La Selección Mexicana de futbol cayó con estrépito y sin atenuantes ante su similar de Estados Unidos por un humillante 3-0 en el State Farm Stadium; fue una velada fatídica, un auténtico concierto de desaciertos donde el representativo nacional no solo extravió la brújula táctica, sino también el temple, dejando la naciente era de Rafael Márquez golpeada por los fantasmas de una realidad que nos vuelve a rebasar.
El fútbol, ese espejo implacable de los procesos, desnudó en Phoenix, una vez más, las profundas y ancestrales grietas de un sistema que carece desde siempre de punch al frente y que atrás regala concesiones impropias del nivel internacional.
La crónica de este naufragio comenzó a escribirse con trazos de buen juego que duraron apenas veinticinco minutos; México manejó los hilos en el arranque, proponiendo y asfixiando al rival, pero la puntería fue el primer verdugo, dos oportunidades inmejorables en los pies de Santiago Giménez se estrellaron contra la frustración, evidenciando que el delantero del Oporto no atraviesa su momento más fino y desperdiciando el pasaje donde el partido exigía autoridad.
Cuando perdonas al oponente en su propio patio, el castigo suele ser inmediato y severo, los norteamericanos no tuvieron contemplaciones, y en cuanto se les presentó la oportunidad asestaron un primer golpe que fue devastador.
Al festival del infortunio se sumó la trágica noche del arquero Raúl Rangel; su primer error grosero llegó al minuto 28, cuando no supo cómo cortar un centrito que no llevaba nada y le obsequió el balón al juvenil Julian Hall, quien con el marco abierto inauguró una pizarra que alteró drásticamente el pulso anímico del encuentro.
A partir de ahí, la consistencia colectiva se astilló, para el complemento, lejos de encontrar respuestas en el banquillo frente al planteamiento de Mauricio Pochettino, una nueva y horrible pifia del “Tala” Rangel entregó en bandeja de plata el segundo tanto al novel Cavan Sullivan, una de las joyas juveniles de los gringos, sepultando cualquier atisbo de reacción mexicana.
El colapso no fue únicamente técnico, sino también de carácter; con el marcador en contra, la desesperación devoró la templanza y el zaguero Mateo Chávez se fue expulsado tras perder los estribos en una agresión infantil sobre Sebastian Berhalter, quien le propinó un empellón, respondiendo el Tiloncito con una doble cachetada a manera de aplauso sobre el rostro del jugador estadounidense ganándose la tarjeta roja directa.
Con diez hombres en la cancha, desfondados y sin brújula, el tercer clavo en el ataúd llegó por cortesía de Malik Tillman; quien, tras un servicio retrasado y muy comprometido de Álvaro Fidalgo y el despiste defensivo de Diego Campillo, clareó a Rangel y selló el inobjetable triunfo de los Estados Unidos en los minutos finales.
Mauricio Pochettino devoró tácticamente la inexperiencia de Rafa Márquez en el banquillo, dejando en claro que para competir en estas latitudes se requiere mucho más que las ganas.
Perder contra el acérrimo rival siempre representa una losa pesada, pero la forma en que se claudicó anoche obliga a una profunda y urgente autocrítica.
No tardó mucho en llegar la primera derrota de la era Rafa Márquez, quien deberá olvidar su consanguinidad futbolística con Javier Aguirre e intentar cosas diferentes, como confiar más en los jóvenes y descartar en definitiva a jugadores que han demostrado repetidamente que la camiseta nacional les queda grande.
Rafa debe creer más en sus propias ideas futbolísticas, que yo supongo que deben ser muy diferentes de las de su antecesor si recordamos su formación como técnico en Europa y en particular en la escuela catalana de La Masía.
Rafael Márquez debería intentar morirse con la suya, mantenerse firme e inflexible en sus convicciones, ideas o estilo futbolístico, si quiere marcar un antes y un después para trascender como técnico del Tri en este futbol nuestro de cada día.