El valor propedéutico de la historieta
Quienes vivimos nuestra niñez en los años sesenta recibimos auténticas “megadosis” de “vitamina H”. Por supuesto, la fuente de ese rico nutrimento para la imaginación fueron las historietas (llamadas cómics o tebeos en otras regiones). Recuerdo que los domingos por la tarde mi padre nos animaba a mis hermanas y a mí a elegir dos revistas cada uno en el puesto donde compraba un periódico capitalino dirigido por Julio Scherer y una influyente revista encabezada por don José Pagés Llergo.
Invariablemente, mis hermanas optaban por La pequeña Lulú, Periquita, Archie o alguna publicación con personajes de Disney; yo, en cambio, prefería las historias de superhéroes. Y aunque, como típicos hermanos, nos burlábamos de nuestros respectivos gustos, ellas de todos modos leían mis revistas y yo hacía lo propio con las suyas. Así, cada semana devorábamos más de una docena de ejemplares, pues además los intercambiábamos con los niños del vecindario y con compañeros del colegio.
De veras me mortificaba que las treinta y dos páginas de cada revista se consumieran tan rápido. No quería dejar de leerlas nunca y las cuidaba como si fueran piezas de un tesoro. Debo añadir que tampoco nos perdíamos “los monitos” publicados en El Siglo de Torreón. Recuerdo, entre otras, las tiras de Lorenzo y Pepita, Educando a papá, Mandrake y El Fantasma, “el duende que camina”.
Ya en la adolescencia cobré afición por Fantomas, la amenaza elegante, historieta que, de manera muy amena, suministraba abundante información sobre historia del arte, pues giraba en torno a un cultísimo ladrón especializado en el robo de obras artísticas. También disfruté Los Supermachos y, más tarde, Los Agachados, de Rius, así como sus numerosos libritos, en los que exponía su visión sociopolítica y su inclinación por el naturismo.
Leí todo lo publicado por Eduardo del Río y, precisamente por ello, disfruté enormemente la charla que sostuve con él a finales de los años ochenta. También leí las historietas de Abel Quezada y de Gabriel Vargas. Sin embargo, la que más me impactó fue Mafalda, de Joaquín Salvador Lavado, “Quino”. De hecho, sigo detectando entre mis conocidos más jóvenes ocurrencias semejantes a las de ella y sus entrañables compañeros: el soñador Felipe, el torpe y ambicioso Manolito, la inquisitiva Libertad, el ingenuo Miguelito y la cursi Susanita.
Lamento que la época dorada de la historieta haya quedado atrás. Me indigna que muchas de las publicaciones más vendidas en la actualidad sean revistas dedicadas a grotescos chismes de la farándula que nada aportan a la educación de nuestra gente. La historieta, por el contrario, fue para muchos un auténtico trampolín hacia la narrativa de calidad.
Las aventuras de un niño ingenioso como Memín Pinguín —apellido al que después se le añadiría la diéresis porque así prefirió pronunciarlo el pueblo— facilitan el tránsito hacia novelas como El Periquillo Sarniento, Las aventuras de Tom Sawyer u Oliver Twist. Las historietas de aventuras suelen ser el antecedente natural de las lecturas de Emilio Salgari o de Julio Verne, y el detective infantil “La Araña”, que aparece en La pequeña Lulú, sin exagerar puede despertar el interés por Auguste Dupin, Sherlock Holmes o Hércules Poirot.
Asimismo, la historieta de crítica social conduce naturalmente a las obras de Chéjov, Dickens o Víctor Hugo. Es fácil constatar que muchos adolescentes de los años setenta, después de haber leído Estirpe sangrienta —centrada en la vida de un ficticio revolucionario villista llamado Epifanio Montes—, nos acercamos a los libros de autores como Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela y Francisco L. Urquizo.
Es innegable que, bien aprovechada, la historieta posee un importante valor propedéutico: induce, orienta y prepara para lecturas de mayor complejidad. Por sus beneficios bien podemos permitirnos llamarle la vitamina H de la cultura.