Pocas figuras políticas de nuestro tiempo se encuentran en una posición de tanta fuerza y tanta debilidad simultáneas: Claudia Sheinbaum, o la equilibrista. En un mundo polarizado al extremo, en donde la mayor parte de las sociedades se hallan partidas por la mitad -piénsese en Estados Unidos, España, Francia, Gran Bretaña y buena parte de América Latina-, ella cuenta con el respaldo mayoritario de la población. Sus enemigos no son pocos y son muy ruidosos, pero dos tercios de los mexicanos valoran positivamente su gestión: una cifra de popularidad inimaginable en casi cualquier otro sitio, con la ominosa excepción de Bukele.
Su partido domina las dos Cámaras -y ahora incluso se ha deshecho del incómodo líder de los senadores que le heredó López Obrador- y, con la oprobiosa reforma reciente, también se ha adueñado del Poder Judicial. La mayor parte de los gobiernos estatales está de su lado y, con la próxima reforma electoral, garantizará que la oposición -de por sí rota, incapaz de reconstituirse y de actuar como un contrapeso digno- tenga aún menos posibilidades de regresar al poder. En teoría, salvo en los regímenes dictatoriales -Rusia, Cuba, China, Nicaragua-, ningún otro líder global amasa tanto poder.
De manera paradójica, pese a ello la posición de Sheinbaum no deja de ser en extremo vulnerable, tanto adentro como afuera. Encabeza, en América Latina, una anomalía junto con Brasil: son los únicos países de la región que no solo conservan gobiernos formalmente de izquierda -aun si su coalición es más contradictoria que eso-, sino dotados con una amplia base social. Por más que Trump se refiera a ella con cierto respeto, no hay duda de que él la ve, y de paso a México, como un problema en el horizonte. Hasta ahora, Sheinbaum ha conseguido lidiar con él -cediendo una y otra vez aquí, resistiéndose un poco allá, como con Cuba-, sin llegar a un choque frontal. Su templanza, comparada con el histrionismo de Trump, le ha conferido un aura de resistencia alabada por doquier. Pero, otra vez, Sheinbaum no ha hecho otra cosa que dilatar lo que se vislumbra inevitable: el momento en el que Trump por fin decida qué va a hacer con México como lo ha hecho con Venezuela.
La integración comercial de los dos países es nuestro mayor escudo, pero si Trump se siente de pronto acorralado -si piensa, por ejemplo, que podría perder las Cámaras en las elecciones de noviembre-, no hay duda de que usará la renegociación del T-MEC y el narcotráfico como tabla de salvación. La posibilidad de que un dron estadounidense caiga sobre un supuesto laboratorio de fentanilo o sobre la guarida de un supuesto capo es muy alta.
En el interior, Sheinbaum también vive en un equilibrio inestable: nadie duda de su lealtad a AMLO, pero se vuelve cada vez más inevitable que los fieles del expresidente terminen por enfrentarse con ella. Si estos le han perdonado su viraje en la política de seguridad -asumen que es un mandato irremediable de Trump-, no están haciendo lo mismo con su repentina apuesta por el fracking y el aumento de la inversión privada en Pemex, una de las líneas rojas de su antecesor. De por sí llama la atención que, quien siempre presumió sus prioridades ecológicas, se decante por una medida repudiada por su impacto ambiental -en la anomia mexicana, el único aliado que la aplaude es el partido que lleva en su nombre esta palabra-, pero los sectores más cercanos a AMLO operarán de manera abierta o escondida para descarrilarla. La reforma electoral ha sido la causa de su otro enfrentamiento con sus partidos satélite: parásitos que no hacen otra cosa que gestionar sus privilegios.
Todo ello no es sino el síntoma visible de las feroces pugnas al interior del oficialismo: como en las épocas del PRI hegemónico, los conflictos, que serán cada vez más salvajes, ocurren tras bambalinas, en sus entrañas. Mientras tanto, Sheinbaum se mantiene en la cuerda floja, intentando que las fuerzas que la comprimen -Trump, AMLO, el PT y el Verde, sumados a la tensión entre su pragmatismo y su intransigencia ideológica- no acaben por hacerla caer. El problema es que Sheinbaum no parece saber cómo resolver el riesgoso teorema en que se halla inmersa y solo pospone, día tras día, su solución.