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El tsunami digital

LUIS RUBIO
LUIS RUBIO

“Nadie sabe para quién trabaja”, reza un viejo dicho irónico por la evidente contradicción que entraña. La democracia se ha convertido en un punto de disputa donde se confrontan quienes abogan por el apego a las normas frente a quienes las ignoran en aras de construir una “nueva” gobernabilidad. ¿Será posible que en su afán por dominar y controlar a la sociedad mexicana en todas sus manifestaciones AMLO haya destapado una cloaca que ya nadie podrá cerrar? En las últimas décadas el país transitó de un sistema político orientado al control y a la participación limitada hacia su democratización que, en retrospectiva, mostró carecer de una estructura institucional suficiente para promoverla, afianzarla y sostenerla. Quizá más importante, aquel proceso de democratización caracterizó más a algunos segmentos de la sociedad que a otros y ahí yace al menos una de las semillas de la polarización que nos marca en la actualidad.

El concepto de democracia hace siglos que enfrenta un permanente desafío intelectual. Platón habló sobre el reino de los filósofos, Nietzsche de la aristocracia y Mosca y Pareto estudiaron a la “clase dirigente”. Detrás de los procesos de democratización del mundo desde el siglo XIX existió siempre el cargo de que las jerarquías sociales sesgaban a la democracia, haciéndola elitista y, por lo tanto, propensa a convertirse en otra forma de dominación en lugar de participación.

De lo anterior nació la crítica “progresista” a la democracia liberal, procurando sustituirla con una serie de nuevos mecanismos de participación política directa que, desde una perspectiva liberal, constituían una nueva modalidad de control y manipulación. La tensión entre los dos modelos de democracia es más que evidente.

AMLO sustentó su movimiento en dos anclas filosóficas: la desigualdad social por un lado y la democracia popular fundamentada en la soberanía del pueblo, por el otro. Para la primera diseñó una política social orientada a transferir recursos directamente del erario a las personas y familias que constituían su base de apoyo. Para lo segundo, inició el desmantelamiento de las instituciones constituidas para administrar los procesos electorales y desarrolló una estrategia de participación directa y plebiscitaria a través de la revocación de mandato y la consulta popular.

En un contexto político tradicional, el choque entre las dos formas de concebir a la ciudadanía y su relación con el poder se habría resuelto en el plano electoral, donde el partido hoy gobernante tarde o temprano habría perdido las elecciones, como ha ocurrido una y otra vez en la historia, tanto de nuestro país como del mundo. Ningún partido en el poder es eterno.

Pero el contexto político actual nada tiene de tradicional. Morena arribó al poder en medio de lo que podría denominarse como el “tsunami digital” que caracteriza a nuestra era y que ha tenido el efecto de “democratizar” a la arena pública.

Guste o no al poder formal o a quienes antes influían en la discusión pública, el mundo ha cambiado. Mientras que antes el acceso a la formación de opinión, para citar el caso más obvio, se encontraba limitado por los editores y propietarios de los medios electrónicos y en papel, el mundo digital dio paso a una participación universal carente de todo filtro o control. Ahora todo mundo puede expresarse como se le antoje e iniciar guerras mediáticas sin límite. Esta democratización es real y no particularmente ilustrada o encomiable, pero ciertamente reveladora de la calidad de la educación formal.

El propio AMLO fue cambiando de opinión respecto a las “benditas” redes sociales cuando lo apoyaban, para recientemente calificarlas de “neofascistas” por la crítica que ahí se destila contra él y su gobierno y sucesora.

Cualquiera que haya sido la lógica del impulso detrás de la democracia liberal -en México y en el mundo- en el pasado o de la democratización “progresista” de la última década, el tsunami digital ha cambiado radicalmente la dinámica de la política real. En la práctica, nadie puede ignorar la nueva circunstancia en que todos y cualquier persona pueden expresarse libremente y, por lo tanto, competir directamente con las posturas oficiales o las opiniones que antes se consideraban calificadas. Hoy todo mundo puede expresarse y lo hace sin tapujos, escrúpulos o límites. Esa democracia es real y no necesariamente benéfica para el desarrollo de una nación en el sentido que se entendía en el pasado.

En este mundo, que se ha dado por llamar de la “posverdad”, no hay nada que no pudiera (y vaya a) ser disputado.

Por lo tanto, cualquier iniciativa o proyecto gubernamental enfrenta una fuente de (potencial) oposición que los gobiernos de antaño podían ignorar u obviar, pero hoy ya no.

La paradoja es obvia: quienes proponían una democracia popular como medio de legitimación y control han acabado con una verdadera democracia que no está bajo su control. De ahí la noción de que nadie sabe para quién trabaja.

La estudiosa argentina María Matilde Ollier escribió que “quienes quisieron respetar las normas nunca consiguieron la gobernabilidad y quienes lograron la gobernabilidad nunca respetaron las normas”. Esto último refleja a Morena, que ahora es quien pretende imponer normas que ya nadie respeta. Un mundo nuevo.

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