El espíritu de la colmena: soledad, miedo y libertad
La historia de El espíritu de la colmena inicia antes de que escuchemos algún diálogo o incluso de que aparezcan personajes en escena. Acompañando los créditos iniciales aparecen dibujos infantiles realizados con marcadores de colores. A primera vista parecieran ilustraciones sencillas: un personaje con cabeza triangular afuera de una casa, una mujer escribiendo una carta, dos niñas, un tren, un gato. En un segundo visionado descubrimos que estos “simples garabatos” anticipan los motivos visuales que recorrerán toda la película. Más que ilustraciones, son fragmentos de una memoria.
Después aparece una frase: “Érase una vez, un lugar de la meseta castellana hacia 1940”. Con ella comienza una secuencia que surge de un recuerdo de la infancia del propio director, Víctor Erice, nacido precisamente ese año. Un pequeño camión llega al pueblo de Hoyuelos. Al dar vuelta en la calle Segovia, una marabunta de niños rodea el vehículo en movimiento, gritando “¡Cine, cine!”. En ese momento, el cine no estaba a un clic de distancia, sino que viajaba de pueblo en pueblo, transformando lugares comunes en salas improvisadas. Erice no intenta reconstruir únicamente una época específica, sino la sensación irrepetible de descubrir el séptimo arte por primera vez.
Un hombre hosco presenta el filme. “Trata sobre los grandes misterios de la creación, la vida y la muerte”, dice. La cinta es Frankenstein (James Whale, 1931) y entre el público se encuentran dos pequeñas hermanas, Ana e Isabel, que esperan pacientemente a que inicie la función. “Pocas películas han causado gran impresión en el mundo entero”, agrega el hombre, “pero yo les aconsejo que no la tomen muy en serio”. La mirada de Ana comunica justamente lo contrario: lo está tomando muy en serio. Esa mirada curiosa, incapaz de aceptar una explicación sencilla, es la que sostiene toda la película.

LA CURIOSIDAD EN TIEMPOS DE POSGUERRA
Víctor Erice ha comentado que El espíritu de la colmena tiene que ver directamente con su propia infancia, pero no como una pieza autobiográfica, sino como una recreación de las sensaciones y el clima social de la época.
Si bien se considera una de las obras fundamentales del cine español, algunos críticos la sitúan dentro del cine vasco, principalmente por el origen del director y del productor Elías Querejeta. El minimalismo del largometraje, su sensibilidad contemplativa y la importancia que concede al paisaje, al silencio y a la memoria, terminarían influyendo en buena parte del cine vasco posterior.
La película se filmó aún bajo el régimen franquista, dos años antes de la muerte de Franco, y pertenece a una generación de piezas cinematográficas, literarias y de arte que eludían la censura mediante la metáfora y el símbolo. Leer entre líneas, ver entre cuadros.
En el mundo de El espíritu de la colmena, España acaba de salir de la Guerra Civil y aún se siente el miedo y la desconfianza en el pueblo. La cinta aborda las consecuencias de la guerra; muy similar al clima que se percibía justo cuando fue rodada, mientras el franquismo empezaba a diluirse.
En este pueblo viven Ana y su familia, voluntariamente aislados. Cada uno permanece en su propia celda con sus asuntos, cual abejas en una colmena. Teresa, la madre, escribe cartas a alguien que nunca conocemos; pudiera ser un amigo, un amante o un familiar. Le cuenta acerca de la guerra que los separó y cómo sobrevive en un lugar remoto sin nada más que las paredes, la ausencia y la tristeza. Fernando, el padre, parece ser un intelectual que encuentra refugio en la apicultura, estudiando los hábitos y comportamientos de las abejas. A veces escucha noticias o música en la radio para distraerse de sus propios pensamientos y mantenerse ocupado.
En una memorable secuencia, Fernando fuma frente a la ventana mientras se escucha una conversación entre dos hombres. Al inicio creemos que se trata de una emisión radiofónica. Un hombre le recrimina a un “doctor” que vive encerrado en la búsqueda del conocimiento y que la curiosidad puede ser peligrosa. El otro responde “¿usted nunca sintió curiosidad por los límites del conocimiento y conocer que hay más allá de las estrellas?”. La escena cambia y regresamos a Ana, aún maravillada y atenta viendo la pantalla. El diálogo pertenecía a la propia película, justo antes del fatídico momento en que la criatura de Frankenstein y la niña se conocen en el lago. El monstruo, movido por su curiosidad, mata sin querer a la pequeña arrojándola al agua. “La ha matado”, dice Ana asombrada a Isabel, quien promete explicarle más tarde lo que en realidad sucedió.
“En el cine todo es mentira. Es un truco”. Entre susurros, Isabel intenta tranquilizar a su hermana menor. Las niñas comparten el mismo cuarto y sus camas gemelas están divididas por un buró. Ana no está convencida del todo, pues sabe que presenció algo extraordinario esa tarde; sus ojos brillan en espera de una respuesta igual de asombrosa. Isabel entiende que su hermana es demasiado pequeña para separar lo fantástico de lo real y decide iniciar un juego. Le dice que el monstruo es un espíritu, que ella misma lo ha visto y que se le puede llamar con solo cerrar los ojos y pensar en él. Ana queda convencida de que esa es la respuesta correcta.

SECRETOS
Que las niñas compartan secretos a la luz de las velas, en susurros, sin que el padre las escuche, puede leerse como una metáfora de lo que sucedía con la sociedad creativa bajo el franquismo; la casa permanece silenciosa la mayor parte del tiempo y solo cuando el padre se ausenta aparecen las risas y los juegos.
Pero existe otra lectura todavía más íntima: la soledad. Erice presenta a sus personajes aislados desde el inicio y es casi por accidente que llegan a compartir un cuadro. La familia, al igual que la sociedad franquista, vive dentro de un entorno controlado donde cada quien ocupa su lugar y su función, quizá involuntariamente.
Isabel descubre poco a poco que el miedo también puede convertirse en una forma de control. El juego de asustar a su hermana cada vez se vuelve más intenso y con tonos siniestros.
Ana, por su parte decide explorar lo desconocido por su cuenta y tener sus propios secretos. Por la noche, escapa del cuarto compartido, va hacia la luz de la luna, cierra los ojos y le habla al espíritu. La posibilidad de incursionar en el terreno de lo sobrenatural, presente durante toda la película, nunca llega a materializarse como tal. En cambio, la fantasía de la niña de conocer al monstruo se vuelve real cuando descubre a un fugitivo escondido y herido. El hallazgo se siente igual de espiritual y metafísico, pero sin volverse efectista, ya que sucede con la misma naturalidad que el viento o la luz.

PAISAJES SIMBÓLICOS
Las creencias ocupan un lugar importante dentro de la película, pero en vez de proponer una lectura religiosa, Erice parece interesarse por la necesidad humana de creer en algo, especialmente durante la infancia. En el buró que comparten las niñas hay una virgen del lado de Isabel y un mono de felpa del lado de Ana. Ambas figuras ocupan la misma jerarquía dentro del encuadre. Sobre ellas cuelga una imagen del Ángel de la Guarda, a quien Ana reza al principio del filme, pero cuya presencia va siendo desplazada poco a poco por el misterioso espíritu.
Algo similar ocurre en el espacio de Fernando. Detrás de su escritorio cuelga un retrato de San Jerónimo, una figura asociada al estudio, la contemplación y la traducción de textos. Su presencia dialoga silenciosamente con la personalidad del padre y también con la figura del doctor Frankenstein, cuya búsqueda del conocimiento termina por desafiar los límites de la naturaleza.
Cada cuadro del filme es una obra de arte, cargada de significados que aparecen con la perseverancia de la observación detallada. Los encuadres abiertos recuerdan paisajes campiranos de pintores vascos, mientras que los planos medios recuerdan retratos del barroco. El responsable de esa cualidad pictórica fue el cinefotógrafo Luis Cuadrado, quien lamentablemente estaba perdiendo la vista en ese momento y la perdió poco después de concluir la película, dejándonos una obra maestra.
Momentos de extrema belleza desfilan en la pantalla, siempre cargados de un gran significado. Una metáfora poderosa es el tren, una escena impensable en nuestros días por el peligro que representa. Ana e Isabel ponen su oído por las vías y lo sienten pasar a su lado. El tren transporta visitantes de un mundo exterior que solamente están de paso. Se detiene unos instantes y continúa su camino. Funciona como un umbral entre la colmena y una tierra lejana que apenas alcanza a rozarla. Esto queda sellado en otra secuencia igual de bella donde la madre, al ir a enviar la carta a la estación, se queda mirando a un pasajero. Es un soldado que la mira también. Reconocen el uno en el otro la ausencia de un ser querido. El que llega y la que espera.

EL TIEMPO DE LA LIBERTAD
La película tiene su propia noción del tiempo y avanza con paciencia, sin apresurarse, a diferencia del relato habitual donde cada escena es una respuesta a la anterior. El espíritu de la colmena rescata nuestra capacidad de observación y el cine como experiencia sensorial.
La cadencia del tiempo sucede de manera natural: el zumbido de las abejas, el tictac de un reloj, los pájaros, las pisadas en la hierba construyen un instante contemplativo, potente, en aparente inercia. Como un recuerdo. Y de pronto, entra la música, siempre certera. Al principio son flautas las que acompañan la inocencia de Ana, pero poco a poco, cuando entra al mundo fantástico, la música se vuelve vocal. Hay algo casi hipnótico en esta transición. Los hongos, las flautas, el viento, crean juntos una ensoñación que se antoja psicodélica y muy propia de los años setenta, con ese espíritu libre.
Más allá de si Víctor Erice construyó una película de comentario político codificado, es sin duda una fábula acerca de la libertad. Una niña se enfrenta a un enigma que se apodera de su mente y emprende una odisea para encontrar respuestas. Así como su padre inquiere acerca de las abejas y su colmena, Ana investiga lo que pasa en su mundo inmediato de manera inquisitiva. Incluso cuando recibe una respuesta a sus incógnitas, ella la rechaza si no está convencida porque sabe que el mundo es mucho más complejo de lo que le han hecho creer.
Rumbo al final del filme, Ana se extravía y vive un momento onírico, decisivo y potente, tal como lo había imaginado desde que vio Frankenstein. La familia preocupada la encuentra y la lleva a casa, donde el médico tranquiliza a la madre asegurando que la niña olvidará poco a poco lo sucedido. Pero Ana sabe que ciertas imágenes permanecen para siempre.
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