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EL MUNDO DE LOS DORMIDOS

Hay una sensación que se repite y que cuesta poner en palabras. Es esa conversación en la que dices algo claro y te responden con medias palabras, con frases a la mitad, como si tuvieran que traducir lo que les dices desde otro idioma. Hablas y no te escuchan. Miras a los ojos y no hay nadie del otro lado. El cuerpo está, pero la persona no.

Vivimos rodeados de dormidos.

No hablo de los que duermen por la noche. Hablo de los que caminan despiertos, pero con el alma en modo avión. Gente que vive en un limbo permanente, ensimismada en su propio mundo, girando sobre su propio ombligo, incapaz de ver más allá de su guion. Están dormidos en sus laureles, dormidos en sus miedos, dormidos en una comodidad que confundieron con felicidad, dormidos en una rutina que ya no cuestionan porque cuestionar duele.

Y lo más frustrante no es que estén dormidos. Lo frustrante es que uno tiene que lidiar con ellos todos los días. En el trabajo, en la familia, en la pareja, en la amistad. Gente con la que no se puede contar, no porque sean malas personas, sino porque simplemente no están. Han delegado su vida al piloto automático y esperan que todo se resuelva solo.

A veces dan ganas de tomarlos de los hombros y sacudirlos. Zarandearlos fuerte. Gritarles: ¡Despierta! ¡Estás aquí! ¡Esto es real! Sal de esa matrix de notificaciones, de excusas, de "al rato", de "yo soy así". Pero no se puede. Nadie despierta a otro a la fuerza. El despertar es un acto íntimo, personal. No se impone, se elige.

Y aquí es donde tenemos que estar en alerta, porque no es un juego inofensivo ni una simple falla de carácter. Mientras más dormidos estamos, más caro nos cobra la vida. La inconsciencia siempre pasa factura, y la cobra con intereses.

Un distraído al volante provoca un percance que marca a una familia para siempre. Un dormido en la relación provoca una traición por omisión, esa que no es de cama sino de alma: te engañó con su ausencia. Un dormido en el trabajo provoca una pérdida millonaria, un cliente que se va, un proyecto que se cae. Un dormido en su salud provoca una enfermedad que pudo prevenirse con una decisión a tiempo. Un dormido como padre provoca hijos que crecen pidiendo la mirada que nunca llegó.

Las grandes frustraciones, las decepciones más dolorosas, las pérdidas irreparables y los accidentes que pudieron evitarse no llegan por maldad del destino. Llegan por distracción. Por esa distracción sostenida que normalizamos.

La distracción parece inofensiva al principio. Un mensaje que contestas manejando. Un "sí, te escucho" mientras estás en el celular. Un proyecto que pospones porque no tienes ganas. Una conversación importante que evitas. Pero la distracción acumulada es veneno lento. Llega un momento en que puede destruir lo que más amas. Puede acabar con un matrimonio, con una empresa, con una amistad de años, con una vida entera. Porque la vida no perdona la ausencia prolongada. Si no estás presente en tu vida, la vida sigue sin ti y te deja atrás, con la cuenta por pagar.

Nos enseñaron que el gran problema del mundo era la maldad. Yo cada vez estoy más convencida de que el gran problema es la inconsciencia. Esa gente que va por la vida sin hacerse preguntas, repitiendo patrones heredados, defendiendo creencias que ni siquiera eligió, viviendo vidas que no eligió, en trabajos que odia, en relaciones que ya no sostienen nada, pero que sigue ahí, dormida, porque despertar exige responsabilidad.

El mundo de los dormidos es cómodo, pero es brutalmente caro. Cuesta sueños. Cuesta oportunidades. Cuesta vínculos. Cuesta salud. Porque para despertar hay que tener el valor de incomodarse. Y la mayoría prefiere el analgésico de la distracción: el scroll infinito, el chisme, la queja constante, el drama ajeno.

Despertar no es volverse iluminado. No es irse a meditar a una montaña. Despertar es algo mucho más simple y mucho más radical: es estar presente. Es escuchar cuando alguien te habla. Es hacer lo que dices que vas a hacer. Es tener el coraje de mirar tu vida de frente y preguntarte: ¿esto que estoy haciendo me representa? ¿Si sigo así de distraído, a dónde voy a parar?

El antídoto contra el mundo de los dormidos no es la ira ni el juicio. Es la lucidez. Es rodearte de gente despierta, aunque sean pocos, aunque sean dos. Gente que te mira a los ojos. Gente que cumple su palabra. Gente que está, de verdad, cuando se necesita estar.

Porque al final, la vida no te pide que salves a todos los dormidos. Te pide una sola cosa: que no te vuelvas a dormir tú. En un mundo que hace todo para adormecerte, mantenerse despierto ya es un acto de rebeldía y de amor propio.

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Escrito en: Signo del zodiaco Mhoni Vidente Horóscopo Astrología

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