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Elena: mil veces única

Consuelo Sáizar de la Fuente

A Felipe Haro Poniatowski.

Cuando escribiste Tinísima, Dos veces única y Leonora, ¿sabías que estabas escribiendo el siglo XX mexicano a través de la mirada de esas mujeres? -le pregunté mientras comíamos.

Elena Poniatowska guardó silencio un instante. Después respondió con esa mezcla de candor y sabiduría tan suya:

No lo había pensado. Eres la primera que me lo dice.

Hace unos días, Julia y yo pasamos a visitarla. Llevábamos la última versión de El Aleph digital, el libro que yo acababa de terminar de escribir, y que Elena revisó con una atención cada vez más rara en el siglo de la lectura distraída; aceptó, además, acompañarlo con las líneas que la editorial me pidió para la promoción.

Queríamos también felicitarla anticipadamente por su cumpleaños 94: saldríamos de viaje y no estaríamos en su festejo. Elena nos recibió en esa casa organizada por la inteligencia de la luz: sillones amarillos, flores cuidadosamente dispuestas, libros al alcance de la mano, el jardín asomado a las ventanas como una prolongación natural de la conversación. La ausencia de Felipe pesaba a cada momento.

Nos escuchó atenta, inquisitiva, generosa. Le agradecí haber leído el texto y aceptado acompañarlo con sus letras. Le hablé de mi reticencia a molestarla, sabiéndola tan ocupada. Le dije que su primera lectura había cambiado el libro: dejó de ser un ensayo y se volvió testimonio de época.

-Así funcionará mejor -me respondió. Añadió que la agradecida era ella; que se hubiera sentido ofendida si no le hubiera permitido estar en ese tiempo conmigo, leer antes que nadie el libro, y hablar de lo que siempre he dicho me distingue: mi compromiso con mi género y mi generación. Le dije que lo había aprendido de ella.

Antes de que el siglo dispusiera del vocabulario para nombrarla, Poniatowska ejercía la sororidad como disciplina. Leer a otras mujeres, escucharlas con obsesión, transcribir su voz, prologarlas, restituirlas: hábito del espíritu que convierte la escritura en prolongación de la escucha, en ampliación de sus mundos, en espejo de sus vidas.

Gracias a ella, una generación descubrió el eje de la literatura de las mujeres mexicanas. Las siete cabritas y Las indómitas fueron más que retratos: fueron una aportación fundamental a la vida íntima y pública de esas mujeres. Las mujeres ocuparon de pronto el lugar donde se decide la memoria, el poder, el derecho a ser interpretadas.

Más de medio siglo sostiene ese compromiso. Arrancó, si hay que fechar la épica de Poniatowska, en 1969 con Hasta no verte, Jesús mío, donde Jesusa Palancares irrumpió con una lengua áspera y soberana que reordenó el relato nacional. Se refrenda ahora, en 2026, con la nueva versión de su libro sobre Rosario Castellanos. La pregunta persiste, se afila, se ahonda: qué significa ser mujer en México, cómo se conjugan en un solo aliento la entrega, la inteligencia, la rabia, la imaginación, el disenso, la rebeldía. Cada libro añade densidad al mismo lienzo vivo: le da color, profundidad, textura, intención.

Por eso me importaba tanto preguntarle por la intención detrás de esa triada.

Tinísima, Dos veces única y Leonora, leídas juntas, forman un lienzo del siglo XX mexicano trazado a través de tres mujeres -Tina Modotti, Lupe Marín, Leonora Carrington-, llegadas de fuera o desplazadas desde dentro, cada una con un modo distinto de torcer el lugar que el país les asignaba y de amar a los hombres que eligieron.

Elena escribió tres vidas; entre las tres, escribió un siglo.

Su sorpresa ante mi pregunta reveló algo esencial de toda obra mayor: sus estructuras profundas operan por debajo de la intención. La escritora avanza libro por libro, destino por destino; la obra, entretanto, construye un universo paralelo, un país subterráneo, una ciudad invisible, que la autora descubre en la lectura total.

Si Lupe Marín fue dos veces única, Elena -que la escribió y escribió a tantas- es mil veces única: su singularidad se multiplica a través de cada mujer que retrata. Jesusa, Rosario, Tina, Lupe, Leonora, Nellie, Elena Garro, Pita Amor, Frida, Alaíde, Marta Lamas forman su constelación personal. Cada una añade una nueva capa al espejo donde el siglo XX mexicano se reconoce.

La biografía, en sus manos, deja de ser el encierro de una sola vida y se convierte en red de ecos y correspondencias. Una mujer cuenta a otra; al hacerlo, modifica la forma en que un país se cuenta a sí mismo y en que las mujeres se miran entre ellas.

Hay, claro, una zona inquieta en ese método: restituir es también firmar lo que se escucha, y Poniatowska lo sabe. Sus mejores libros viven en el filo donde la voz prestada y la voz que presta se vuelven indistinguibles -y allí, justo allí, la sororidad deja de ser virtud declarada y se vuelve desafío literario, que es una de las grandes aportaciones de Elena.

Sus entrevistas, reunidas inicialmente por editorial Diana en Todo México, funcionan como espejo implacable de esa nación que ha perseguido con paciencia de entomóloga y oído de novelista. En esas conversaciones asoman su memoria, su curiosidad, su perspicacia disfrazada de candor. Ese disimulo es estrategia: quien parece ingenua interroga sin que el interrogado se proteja; quien parece distraída lo recuerda todo. Allí el periodismo se eleva a instrumento de conocimiento: interroga la superficie hasta volverla síntoma.

Y está, además, algo poco estudiado: su pertenencia al rombo de la literatura mexicana. Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska: los cuatro amigos nacidos en los años treinta. Ella, la única mujer. Ella, la única que sobrevive en este 2026. Esa soledad de testigo final le otorga una autoridad que, sin reclamo, dicta la forma del siglo cuya crónica sólo su voz puede completar.

Este cumpleaños Elena lo vive con una ausencia nueva. Celia Chávez de García Terrés, su primera amiga en México -la que conoció andando en bicicleta, cuando recién llegaba al país-, falleció el pasado 9 de mayo, 10 días antes del 19. La cronista de Tlatelolco, la cronista del terremoto del 85, la que ha escrito tantas veces el duelo ajeno, enfrenta hoy la elaboración íntima de un duelo propio. Las amistades que duran ochenta años se parecen a las lenguas maternas, me dice cuando le llamo para darle el pésame: perderlas es perder una manera de hablar consigo misma.

Cumplir 94 años escribiendo sobre mujeres, leyendo a otras mujeres, haciendo favores a otras mujeres, despidiendo a las amigas que la formaron: esa continuidad encarna una forma alta de fidelidad.

En una época de atención fragmentada, Elena sostiene la mirada completa como ética y como estética. Su obra sobre las otras es también la crónica más exacta de sí misma.

Es mil veces única porque cada restitución multiplica el espejo donde el siglo se reconoce entero, y porque la mujer que las escribió a todas convirtió la literatura mexicana en una casa con habitaciones desconocidas que sólo ella, la última del rombo, puede todavía recorrer.

Yo le debo las líneas escritas la semana pasada para mi libro; y advierto que todos estamos en deuda con ella por una obra hecha a lo largo de una vida única: Elena Poniatowska nos enseñó -a toda una generación de mexicanas-, en sus libros, crónicas y testimonios, a leer nuestra propia historia, que la incluye a ella misma, tan mil veces única.

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Escrito en: Signo del zodiaco Mhoni Vidente Horóscopo Astrología

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