El poder de la estupidez
Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana. En cuanto al universo, no estoy seguro.Albert Einstein
Husmeando en la Gandhi —mi librería de cabecera—, saltó a la vista El poder de la estupidez, de Giancarlo Livraghi. Me pareció un temazo. Según el autor, no hay edad para la estupidez. A pesar de la experiencia que dado mi largo recorrido por los años, se mepodría atribuir, aún no agoto mi cuota diaria. Siempre me queda alguna estupidez por estrenar, o lo que es peor, repetir la misma.
No hay evidencia de que Albert Einstein lo dijo, pero se le atribuye: “estupidez es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”. Lo que me recuerda el inconsistente propósito de enmienda ante mi viejo hábito de procrastinar, y los recurrentes ataques de ansiedad que me provoca. Meterme en lo que no me importa, dar consejos que nadie me pide… son entre otras, estupideces tan cotidianas que hasta me he encariñado con ellas.
Me hace sentir un poco mejor enterarme de que la estupidez no es de mi exclusividad, sino que forma parte de la naturaleza humana, y se da incluso entre la gente más inteligente. Aunque el tema no es de ningún modo atractivo, dada la persistencia y el inmenso poder que la estupidez ejerce en todos los campos del quehacer humano, merecería reconocerla como una vieja compañera de vida, al menos para no caer en la incapacidad de reconocerla en nosotros mismos y pensar: “¡Oh, Dios!, ¿por qué me hiciste tan inteligente si me ibas a rodear de puro pendejo?”.
Cuenta la historia que, al no reconocer ningún talento entre sus colaboradores, Calígula nombró senador a Incitatus, su amado caballo. Según afirma el autor del libro que menciono, la estupidez es congénita, aunque está históricamente probado, que el poder es un activismo detonante. Sólo imagínese, pacientísimo lector, lectora, que en una de esas vueltas de la vida loca, por las razones que sean, usted se convierte en un personaje poderoso. Despierta cualquier mañana en su palacio, rodeado de un coro de leales vasallos que madrugan y hacen antesala pacientemente para asistir al saludo matinal, y poder así, reiterarle a usted, Todo Poderoso, que sus ronquidos son musicales, y sus pedos, perfume de magnolia. “Permítame atesorar sus valiosas lagañas… lo que se le ofrezca, por favor, aquí estoy yo”, le recuerdan.
Los poderosos no tienen colaboradores, sino fidelísimos siervos que agradecen la oportunidad de limpiar la suela de los zapatos de quien tiene el poder de otorgar favores, pero también castigos. Ante las altísimas dosis de admiración y los aplausos constantes, es legítimo pensar que tantos leales servidores, no pueden estar equivocados. “Siendo una piedra persistente en el zapato de la humanidad, es extraño que no exista todavía ninguna universidad que preste su apoyo al estudio de la estupidología”.
Me queda claro que es imposible derrotar la estupidez, pero se me ocurre que su impacto podría ser menos dañino, si como el cáncer, por ejemplo, se atendiera con serias investigaciones que permitieran reconocerla, analizarla, y desarrollar una vacuna que podría aplicarse a toda la humanidad, aunque en altas dosis a quienes imaginan que el poder, la raza, el color de su piel o el grosor de su cuenta bancaria, les otorgan superioridad. En dosis menores, les correspondería por derecho a las legiones de lacayos y, finalmente, si es que sobran vacunas, a todos los que formamos parte del pueblo bueno y sabio.
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