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El fraude ya no roba, convence: Así operan los nuevos engaños financieros

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FABIOLA PÉREZ-CANEDO

Los fraudes financieros dejaron de ser casos aislados para convertirse en parte del día a día. No porque las personas sean descuidadas, sino porque quienes delinquen han perfeccionado sus métodos y ahora aprovechan algo muy humano, como es la prisa, la confianza, el cansancio y la costumbre de hacer todo a través del celular. Hoy, más que estafadores improvisados, enfrentamos operaciones que analizan cómo reaccionamos y qué emoción activar para que demos clic donde no deberíamos. El fraude ya no es solo tecnológico, ahora es conductual.

Reportes recientes de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef) muestran una tendencia donde ya no buscan robar por la fuerza, sino convencer. La persona estafadora no necesita entrar a un banco; basta con hacer creer que quien llama, escribe o envía un enlace es alguien legítimo. Por eso abundan las llamadas que simulan ser de instituciones bancarias, mensajes con el tono exacto, enlaces que parecen oficiales y perfiles falsos que ofrecen créditos exprés o inversiones milagrosas. Todos comparten la misma estrategia, generar urgencia para que la persona actúe rápido y piense poco.

Uno de los patrones más frecuentes es el engaño telefónico disfrazado de “verificación”. No inician pidiendo datos; empiezan creando alarma sobre un supuesto movimiento extraño, un cargo no reconocido o una alerta de seguridad. Funciona porque apela al instinto de proteger lo propio. Aunque la Condusef ha insistido en que los bancos nunca solicitan claves por teléfono, los delincuentes modifican su discurso para sembrar duda. No buscan información, quieren que la persona reaccione impulsivamente.

Los fraudes más comunes hoy incluyen enlaces falsos y páginas clonadas que replican logotipos y tipografías oficiales; perfiles falsos en redes sociales que ofrecen créditos fáciles o inversiones garantizadas; y el uso de inteligencia artificial para imitar voces con tal precisión que incluso personas cautas pueden confundirse. A esto se suman comprobantes falsificados y mensajes que aparentan autenticidad. La lección es que, aunque todo parezca legítimo, siempre hay que verificar por un canal oficial.

Otros métodos siguen vigentes, como los skimmers en cajeros automáticos, que copian la información de las tarjetas, o las promociones falsas que aparecen en temporadas específicas como el regreso a clases, vacaciones o semanas de descuentos. En todos los casos, la lógica es la misma, aprovechar la rutina y la presión del tiempo para reducir la capacidad de verificación.

El fraude moderno ya no ataca sistemas, sino rutinas. Por eso la prevención debe cambiar. No basta con saber que existen personas delincuentes, hay que entender cómo operan. La educación financiera busca justo eso: reconocer señales de alerta, saber que un crédito legítimo no pide anticipos, que ninguna institución presiona con urgencia y que voces o mensajes pueden falsificarse. Los fraudes seguirán evolucionando, pero también nuestra capacidad para detectarlos y anticiparlos. La clave está en pausar unos segundos para revisar y verificar, esa atención consciente es hoy la mejor defensa.

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