Hay quienes minimizan la decisión del presidente saliente de Colombia, Gustavo Petro, de desconocer el triunfo electoral de Abelardo de la Espriella, viéndola como el berrinche de un mal perdedor que no pasará a mayores. Se equivocan: puede ser algo mucho más peligroso que eso.
En uno de los países más polarizados de América Latina, con una larga historia de violencia política, las declaraciones de Petro de que no reconocerá la legitimidad del presidente electo —alegando sin mostrar pruebas concretas de que hubo un fraude electoral —pueden convertirse en una amenaza para la estabilidad democrática del país.
Petro, un exguerrillero que es el primer presidente de izquierda en la historia de Colombia, dijo en sus redes sociales que el supuesto fraude se hizo “desde California” con algoritmos de presuntas empresas privadas de inteligencia de Israel.
Petro convocó a una jornada de “desobediencia civil pacífica” para el 20 de julio, el día de la independencia nacional, casi tres semanas antes del traspaso demando. De la Espriella respondió acusando a Petro de orquestar “un golpe de Estado”, y pidió a las fuerzas armadas no obedecer posibles órdenes anticonstitucionales del presidente saliente.
Lo más probable es que De la Espriella asuma el mando en la fecha prevista, pero la gran pregunta es hasta qué punto podrá gobernar.
Colombia está políticamente dividida en dos, y De la Espriella —un outsider que nunca ocupó cargos públicos ni viene de un partido tradicional— ganó las elecciones por apenas el 0.9% de los votos.
Además, De la Espriella heredará un país con un déficit insostenible. El gobierno populista de Petro aumentó irresponsablemente el salariomínimo y los subsidios sociales para ganar votos, lo que equivale a pan para hoy y hambre para mañana.
El presidente electo prometió usar la “motosierra” delmandatario argentino Javier Milei para recortar el gasto público en un 40%, peromuchos dudan que pueda hacerlo. Mientras que Milei arrasó en las urnas y tenía un claro mandato para achicar el Estado, De la Espriella ganó por un pelo.
¿Cómo calificar la actitud de Petro? Por supuesto que el presidente saliente tiene derecho a apelar a todas las instancias legales si cree que hubo un fraude. Pero cuando las máximas autoridades electorales dictaminan, tras dos conteos de votos, que ganó De la Espriella, la suerte está echada y Petro tiene que aceptarlo.
Lo más irónico es que Petro está cuestionando el veredicto de la misma institución electoral que le dio la victoria a él hace cuatro años. En efecto, el Consejo Nacional Electoral de Colombia que lo declaró ganador en 2022 es el mismo organismo independiente, con nuevemagistrados elegidos por el Congreso, que ahora le dio el triunfo a De la Espriella.
El expresidente colombiano Iván Duque me dijo en una entrevista hace pocos días que la postura de Petro “son patadas de ahogado”, pero que al mismo tiempo es una actitud “muy peligrosa”.
“Petro nunca ha dejado de ser un subversivo. Él nunca se ha desmovilizado ni en su espíritu, ni en su psicología, ni en su actitud”,me dijo Duque.
“Pero el peligro es que, en la mentalidad subversiva de Petro, quiere incendiar el país, pero con el título de expresidente, con la banda presidencial simbólica en su pecho”, agregó. “¿Y por qué lo hace? Porque es la única manera en la que puede tratar demantener vivo su movimiento político y pretender ser un gran caudillo, cosa que tampoco es”.
Si Petro está desconociendo el triunfo de De la Espriella para convertirse en el líder de la oposición, debería dejar de presentarse como un defensor de la democracia.
Al fin y al cabo, la democracia consiste en reconocer la voluntad del pueblo expresada en elecciones libres. Y eso vale tanto para Petro como para el presidente Donald Trump, que todavía no reconoce su derrota en las elecciones de 2020.
La vergonzosa pataleta de Petro confirma una vez más que, hoy en día, la disyuntiva no es tanto entre la derecha y la izquierda, sino entre la democracia y la autocracia.
Cuando un presidente desconoce las reglas de juego, sienta un precedente peligroso.
Si Petro no entrega el poder con dignidad, no solo pasará a la historia como un pésimo perdedor. Peor aún: terminará dándole la razón a quienes siempre dijeron que su verdadero ropaje no era el de un demócrata, sino el de un autócrata.