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Sus versos son incansables; su voz, un susurro apasionado. La maestra Elsa Cross (Ciudad de México, 1946) ha emprendido una nueva aventura poética gracias al libro Tu otro nombre (Ediciones Era, 2025), una publicación marcada por el amor y el erotismo, donde los amantes emprenden un periplo por diversos paisajes del cuerpo y el alma.
En la obra de Elsa Cross, los amantes son devorados por el amor, por el tiempo y por el fuego de Dios. Se plasman como peregrinos; transitan por diversos pasajes del cuerpo y del alma. Cruzan miradas, se confrontan.
Elsa Cross se enamoró por vez primera a los 10 años de edad. Fue de un muchacho un poco mayor que ella. Recuerda los suspiros que le nacían al verlo, la embriaguez de un sentimiento incapaz de procesar. Tal como escribe Platón en El banquete, un dios habitó su su alma.
En esa época leyó muchísimo. Tan sólo con 15 años se sumergió en las historias de Fiódor Dostoyevski, de León Tolstói, de Honoré de Balzac, de Guy de Maupassant, de Pablo Neruda. “Jamás he vuelto a leer tanto”. Además de autores mexicanos comoJuan Rulfo, a quien descubrió a los 16 años, durante un viaje a Guadalajara, y entonces pudo percatarse de que el amor estaba presente incluso en su literatura oscura y misteriosa.
La poeta mexicana tiene más de una treintena de libros publicados y un sinfín de reconocimientos por su labor literaria. En un artículo publicado en la Revista de la Universidad, Ernesto de la Peña escribió que la poesía de Elsa Cross tiene la virtud del arte mayor. En una anterior entrevista para El Siglo de Torreón, la propia poeta indicó que quien escribe versos debe embriagarse en el instante.
Es esa embriaguez a la que llegan los amantes como Romeo y Julieta, Eneas y Dido, Paris y Helena o Tristán e Isolda. Figuras trágicas de la literatura que encarnan un amor sumamente dionisiáco y donde el miedo puede moldear ciertas situaciones. Entre estos amantes, reflexiona la poeta, el miedo es destructivo, no favorece nada cercano a él, ni siquiera a la persona que lo padece. Un amor intenso traspasa el límite de la realidad concreta.
En la introducción de su Poesía completa, publicada por el Fondo de Cultura Económica (FCE), Elsa Cross escribe que para ella la poesía ha sido el registro de una experiencia del mundo y una forma de conocimiento, de búsqueda y encuentro, de una contemplación, de un juego y un diario de viaje. En este tenor, la poesía también puede ser un reflejo del amor; la búsqueda del otro y de uno mismo a través del otro.

El caso de Tu otro nombre es especial. Durante la pandemia por covid-19, la poeta encontró unos versos que creía perdidos. Databan de mediados de los noventa y hablaban de amor. Entonces retomó su escritura y creó poemas nuevos, donde una voz interna canta distintas experiencias en torno al amor, el cual aparece como una presencia antigua, sumamente poderosa y terrible, capaz de recobrar su condición sagrada.
Durante la más reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL Guadalajara), la maestra Elsa Cross aguarda en el estand de Ediciones Era, su casa editorial. La poeta de 79 años ve transitar a la gente, la envuelve el bullicio, se encuentra con conocidos y trata de ponerse al día. Afirma que en la mayoría de ocasiones, el ser humano es la sombra de sí mismo, que el reto es encontrar al Yo verdadero y, para ello, el amor puede resultar un vehículo extraordinario. A pesar de todo, asegura que en ningún momento se ha arrepentido de haber amado; si el amor es un abismo, vale la pena asomarse en él y sentir su vértigo.
¿Recuerda cuándo se enamoró por primera vez?
Ay, yo creo que tenía como 10 años. Me enamoré de un muchacho, de un vecino, que era el hermano mayor de unas amigas con las que jugaba. Era un muchacho un poco mayor, muy guapo. Yo lo veía y suspiraba, eso era todo.
¿Y en ese momento del enamoramiento uno se pregunta cosas o más bien las siente?
Uno no sabe cómo pensar ni cómo procesar lo que está sintiendo, pero de que lo siente no hay duda.
Usted formó parte del taller del maestro Juan José Arreola, ¿el amor era un tema que se abordaba en esas sesiones?
Pues cuando había poemas sobre el tema, sí. Y sí había algunos poemas, me acuerdo de un poeta… de eso hablábamos hace un momento, de que acaba de morir uno de los últimos miembros del taller, ya la única sobreviviente soy yo, junto con otras dos compañeras. Murió Andrés González Pagés, que estaba viviendo en Mérida, pero yo te iba a mencionar poemas de Leopoldo Ayala, que fue otro miembro del taller y que sí escribió más poemas de amor. Y fue una cosa extraordinaria un número (del taller) donde aparecieron poemas suyos ilustrados por su esposa Kristin, que ahora vive en Barcelona. Entonces, la revista del taller podía llegar a tener ese dual de amor, con esas ilustraciones que no eran ni siquiera parte del diseño de la revista.
¿Por qué el amor ha sido uno de los temas recurrentes en la poesía y el resto de la literatura? ¿Es un misterio para el ser humano?
Porque es un hecho central en la vida de todo ser humano; si no tiene amor está perdido, amor por lo que sea, por su familia, por su pareja, por la patria. Es fundamental, yo creo que es un elemento constitutivo, fundamental, del ser humano.

Y en ese sentido, ¿el amor es un reflejo de la poesía?, ¿una búsqueda constante en el otro?
Yo creo que es al revés: la poesía puede ser un reflejo del amor, no el amor de la poesía. Y claro, es una búsqueda del otro, y finalmente de uno mismo a través del otro. A veces uno mismo llega a conocerse más a través de la pareja.
A un poeta, ¿el amor lo invade a la par que lo invade la poesía?
Depende del poema… creo que cada poeta es sensible a distintas cosas y está bien que así sea. Veo por ejemplo a tantos poetas que no sólo han escrito poemas, sino libros enteros sobre la Ciudad de México; a mí no me inspira nada. He escrito dos o tres poemitas, donde no queda muy bien parada. Entonces, la disposición de cada poeta creo que es única y tiene una apertura distinta hacia la realidad, hacia las cosas, y lo refleja de una manera única también en sus poemas.
¿A través de qué poetas comenzó a leer poesía sobre el amor? Alguna vez mencionó a Neruda y 20 poemas de amor y una canción desesperada.
Eso era obligado. No sé ahora, pero cuando yo era jovencita era lo que leía todo el mundo. Tenía una edición chiquita, un cuadernito. Me acuerdo que una de las monjas de la escuela en la que estaba me lo confiscó y me dio mucha rabia, porque yo estaba feliz leyéndolo, pero pues no tendría que leerlo en clase, como en realidad pasaba. Leí muchísimo. A los quince años leí Dostoyevski, leí Tolstói, leí Balzac, leí a Guy de Maupassant, leí también a muchos autores mexicanos. A Juan Rulfo lo leí a los 16 años, una vez que hice un viaje acá a Guadalajara. Leía mucho, creo que nunca he vuelto a leer tanto.
¿Cómo surge el proyecto de Tu otro nombre, su más reciente poemario?
No fue proyecto, fue accidente. En una libreta que iba a tirar durante la pandemia, encontré un montón de poemas que había dado por perdidos treinta años atrás. Eso fue como 2021. Los empecé a leer, conecté muchísimo con ellos y seguí escribiendo más y más y más, muchísimos poemas a partir de ellos.
Me imagino que se reencontró con un Yo que en ese momento amaba de cierta manera.
Con lo que me conecté fue con ese pasado, con el contenido de los poemas y lo que se recreó. Como que se desarrollaron. De repente había un poema y de un poema salieron tres, o salió toda una sección. Se dio un desarrollo de cosas que estaban desglosadas en esos primeros poemas.

¿Qué aspectos del amor intentó reflejar en la continuación de estos versos?
Lo que se refleja es una serie de experiencias del amor; puede tener tantos rostros. Entonces sí hay esto de la presencia y la ausencia, y la presencia en la ausencia y viceversa: la ausencia en la presencia, que es lo más terrible, cuando está la persona, pero ausente. Y hay fases donde el énfasis está en el encuentro, en la sensualidad, pero también en la separación y en la tristeza. Hay como muchas fases, hay muchos momentos distintos: el roce de la locura, la muerte. Y una cosa fundamental que yo siento, que es el rescatar la dimensión divina del amor humano, que pueda volverse una cosmogonía sagrada.
Menciona la dimensión sagrada del amor, pero pienso también en las figuras trágicas que suelen tener los amantes en la literatura: Romeo y Julieta, Eneas y Dido, Paris y Helena, etcétera.
Es otro tipo de experiencia. No sé si Tristán e Isolda se acerquen más a eso, porque esa muerte y esa transfiguración final es una cosa extraordinaria.
En ese tenor, ¿qué papel juega el miedo en los amantes?
Depende de la persona. El miedo es destructivo en donde sea, en donde aparezca, es una mala cosa; no va a favorecer nada de lo que esté cerca ni a la persona que lo padezca.
¿Qué le genera esta frase de El banquete, de Platón: “En efecto, el que ama tiene un no sé qué de más divino que el que es amado, porque en su alma existe un dios”?
Totalmente. Y desde luego que Platón piensa en el Eros como el dios que habita al que ama. Pero, Platón mismo, igual en El banquete, habla de un Eros humano y un Eros divino. Entonces, también habla de cómo hay que sublimar ese amor, llevarlo a su máxima expresión. Mi libro no intenta hacer a un lado ni condena de ninguna manera el amor humano; se trata de unir las dos cosas, no de aislar a una en favor de la otra.
¿Amar siempre tiene algo de dionisiáco?
Depende del grado al que pegue ese amor.
Si pega con ganas, puede ser muy dionisiáco, puede ser un estado de embriaguez ininterrumpida.

¿Y lo onírico?
También es fundamental… los sueños. Yo creo que un amor intenso traspasa los límites de la realidad concreta, cotidiana y se conecta con muchas otras cosas, entre ellas el sueño, el sueño de embriaguez, la imaginación, en fin.
Tal vez en el amor, en ocasiones, uno es la sombra de sí mismo.
Y no sólo en el amor. Normalmente somos la sombra de nosotros mismos, como dice el propio Platón. Entonces, la cuestión es descubrir el verdadero Yo, dejar de ser estas sombras de nosotros mismos para ser el Yo auténtico, y el amor puede ser un vehículo extraordinario.
¿Alguna vez se arrepintió de amar?
No, porque aunque a uno le vaya como en feria con algo, como dice Platón, el haber amado ya es ganancia, independientemente del resultado final de una relación o de lo que sea. Si llega ese amor a refinarse, se vuelve un amor que no espera nada a cambio, que no pide nada a cambio, que está dispuesto a aceptar cualquier resultado, cualquier consecuencia.