¿Cómo interpretar la presencia de la presidenta y la ausencia de Andrés Manuel López Obrador en el homenaje de cuerpo presente a Cuauhtémoc Cárdenas en Bellas Artes? Lo que más admiré en el entrañable ingeniero fue la entereza con la que sobrellevó los ataques en su contra, el respeto con el cual escuchaba y su disposición a reconocer el fracaso del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Me resultaba incomprensible el silencio fatalista con el cual enfrentó la perversión de las tribus perredistas y de los grupos morenistas.
En junio de 1999 Amalia García reconoció en su discurso de toma de posesión como presidenta del PRD que el organismo político tenía “serias dificultades para consolidarse, debido a la profusión de los grupos de interés, las prácticas clientelares, el protagonismo personal, y la falta de respeto a los estatutos, la legalidad y el principio de la tolerancia”.
Las tribus se pitorrearon de esas palabras y el cáncer siguió carcomiendo al partido. En mayo de 2014 Cárdenas cumplió 80 años y sería lógico suponer que reflexionara sobre lo que debería hacer en el último tranco de su vida.
En septiembre inició la tragedia de Ayotzinapa —facilitada por el tribalismo mercantilista de los Chuchos— y en noviembre de 2014 Cárdenas renunció al partido que había fundado (López Obrador lo hizo en 2012).
A partir de su renuncia, el ingeniero se regaló la libertad de apoyar instituciones, causas y personas que, en su opinión, actuaban por el interés de México.
Era inevitable el choque con Andrés Manuel López Obrador. Aún cuando se reconozca y aplauda que AMLO mejorara los ingresos de las mayorías, satanizó el pensamiento alternativo y preservó el sistema tribal que ahora son grupos identificados por quien los encabeza. Les exigió lealtad, pero les dio licencia para manejar presupuestos y tolerancia a sus arrumacos a criminales. Igualmente grave fue que castrara o eliminara organismos públicos indispensables: la CNDH, el INAI, el INE, el TEPJF y un largo etcétera.
El distanciamiento entre los dos líderes históricos se expresó de múltiples maneras. Lo ilustro con la forma en que López Obrador dio cuenta de los fraudes electorales de 1988 y 2006. En sus 1460 mañaneras mencionó 14 veces al de 1988 y 186 el de 2006 donde, obvio, él era chambelán, novio o líder llevado a rastras a la piedra de los sacrificios.
También manipuló lo acontecido en 1988. Mencionó solo dos veces a Cárdenas y ninguna al verdugo (Manuel Bartlett Díaz), a quien en otros foros llenaba de elogios, presupuestos e impunidad como director de la Comisión Federal de Electricidad. Lógico que no se presentara al homenaje a Cárdenas en Bellas Artes.
Claudia Sheinbaum sí asistió. ¿Gesto de cortesía hacia el hombre que anunció su voto por ella dándole así el beneficio de la duda? ¿Cárdenas acertó en ese último lance? Dependerá del desenlace del caso Taddei que se empalmó con la muerte del ingeniero.
Taddei compuso, dirigió y fue solista de una interminable opereta de corrupción, cinismo y ramplonería. No basta que la sustituyan con alguien respetable. Como en Ayotzinapa y otros tantos desastres, necesitamos toda la verdad y, si Palacio lo permite, un poquito de justicia.
Conoceremos las telarañas de protección política tendidas por Taddei y su grupo.
Para creer en el compromiso de la presidenta con la honestidad y la democracia —expresado ante el ataúd de Cárdenas— debe restaurar la autonomía del INE y el TEPJF y renovar a sus cúpulas. Si se queda en una limpieza superficial o en excusas simplonas estará sancionando el fraude en 2027 porque esas instituciones favorecen a Morena.
¿Seguirá, la presidenta los pasos de López o los de Cárdenas?
@sergioaguayo
Colaboró Elena Simón Hernández