El terror en las escuelas
“Hoy es el último día para muchos y el primer día para mí”, escribió en su cuenta de TikTok uno de los presuntos asesinos que en Torreón, Coahuila, ingresaron a la secundaria pública Agustín Melgar arrojando explosivos caseros, armados con cuchillos y machetes, para cobrar víctimas.
El ataque había sido planeado días antes, según muestran las interacciones con otros cibernautas cómplices y las imágenes compartidas por los agresores, donde sobresale, junto a las armas, simbología satanista, muy similar a lo visto en sitios como el Rancho Izaguirre y otros campos de desaparecidos; un detalle bastante recurrente que los medios tradicionales han evitado subrayar, curiosamente, desde el sexenio anterior.
En cuanto al motivo, no hubo ninguno más que la voluntad de dañar a inocentes. Lo que sí hubo fueron antecedentes brindados por los vecinos, quienes ya habían señalado a los presuntos hermanos asesinos por realizar sacrificios de animales sin que los padres —enterados de ello— hicieran algo por intentar corregirlos, según los testimonios brindados.
El saldo de su incursión fue un profesor y tres estudiantes heridos de gravedad, además de la muerte de la subdirectora del plantel, la maestra Nery Nervales, quien fue atacada por haberles reconocido por sus nombres (habían sido alumnos de la escuela).
La cobertura mediática trascendió lo regional para convertirse en una nota periodística de proyección nacional, en un país donde la muerte violenta de un promedio de 93 mexicanos al día parece haber sido normalizada no solo por quienes integran los tres niveles de gobierno, sino también —y esto es lo más grave— por la sociedad misma.
Gracias a la oportuna intervención de otros alumnos, maestros y vecinos fue que se logró neutralizar y capturar a los responsables en lo que se apersonaron los elementos de la policía municipal, según confirmó el titular de la Fiscalía de Coahuila, Federico Fernández Montañez, quien de manera rápida se hizo presente, desde Saltillo, en el lugar de los hechos (el ejido La Unión) para brindar información de frente ante lo sucedido.
En respuesta oficial a la tragedia, la Secretaría de Educación Pública federal se limitó a responder con un comunicado tan breve menos de media cuartilla— como acartonado, mismo que en automático generó repulsión en la sociedad mexicana por la parquedad e insensibilidad ante lo ocurrido, como si las víctimas resultaran tan ajenas como irrelevantes a su rango de responsabilidad.
Y en cuanto a la presidenta en su homilía matutina, una vez que se le cuestionó sobre la tragedia, en vez de comprometerse con la solución más evidente —un regreso de la enseñanza cívica y de valores como materia obligatoria en las escuelas, dignificación de las aulas junto con el personal y los maestros, y reforzamiento de la seguridad en los planteles—, aprovechó para ratificar su voluntad de censura contra los medios, aduciendo que hay que evitar que difundan la violencia.
Sin embargo, la mejor respuesta nos la brinda sin duda una maestra desde Empalme, Sonora: “Las aulas en México se están derrumbando bajo el peso de la indiferencia institucional. Mientras la violencia cruza la puerta de las escuelas con la impunidad que le otorga la falta de seguridad, la respuesta no solo es insuficiente: es un insulto a la dignidad docente.
¿En qué momento la contención de un dispositivo móvil se volvió más urgente que la protección de la vida humana? Los maestros no están cansados: están hartos de trabajar con el miedo como compañero de banca, mientras las autoridades canalizan recursos, tiempo y reflectores a cortinas de humo tecnológicas.
La educación en México no necesita simulaciones para la foto ni discursos inflados en conferencias matutinas. Necesita autoridades con las prioridades claras, que entiendan que ninguna estrategia pedagógica funciona en un entorno donde los maestros temen por su vida y los alumnos crecen en la desprotección”.