Hace más de 5 mil años los escribas de Mesopotamia crearon un invento prodigioso: la escritura duradera. Sus tablillas de barro se convirtieron en un repositorio esencial del saber.
En el siglo XV, Gutenberg dio notable impulso a este empeño con la imprenta. La lectura dejó de ser privilegio de las élites y redefinió la convivencia.
Todo cambió el 30 de noviembre de 2022, con la aparición de ChatGPT. La especie que se educaba en los libros empezó a educar a las máquinas. En forma histórica, la transferencia del conocimiento se modificó: ahora nosotros alimentamos a los aparatos.
El paréntesis abierto por Gutenberg se está cerrando. Der Spiegel informa que, en noviembre de 2025, 26 mil estudiantes de Austria y Alemania fueron encuestados sobre sus hábitos de lectura y escritura. La mayoría usaba inteligencia artificial. Los argumentos que se obtenían por cuenta propia ahora surgen de las prótesis de silicona.
La IA permite descifrar jeroglíficos, medir el desgaste de una rodilla y calcular resistencias de materiales en tiempo récord. Su utilidad está fuera de duda; sin embargo, también comporta riesgos. Uno de los más importantes es la sustitución del pensamiento individual por las respuestas prefabricadas.
Desde 1956, el mecanismo se describe como “inteligencia”; en realidad, se trata de un procesador que articula la información recibida. Si le preguntamos por la filosofía de Heidegger, revisará lo que se ha escrito sobre el filósofo para dar una respuesta promedio. Esto último resulta decisivo; la máquina no ofrece singularidades: estandariza los saberes. Si Heidegger dijo que el lenguaje era la “casa del ser”, la IA habita un condominio en serie. No diversifica ni expande el conocimiento; lo aplana, volviéndolo homogéneo.
Yuval Noah Harari señala que carecemos de experiencia para lidiar con los efectos de la tecnología. Lo grave es que el proceso de aprendizaje puede ser muy largo. La imprenta se inventó en 1450 y fomentó la democratización del saber; aun así, durante los siguientes 200 años se siguieron quemando brujas. Las bases de la Ilustración llegaron mucho más tarde.
¿Debemos esperar dos siglos para descubrir el uso ilustrado de las máquinas? En 2009, Mark Fisher, autor de Realismo capitalista: ¿no hay alternativa?, comentó que dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en consumidores. La tecnología digital potenció esta mercantilización: ya somos la principal mercancía del planeta; nada vale tanto como los datos personales que dejamos en las redes.
Las numerosas ofertas que recibimos en los celulares sugieren que disponemos de una libertad ilimitada; sin embargo, los algoritmos se limitan a reiterar nuestra conducta: si te interesó un viaje a Cancún, te venden otro a Puerto Vallarta.
Estamos ante la tiranía de la semejanza.
Para el sistema operativo de un teléfono “inteligente”, el asombro y la sorpresa, principios esenciales de la cultura, son una disonancia.
Durante milenios, la creatividad y la imaginación cristalizaron en los discursos plurales de los libros. Aunque la IA se nutre de bibliotecas, las respuestas que brinda no reflejan las contradicciones, las ambivalencias ni los matices del razonamiento humano: rebajan la complejidad a la medianía que puede ser divulgada sin conflicto. No es casual que uno de los autores más citados por la IA sea, precisamente, Mark Fisher, quien señaló que el capitalismo absorbe la crítica, transformándola en producto. El mercado ama lo que se le opone: el Che Guevara vende camisetas.
Michael Grund, programador que trabaja en el diseño de modelos generativos, advierte que la IA es un invento esencialmente conservador porque está preparado para preservar y mediatizar conocimientos ya adquiridos. La creatividad humana busca otras rutas: además de poner en escena todas las pasiones, Shakespeare inventó más de 1,700 palabras.
De acuerdo con Grund, es lógico que la IA coincida con Fisher en que el fin del capitalismo no puede ser imaginado, pues ha sido programada para reciclar y administrar acervos que la preceden. El desafío de los programadores consiste en crear modelos que imaginen comienzos.
Ante la falta de expectativas, conviene citar a un oráculo de la psicomagia, Alejandro Jodorowsky: “No podemos cambiar el mundo. Podemos empezar a cambiarlo”.
Nada es tan rebelde como lo que todavía no existe.