El juego bonito
¡Que sí, que no! ¡Que cómo chingados no! Y sí, aunque solo sea por esta vez, la realidad coincidió con la ficción oficial. Tal como había ofrecido la presidenta, sin necesidad de reprimir, bastó el despliegue de cien mil efectivos, veinte mil militares, cincuenta y cinco mil policías enmascarados y armados con rifles de asalto, chalecos antibalas y escudos antimotines —que con su sola presencia imponen miedo— para que la inauguración del Campeonato Mundial de Futbol transcurriera con tersura.
Todo como en Dinamarca. Grandes pantallas en las plazas públicas para el pueblo bueno; el estadio para los fifís y los malditos neoliberales. La presidenta prefirió ver el partido inaugural en un espacio más seguro y acompañada de sus aplaudidores. En las calles, la crisis política y social en ebullición: estudiantes, madres buscadoras, maestros, el pueblo malo… todos protestaban. Dentro del estadio, “el juego bonito”.
¡Dios me salve de entender el futbol! Nada me llama menos la atención que un grupo de hombres pateando con saña un pobre balón que no les ha hecho nada. Lo que yo quería era participar de la convivencia y la alegría que suscita el juego. Quería compartir las chelas, las tortas y las risas. Quería, desde la seguridad de cualquier pantalla, compartir la emoción y los gritos ingeniosos de la fanaticada.
Aunque me resulte irrelevante lo que sucede en la cancha y las destrezas de los jugadores me dejen indiferente, me conmueve, eso sí, la pasión de los espectadores que, desde su asiento, se esfuerzan más que los futbolistas. Alguna vez vi a don Alfonso Gallón y García Moncada, tan austero, tan propio, arrojarse sobre sus huesudas rodillas para celebrar un gol de su equipo favorito.
Yo solo quería compartir la intensidad del momento, porque parafraseando lo que dijo Tony Estranget en la inauguración de los Juegos Olímpicos 2024 en París: “Aunque los juegos no tengan el poder de resolverlo todo, aunque la discriminación y los conflictos del mundo no vayan a desaparecer, esta mañana en el estadio nos recuerda lo hermosa que es la humanidad cuando se une”.
Me entusiasmaba la idea de compartir el momento inaugural, que anida una tímida pero contagiosa ilusión; el momento en que el equipo mexicano es todavía esperanza. “La ilusión supera a la realidad, y los malos resultados se compensan con la innegable maravilla de estar juntos”, escribe Juan Villoro.
Esperaba la invitación de un hijo, un nieto, una amiga… Las once, las doce y el teléfono tercamente mudo. Mientras rumiaba la espera, pensé: “Esto me pasa por bocona, porque siempre que tengo oportunidad, desprecio el juego que Galeano con toda razón llamó ‘una fiesta para los ojos’”, a lo que yo añadiría: “Es también una fiesta que, como los juegos fatuos, ilumina la noche”.
Me divierte ver a los hombres perder todo decoro, vociferar, llorar. Al final, lo mismo el frenesí del triunfo que la frustración de la derrota los hermana, y hasta se abrazan. No era el juego lo que yo quería compartir, era el espectáculo que ofrece el público.
Yo pertenezco a la última generación de niños resignados. Papá me etiquetó desde niña como soberbia y he mantenido la etiqueta con dignidad. “Si te llaman vas, y si no, te quedas donde estás”. Y pues no, nadie me llamó. Ni modo, eso me pasa por resistirme a la adicción que produce el futbol hasta en la gente que parece decente.
Cuando finalmente acepté que el juego iba a comenzar conmigo o sin mí, dispuse chelas, una abundante porción de cacahuates y encendí la tele. Después de todo, tanta gente no puede estar equivocada.