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Jorge Volpi

¿El fin de Trump?

JORGE VOLPI

or qué no imaginarlo? Al menos desde que se decidió a competir por segunda vez a la Presidencia, da la impresión de que se ha salido con la suya. En medio de dilaciones y escándalos, los juicios abiertos en su contra terminaron alargándose y, salvo la excepción de la querella presentada por Stormy Daniels -por la que fue condenado-, los demás terminaron enfangándose. Su participación en los ataques al Capitolio y en la conspiración para subvertir las elecciones no recibió ningún castigo: el impeachment en su contra no contó con los votos necesarios y la causa abierta por el fiscal Jack Smith debió suspenderse una vez que llegó de nuevo a la Casa Blanca. En esta época frenética, marcada por su estrategia de shock and awe, con frecuencia se nos olvida que el presidente de Estados Unidos es un criminal convicto.

Resulta más complejo evaluar sus actos desde que volvió al poder: ¿ha conseguido lo que ha querido o, por el contrario, no ha dejado de fracasar en cada una de sus iniciativas? Su estrategia ha consistido en no dejar una sola semana -a veces un solo día- sin trastocar de manera radical el orden de nuestro tiempo. De la feria de aranceles lanzada a diestra y siniestra, de manera aleatoria o errática, hasta el secuestro de Maduro y su esposa, pasando por la mayor deportación de migrantes de la historia -los números de Obama o Biden son mayores, pero se trata de expulsiones en la frontera, no de aquellos ya asentados en el país- o el intento de apoderarse de Groenlandia, Donald Trump no ha dejado de romper con todas las reglas políticas a su antojo.

En este tiempo, ha convertido a sus amigos en enemigos -en particular a la Unión Europea, incapaz de saber cómo reaccionar- y a sus enemigos en amigos, en particular a Putin; ha socavado por completo la legalidad internacional al asesinar a supuestos narcotraficantes en pequeñas embarcaciones o al asesinar al dirigente de otro país sin que mediara una agresión previa; ha convertido en blancos de la represión a millones de personas solo por el hecho de no tener papeles y ha orquestado una represión sin precedentes contra quienes se le oponen.

Aun así, la mayor parte de sus medidas ha encontrado frenos o resistencias, así sean tardías o titubeantes: en una de las pocas ocasiones en que la Suprema Corte se le ha opuesto de manera drástica -con los votos de sus miembros conservadores-, su capacidad para imponer aranceles a voluntad ha quedado en entredicho y la respuesta de los ciudadanos de Mineápolis a la brutalidad del ICE lo obligó a recular, así sea por un tiempo. La economía se encuentra en un estado vulnerable y comienza a haber cada vez más desafecciones en su propio campo.

Sin embargo, su mayor error, el que acaso podría convertirse en la piedra que desate la avalancha en su contra, es su incursión en Irán. Envalentonado por su victoria en Venezuela, Trump pensó que podría liquidar al régimen de los ayatolás con la misma celeridad. Preparó una operación equivalente, gracias a la cual consiguió asesinar al líder supremo, Alí Jameneí. Pero Irán no es Venezuela: sus élites no están formadas por políticos aviesos y corruptos, sino por integristas religiosos: una variable más difícil de controlar. A su aseveración de que él supervisaría quién sería nombrado nuevo líder -como si diera su visto bueno a Delcy Rodríguez-, los ayatolás respondieron con la elección del hijo de Jameneí, quien ya anunció su intención de cerrar el estrecho de Ormuz.

El rápido triunfo se parece cada vez más al típico entrampamiento que Estados Unidos ya sufrió en Afganistán e Irak. Mientras tanto, la economía del planeta sigue en vilo y pronto alcanzará a sus propios ciudadanos. Y él, que prometió no desatar otra guerra, ahora tiene más dificultades para convencer incluso a los suyos de la necesidad de esta. Si los ayatolás resisten unos meses -esta es su apuesta- el costo para las elecciones intermedias puede ser muy alto. Si Trump perdiera el Congreso, la segunda mitad de su mandato se dedicaría solo ya a mostrar cómo los demócratas lo frenan, esperando que eso sea suficiente para impulsar a Vance o a quien sea su sucesor. ¿Puede ser Irán el fin de Trump? Conociéndolo, solo podemos aventurar que de aquí a entonces hará cualquier cosa -cualquiera- para que esto no ocurra.

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