El mundo ya está tan acostumbrado a los cambios de presidentes en Perú que, cuando hace pocos días asumió José María Balcázar - el noveno mandatario en diez años - la noticia causó más gracia que espanto.
Balcázar, un poco conocido exjuez de 83 años, ni siquiera tuvo una luna de miel. Apenas se sentó en el sillón presidencial, le llovieron las críticas por sus juicios pendientes por presuntos actos de corrupción, y denuncias por haber defendido el matrimonio infantil de niñas de apenas 14 años. Muchos se preguntan si logrará terminar su mandato el 28 de julio, cuando debe entregar el mando al ganador de las elecciones de abril.
Su antecesor, José Jerí, había asumido apenas cuatro meses antes de que el Congreso lo tumbara tras varios escándalos por presunto tráfico de influencias.
Cuando entrevisté a Jerí hace pocas semanas en Lima, me asombró la indiferencia que sienten los peruanos hacia sus presidentes. El día anterior le conté a varios amigos peruanos que iba a entrevistar a su presidente, y para mi sorpresa, ni pestañearon.
Varios se encogieron de hombros y me dijeron con una sonrisa que habían tenido tantos presidentes últimamente que ni recordaban el nombre del que estaba de turno.
Todo esto reafirma mi teoría de que Perú es un país que crece de noche, cuando los políticos duermen. Pese al caos político, ha sido una de las economías más estables de América Latina.
Según el Fondo Monetario Internacional, Perú crecerá un 2.7% este año, por encima del promedio latinoamericano del 2.3%.
El país crece porque, aunque los presidentes van y vienen, tiene un Banco Central independiente que no permite aventuras populistas. Su presidente, Julio Velarde, es un economista ortodoxo que lo preside desde hace veinte años.
Tras la asunción de Balcázar, le pregunté a varios políticos peruanos por qué sus presidentes duran tan poco.
La respuesta casi unánime fue que la Constitución vigente tiene una cláusula ridícula que le permite al Congreso destituir al presidente por "incapacidad moral", sin definir lo que eso significa.
Esa vaguedad permite que congresistas cuyos partidos políticos quedan insatisfechos con la repartición de cargos puedan ponerse de acuerdo y tumbar a cualquier presidente.
Francisco Sagasti, uno de los pocos expresidentes peruanos sin grandes líos judiciales pendientes, me explicó que los parlamentarios de izquierda y de derecha forman coaliciones "de puntos de vista ideológicos muy diversos, pero con intereses convergentes en cuanto al acceso al poder, el acceso a las fuentes de financiamiento y a la impunidad".
Hay quienes esperan que esto pueda cambiar a partir de julio, cuando el Parlamento deje de ser unicameral y debute el Senado, que tendrá grandes poderes bajo un reciente cambio constitucional.
Pero Sagasti es escéptico. "Yo creo que va a permanecer la misma situación actual", me señaló.
Cuando le pregunté cómo se explica que Perú sea una de las economías más estables de América Latina, Sagasti coincidió en que tener un Banco Central independiente con un manejo "ejemplar" ha sido un factor clave, pero le añadió varios otros.
Un factor que muchos olvidan ha sido la suerte, y la diversidad de las exportaciones del país, me dijo Sagasti. En la era de la colonia, Perú exportaba oro y plata. Desde entonces, ha venido beneficiándose sucesivamente de los auges del guano, el azúcar, el petróleo, la pesca, y en años recientes los arándanos y las uvas.
"Perú tiene el privilegio de contar con una oferta exportable tan diversificada que, pese a los vaivenes políticos internos y mundiales, siempre ha podido encontrar suficientes mercados para sus productos", me señaló. "Si dependiéramos solo de uno o dos productos, la situación hubiera sido mucho más difícil".
Sin embargo, Sagasti me advirtió que la suerte de Perú puede no ser eterna. La creciente infiltración de la minería ilegal y otras actividades ilícitas en la política "nos está poniendo en peligro de ir en el camino de Ecuador, Colombia y México", me señaló.
Yo no apostaría a que Balcázar termine su mandato. Pero, por ahora, no hay pánico. Lo más probable es que el país siga creciendo en piloto automático gracias a su Banco Central independiente y a su variedad de exportaciones, a pesar del circo político de todos los días.