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En cas del lector

Arcelia Ayup me dijo que tales usos los escuchó en Saltillo; Mauricio Lamas, de Matamoros, Coahuila, ha escuchado decir “en ca la tía” y en Torreón escuchó “en ca la madre”.

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SAÚL ROSALES

“Dejen el salón tan limpio como la cas del presidente”, habría dicho la maestra en la primaria durante los años inaugurales de 1950; también, “en ca Lupe nos prestarán un reloj”. El ca y el cas campanillearon en mis oídos. Esas formas apocopadas no eran frecuentes en mi arrabal de las orillas del Nazas en aquellos días de mediados del siglo XX. Pero la señorita Juanita había llegado de Saltillo.

Diez años después, a mis amigos de Sabinas y Múzquiz, norte del estado de Coahuila, les escuché muchas veces decir frases como “en cas Enrique” y “en ca Poncho”. Recientemente, Arcelia Ayup me dijo que tales usos los escuchó en Saltillo; Mauricio Lamas, de Matamoros, Coahuila, ha escuchado decir “en ca la tía” y en Torreón escuchó “en ca la madre” (no en el sentido de progenitora, sino de muy lejos).

El idioma que me enseñó mi madre, la lengua española que me trajo el conocimiento a través de los oídos, la lengua que me amplió el mundo mediante los libros, desde mucho tiempo atrás me inquietó con sus sentidos ocultos, con sus sonidos familiares, con sus vulgarismos, con sus entregas fáciles y sus promesas y sus evasivas.

Ahora, en tanto la palabra convertida en obra de arte llena mis ocios barnizados de añoranza y melancolía, releo y repaso en la pantalla LED una comedia de sutil picardía titulada La viuda valenciana (1620), de Lope de Vega. Allí escucho a un mozo de la viuda comentar con otros personajes: “Ha ya mil días / que en cas de su prima estoy”.

Cuando ese uso de la palabra cas entra en mi entendimiento, como lo hizo la primera vez, traza líneas de sugerencias por las que viajan o llegan ideas. Para ejemplo sirvan los dos primeros párrafos de este texto. Tengo otros dos ejemplos de Lope. En la comedia El acero de Madrid, resuena el cas cuando Riselo indica: “mañana en cas de la Hermosa”; y, en un parlamento distante, Marcela dice: “que hay en cas de un boticario”.

La avidez natural del amor se nutre de novedades. Para saber más sobre el uso de la sincopada voz cas usada por Lope de Vega indagué en internet. Descubrí el donairoso blog Se me va de la lengua, de Carlota de Benito Moreno (Madrid, 1985) y, allí, el perspicaz y gracioso texto titulado “Ca padres, por Navidad”, fechado el 28 de diciembre de 2021. La autora analiza y comenta los usos de ca y cas.

En su texto inteligente, breve y divertido, Carlota de Benito Moreno apunta: “[…] la forma semirreducida cas fue bastante usada desde el siglo XV hasta el XVII y entonces no se consideraba necesariamente una forma vulgar […].”

Si a mí me saltó el uso de cas desde el siglo XVII de Lope, la autora madrileña, entre otros ejemplos, cita uno de Quevedo (1621): “Llevarte en cas de busconas es sola tu medicina […]”.

La autora también apunta varias muestras de que esa forma cas persiste. En Canarias, cuando se hace la apócope de casa, “la más común es cas y no ca”. La forma más reducida, aclara “[…] empieza a aparecer en los textos a partir del siglo XIX y siempre puesta en boca de hablantes de los estratos sociales bajos o en textos de la oralidad popular”.

Las interesantes e inteligentes observaciones de Carlota de Benito Moreno son motivo de comentarios de lectores que revelan un uso contemporáneo de la apócope ca. Dice uno de ellos: “En Asturias también es muy común referirse a casa como ca […] especialmente en el mundo rural […].” El otro espontáneo por su parte agrega: “[…] se usaba y se usa en Salamanca ciudad por nacidos y vividos allí”.

En cas del lector, o más bien, en ca de sus ancestros, quizá se haya usado o solamente escuchado la sincopada voz de nuestro idioma que se resiste a ser material de un museo de la lengua española. Los casos citados demuestran que no es un arcaísmo, aunque un purismo urbano así la califique. Como vimos, se registra en distantes y variadas regiones del español.

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Escrito en: Saúl Rosales poesía lenguaje columna

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