El problema de “ferear”
El problema de “ferear” no se refiere a la dificultad de encontrar cambio de dinero de una denominación por otra, no. Si hablamos del problema de “ferear”, no se trata del engorro de encontrar cambio de un billete por otros billetes, tampoco de uno de ellos por monedas ni de una moneda por morralla; se trata del problema fútil de cómo conjugar, a veces, el inexistente verbo “ferear”.
El verbo “feriar” existe oficializado por los diccionarios, por eso la computadora, cuando escribes “ferear”, subraya la palabra como alertándote, preguntándote qué estás diciendo, tonto. El celular, según él, inteligente, cambia “ferear” por “cereal”. Sin embargo, en La Laguna, y parece que en muchas partes del norte de México, se usa el verbo “ferear” con todo y el conflicto que provoca conjugarlo.
El diccionario electrónico de la Real Academia Española ofrece como primera acepción de feriar, comprar en la feria; como segunda, vender, comprar o permutar algo por otra cosa. Esta acepción ya es de contenido similar a la del verbo “ferear” y sus conjugaciones que se escuchan en La Laguna. Por ejemplo, dicen: “Feréame este (billete) de cincuenta (pesos)”. El verbo difícil significa aquí cambio, permuta, contenidos que el diccionario de la RAE proporciona como sinónimos de feriar.
De todos modos, feriar o “ferear” vienen de feria, una actividad comercial consistente en que cada cierto tiempo se reúnen gentes interesadas en vender o intercambiar bienes. En Torreón se empezó a organizar en 1925, para la Comarca Lagunera, una feria del algodón. Se armaba en el verano, cuando circulaba bastante dinero por la bonanza de la cosecha.
Al repasar la historia del periódico uno se entera de que a finales del siglo XVI, en Francfort organizaban dos ferias al año, en primavera y otoño. En cada ocasión, un capitalista vendía ciertos precursores del periódico conocidos como messrelationen, compilación de los principales acontecimientos del semestre.
Sin embargo, las ferias se encuentran en la Antigüedad, pasan por la Edad Media y de allí llegaron para incorporar en la lengua española el verbo feriar que se convirtió en “ferear” en la Comarca Lagunera, con el sentido de intercambiar, cambiar. Aunque conviene advertir que debido al problema de las conjugaciones se alternan feriar y “ferear” en el habla regional.
Improvisemos ejemplos del problema de “ferear”. Un padre proletario que va a repartir cincuenta pesos entre sus hijos le ordena a uno de ellos, extendiéndole un billete: “ve feréalo”; o le puede decir: “ve a feriarlo”; o: “ve a que te lo ferién”. Si tiene cierto sentido de la gramática, quizá dirá: “ve a que te lo fereen”.
Cuando todavía no se generalizaba el uso del dinero electrónico, escuché a un alto funcionario universitario decirle a un asistente: “ve a ferear este cheque”. El asistente pudo haberle dicho a la cajera del banco: “quiero feriar este cheque”. Sin ponernos a considerar cuestiones de clasismo, podemos ver que el “ferear” ejecutivo se convierte en “feriar” popular. Ambos se refieren a cambiar, no a desplazarse de feria en feria ni a comprar ni vender en la feria.
Cuando en el capítulo XIX de la segunda parte de la genial obra de Cervantes, don Quijote corrige a Sancho en su habla, el escudero replica que no creció en la Corte ni estudió en Salamanca. El licenciado del capítulo lo apoya al determinar que “la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso”. Esto podría significar que la inteligencia determina el buen hablar, pero con atención a la lengua corriente —corriente no en el sentido de baja calidad, sino vigente—.
En conclusión, si una de las características de la lengua es su convencionalidad, en la Comarca Lagunera el verbo “ferear” es de uso absolutamente normal —es parte de la norma lingüística regional—. No escandaliza su uso, aunque dificulta su análisis.
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