingo familiar (junto a mi mamá y mi hermano Armando) con el afán de recuperar el tiempo “perdido” por la cancelación de nuestro vuelo de Torreón a CDMX la noche del miércoles 5 de agosto.
Después de desvelarme viendo los videos que grabé en el concierto, me desperté justo a tiempo para arreglarme para conocer en persona a mi amiga Yuli Hernández, con quien empecé a hablar en mayo del 2015, ya que compartíamos el gusto por One Direction y por la serie Diarios de Vampiros.
La Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos se estableció como el punto de reunión. Un bloqueo en las calles ocasionó un retraso de mi parte, por lo que Yuli aprovechó para trasladarse a Bellas Artes y turistear un poco en lo que yo llegaba. Al arribar a la zona, fue mi turno de aguardar, así que mi hermano y yo decidimos realizarnos una limpia con los sanadores que se encontraban ahí. En ese momento, era solo una actividad más y los retrasos o cancelaciones de vuelo que habían pasado eran “mi sal”, “mi mala suerte”; hoy, en retrospectiva, fueron los sucesos necesarios para colocarme en el lugar y hora correctos.

Luego de encontrarme con Yuli después de 11 años, me fui a almorzar con mi hermano, probamos los tlacoyos por primera vez y nos fuimos al Palacio de Bellas Artes, donde nos reunimos con nuestra madre.
Tras recorrerlo, mi mamá nos cuestionó sobre cuál nos gustaría que fuera la siguiente parada. Después de debatir un poco, optamos por ir a la Basílica de Santa María de Guadalupe. En un inicio, era la primera actividad en el itinerario, pero fue pospuesta por nuestro cambio de viaje. Por lo que “sí o sí” teníamos que cumplirle a la Virgen.
Recorrimos todo el santuario mariano, el cual es el más visitado del mundo.

El siguiente destino sería un lugar para comer, debido a que el reloj marcaba las 03:00 de la tarde. Mi hermano y yo entramos en un debate, porque yo quería visitar la zona de Polanco para seguir visitando museos (mi mentalidad de provincia permeaba), pero él quería conocer una taquería que habían recomendado en un canal de YouTube de comida que sigue. Mi mamá entró en su papel de mediadora, pero, al tener apetito, se unió a la idea de Armando.
Entonces, emprendimos camino hacia la colonia Roma Sur, guiados por los capitalinos, debido a que no sabemos trasladarnos solos por esta ciudad. Nuestro medio de transporte fue el Metrobús, para el cual nos equivocamos de estación (otro “error” que agradezco, porque cada minuto “perdido” en ese día me llevó a Harry) y cuando llegamos a la estación correcta, había un “retraso por manifestantes”.
Una vez arriba de la unidad, dormité un poco. Al bajarnos, nuestra guía fue Google Maps. Caminamos en función de las instrucciones del servicio de mapas y navegación en línea.
Yo volteaba a cada esquina, con la esperanza de ver a Styles debido a que días anteriores se le había visto por esta colonia; en el fondo, sabía que verlo en ese momento era “imposible” porque había muchas harries (fans de Harry) por toda la ciudad, incluso a las afueras de su hotel, por lo que imaginé que sería más reservado.
Tanto era mi deseo que en ese instante recibí una respuesta del universo. Dos hombres pasaron a nuestro lado muy de prisa. Su andar me causó extrañeza y vi que traían un auricular de tubo acústico transparente, así que inmediatamente pensé: “Son guardaespaldas”. Se detuvieron en una esquina y, al ver a uno de ellos de perfil, mi corazón empezó a acelerarse; no eran guardaespaldas cualquiera, ¡eran los de Harry! Se lo hice saber a mi mamá y no me creyó. Le comenté lo mismo a Armando, quien iba detrás de nosotras, y me respondió que efectivamente consideraba que estaban cuidando a alguien, porque hasta a él lo hicieron a un lado para poder pasar, como si tuvieran que cumplir una misión.
En cambio, mi familia siguió caminando por donde indicó Google Maps y los escoltas dieron vuelta. En mi interior, mis corazonadas se intensificaban, mis pies seguían el trayecto de mi mamá y hermano, pero mi intuición me gritaba que fuera en otra dirección.
Al llegar al establecimiento de tacos que Armando añoraba probar, mi perspicacia de periodista me dio el valor para decidir.
“¿Saben qué? No puedo estar aquí, necesito corroborar si eran los guardaespaldas de Harry”.
Así que mi instinto de investigación me hizo emprender un camino por calles totalmente desconocidas para mí. ¿Y si no tenía razón? No importaba, sólo quería calmarme y, si ese hubiera sido el caso, desmentirme. Fueron de esos momentos donde decides “ahora o nunca” sin pensar en las consecuencias. En mi caso, fueron positivas.
Me desplacé por un par de cuadras; no tenía idea de por dónde se habían ido los dos hombres. Hasta que, por una corazonada, di vuelta a la izquierda. Pudo haber sido a la derecha o pude seguir de largo, pero se sintió como si tuviera orientación divina.
Caminé y vi que los hombres estaban en la zona. Pensé que Harry estaba corriendo y que ellos lo estaban “buscando”. Así que volví a decidir con el corazón y no con la razón, y pedí mesa en un restaurante por el que ya había pasado, con la esperanza de que, si Harry pasaba, lo vería.
“Buenas tardes, ¿me das mesa para uno? Por favor”, le dije a la señorita de la entrada.
Ella muy amablemente me llevó hasta una, y mientras tomaba asiento, me murmuró algo entre dientes; solo le entendí “Harry” e imaginé que se refería a la playera que yo traía puesta (imitación de un jersey rosa de la mercancía oficial). Entonces, me volteé hacia el frente y ahí estaba él.
Primero vi a su pareja, Zoë Kravitz, y después a Harry. Es más delgado en persona. Llevaba una playera roja y una gorra gris. Ambos, junto a otra chica, degustaban los platillos de El Hidalguense (posteriormente el restaurante informó en su Instagram que pidieron barbacoa, pulque curado y chapulines acompañados de guacamole).
No sé si era la única mesa disponible para una persona o si la chica fue otra diosidencia y por eso me acomodó ahí. Sólo lo tenía a una mesa de distancia. Mi emoción fue evidente y la de ella también. Hasta le pregunté si podía estar ahí y si al terminar podía interactuar con él y su respuesta fue positiva. Jamás pensé que Harry estaba ahí comiendo como si nada; si lo hubiera visto antes de entrar, no sé qué hubiera hecho.
Luego me tomaron la orden e intenté tranquilizarme, pero no podía; las manos me temblaban aún. Cuando me llevaron mis quesadillas, solo pude darles una mordida.
Zoë fue la primera en verme, luego Harry; era muy obvia con mi outfit, pero no me acerqué por respeto. Ignoré mis celulares para que no pensaran que avisaría a alguien o así.
Cuando Zoë me veía, yo hasta desviaba la mirada para no incomodar. Después de un rato, personal del restaurante se acercó a su mesa para conversar. Posteriormente, el cantante se paró para tomarse una foto.
En eso aprovechó una chica de otra mesa para saludar a Harry, presentarle a su familia y tomar una foto; entonces vi la oportunidad y me paré yo también porque Harry seguía de pie.
Uno de sus escoltas se acercó a decirme que esperara un segundo y le di su espacio hasta que él me indicara. Me dijo que no se podrían grabar videos y, por supuesto que también respeté eso.
Entonces llegó mi turno. El momento más esperado desde mi pubertad.
Saludé a Harry y le pedí unos segundos de su tiempo. Le conté que lo amo desde los 12 años y que ahora tengo 26; él me veía con sus enormes ojos expectantes y me decía “thank you so much” (muchas gracias); yo seguía hablando tan rápido, queriendo resumir 14 años de amor. También le platiqué que le dediqué mi tesis y que soy periodista y escribo notas sobre él y los chicos. Él me agradeció en todo momento y fue muy lindo; yo estaba en crisis y él fue muy cortés escuchándome.
En ese momento mi mente volvió a pensar en español y tal cual en mi lengua materna le pedí una foto y me respondió “sure” (seguro).
Tomé dos fotos; en una salimos borrosos, así que yo seguía posando y él se dio cuenta y volvió a posar y me dijo “Gracias”.
Tras lo anterior, yo no me había dado cuenta de que afuera del lugar había un par de personas esperándolo. Cuando el británico cruzó la entrada, caminó hacia una camioneta Suburban de color negro y yo rompí en llanto, desahogándome de todas las emociones que tenía retenidas para poder actuar con él con cordura.
Judith y Daniel, dos comensales que estaban a mi lado, se portaron muy lindos y me tranquilizaron. Me di cuenta de que Harry seguía afuera y decidí verlo por última vez.

Al regresar, el personal del restaurante me trató muy bien, les platiqué que soy muy fan y hasta una chica me dijo que si me calentaba mis quesadillas porque ya se habían enfriado, pero a mí hasta el hambre se me quitó.
Daniel y Judith empatizaron conmigo y se ofrecieron a pagar mi cuenta porque me vieron muy conmovida. Me dijeron que lo disfrutara.
Pensé que conocería a Harry dentro de muchos años cuando lograra agendar una entrevista con él. Este 2026 no solicité nada relacionado con la prensa, ni acreditarme ni me comuniqué con su disquera (como el año pasado cuando logré la entrevista con la telonera de Zayn, Sofía Monroy, gracias a otra disquera, a Universal Music).
Solo fui una fan conociendo a su ídolo.
Muchas gracias si llegaste hasta aquí. Gracias a todas las personas que han entendido mi amor por One Direction, y también a quienes no, pero aun así me han apoyado.
Gracias a El Siglo de Torreón por permitirme adentrarme en distintos géneros periodísticos y dejarme plasmar mi pluma en sus páginas.
Gracias a quienes creyeron en aquella puberta que deseaba conocer a Harry.