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El futuro

Las enfermedades llegan, por más que las retrasemos con cuidados. Y entonces descubrimos que quizá estuvimos atentos al plano físico, pero olvidamos nutrir el emocional y el espiritual.

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MARCELA PÁMANES

Nunca había sentido el futuro tan próximo y tan lejano al mismo tiempo. De hecho, pocas veces me he imaginado “a futuro”. Y claro, es un error, porque aunque nos empeñemos en pensar que el presente es lo único que importa, llega un momento en que los añosnos abren los ojos y no queda más remedio que anticipar cómo viviremos los últimos capítulos de nuestra historia.

Pensar en ello provoca ansiedad, sobre todo a quienes, como yo, preferimos conocer el final de la película. Hay tantas variables, tantas situaciones fuera de nuestro control, tantos giros del destino, que resulta imposible prever con certeza. Sin embargo, sí podemos diseñar una ruta flexible que nos dé calma y nos permita transitar los días con mayor serenidad.

Uno de los temas que más inquieta es la salud. Cada vez escucho más conversaciones sobre el miedo al dolor físico, el desgaste de quienes nos aman al acompañar nuestras enfermedades, el costo económico que implica, la pérdida de autonomía y esa esperanza mínima de conservar la vida, aunque su calidad esté en duda. Decimos frases como: “a mí que no me hagan nada”, “que me dejen en mi casa hasta el final”, “no quiero ser carga para mis hijos”. Pero, en el fondo, lo que deseamos es ser atendidos con dignidad, con cuidado, hasta el último momento, sólo que nos cuesta reconocerlo.

Acabo de saber del caso de una mujer de 93 años que vive sola desde hace más de dos décadas. Cuando entregó a sus hijos a la vida y su marido murió, decidió que no quería moverse a ningún otro lugar. A los 80 años le sugirieron pensar dónde quería estar para no quedarse sola, y ella respondió que el único sitio en el que se imaginaba era su casa y que por ningún motivo permitiríaque alguien desconocido —por ejemplo, una cuidadora— viviera con ella. Hoy sigue de pie: le cocinan y limpian unas horas al día, pero ella dispone el menú, la lista de compras y los pagos. Es feliz, no necesita más. Su historia es un recordatorio de que la autonomía y la coherencia con nuestros deseos también son formas de dignidad.

Las enfermedades llegan, por más que las retrasemos con cuidados. Y entonces descubrimos que quizá estuvimos atentos al plano físico, pero olvidamos nutrir el emocional y el espiritual.

El aspecto económico también pesa. ¿Llegamos a esta etapa protegidos o sin haber podido generar un capital para el retiro? ¿Nos vemos obligados a renunciar a sueños que reservamos para “más adelante”? ¿Contamos nuestros activos y descubrimos que son pocos o ninguno? Es ahí cuando surge otro tema crucial: el equilibrio emocional. Una vida interior rica, un camino recorrido en el desarrollo personal, es el mejor antídoto para sostenernos en medio de pérdidas y desafíos.

La tentación de enfocarnos en lo que ya no tenemos es grande. Idealizamos el pasado, aunque no haya sido tan perfecto como lo recordamos, y esa nostalgia puede abrir la puerta a la tristeza. Pero quien ha dedicado tiempo al trabajo personal tiene más herramientas para superar esa etapa y evitar caer en el papel de víctima.

Pertenezco a una generación de mujeres que salió de casa y buscó la autorrealización. Nuestra mirada es distinta a la de nuestras madres y estamos envejeciendo de otra manera. Pero eso no nos libra del desgaste físico, del deseo de atención, ni del temor de convertirnos en una carga para los hijos. Lo que sí tenemos claro es que, con años o sin ellos, debemos adaptarnos con humildad, con disposición y con la eterna consigna de aprender, incluso del proceso de morir.

La tecnología me maravilla. Creo que debemos convivir con ella con actitud positiva: dar órdenes a Alexa, familiarizarnos con la inteligencia artificial, manejar con soltura nuestras aplicaciones bancarias, amigarnos con las pantallas inteligentes para no depender de otros. Que cada día nos sintamos vivos, que recordemos los años que llevamos encima porque el espejo insiste en mostrarlos, pero que nuestra actitud no se forje en ellos. El futuro de ayer es hoy, y el hoy también tiene futuro. ¡Vivámoslo!

 X: @mpamanes

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