Imagen: El Universal/ Hugo Salvador
Se interesó por el mundo prehispánico desde que su madre lo llevó por primera vez al Museo Nacional de Antropología. El escritor Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) era apenas un niño. Al ver la sala de la cultura mexica, en él se produjo una gran impresión, una mezcla de fascinación y morbo. Llegó a tener pesadillas donde aparecía la piedra de los sacrificios. Más tarde, cuando cursaba la secundaria, aprendió de memoria los nombres de los tlatoanis.
“Siempre me provocó un sentimiento de pérdida la destrucción de la gran Tenochtitlan, como creo que le sucede a la mayoría de los mexicanos. Siempre tuve metida en el inconsciente la idea de transportarme a un mundo fabuloso y macabro, pero mi vocación me fue llevando por otros caminos”.
Luego de que, en 2018, Enrique Serna escribiera el argumento de una serie de Televisa sobre la Conquista española, su asesora de historia le recomendó varias lecturas sobre el Imperio mexica. Eso reavivó su ilusión infantil; tras la pandemia, estudió el tema a fondo y tomó clases de náhuatl.
“Ahí descubrí que la literatura mexicana está en deuda con nuestro pasado remoto, porque las novelas más leídas sobre el México prehispánico, que son Azteca (1980), de Gary Jennings, y El corazón de piedra verde (1942), de Salvador de Madariaga, ocurren en tiempos de la Conquista, como si hubiese sido el único acontecimiento novelable durante los miles de años que hubo antes de la llegada de los españoles. Entonces se me ocurrió escribir una novela sobre la gestación del Imperio mexica, en la que hay dos personajes contrapuestos: Nezahualcóyotl y Tlacaélel”.

En El dios hambriento, la más reciente novela de Enrique Serna, la narrativa se sitúa en 1430, el año 3 Conejo para la cultura mexica, cuando la alianza entre mexicas y alcohuas (los habitantes de Texcoco) había derrotado a los viejos amos del Valle de Anáhuac. Sin embargo, una rivalidad interna resquebrajó esa unión.
Tlacaélel, a quien el pueblo consideraba portavoz de Huitzilopochtli, odiaba desde niño a su talentoso primo Nezahualcóyotl, jefe del ejército acolhua, que gozaba de enorme popularidad en Tenochtitlan y se había ganado la confianza del tlatoani Itzcóatl. Como representantes de cosmovisiones antagónicas, la teocracia militarista y la utopía civilizadora de Quetzalcóatl, su disputa por el favor del tlatoani se dirimió al mismo tiempo en los campos de batalla, en los templos y en las alcobas donde el amor allana el camino al poder.

En su novela, ¿qué papel juega la nostalgia que cubre a sus personajes?
Hay una nostalgia de una época que se consideraba una edad mítica, que fue la de los toltecas, cuando Quetzalcoátl gobernaba Tula y creó un reino donde introdujo la agricultura, enseñó a la gente la cerámica, la arquitectura, etcétera. Quetzalcoátl es el dios que simboliza la cultura, contrapuesto con el dios de la guerra que era Huitzilopochtli, aunque el enemigo de Quetzalcóatl era más bien Tezcatlipoca. Huitzilopochtli le robó atributos a Quetzalcóatl y también a Tezcatlipoca.

¿Qué aspectos de Nezahualcóyotl y de Tlacaélel le sorprendieron más al momento de su investigación?
Me sorprendió, en primer lugar, que Tlacaélel fue el ideólogo que se hizo pasar por portavoz de Huitzilopochtli y fue el que creó el dogma supremo de los guerreros mexicas, que consistía en capturar prisioneros para sacrificárselos a Huitzilopochtli y de esta manera garantizar que el sol saliera todas las mañanas. Digamos que fue un líder bastante maquiavélico que utilizaba el poder espiritual para reforzar su poder político.
Y del otro lado, está Nezahualcóyotl, un príncipe que aspira a recordar el reino de su padre y quiere el poder para hacer algo bueno con él, para mejorar las condiciones de vida de sus súbditos y para desarrollar las artes y la agricultura. Él tiene una cosmovisión opuesta a la de Tlacaélel, porque cree en Ometéotl, el dios de la dualidad. Pero además le reprocha a ese dios que trate con indiferencia a los mortales, que los haga sufrir, que los condene a la muerte.
De modo que su poesía es extraña, un tanto blasfema, lo cual lo coloca en las antípodas de Tlacaélel. Entonces, quise hacer una confrontación entre estos dos personajes, basada en un hecho histórico: Nezahualcóyotl, aliado con Moctezuma, finalmente recuperó el reino de su padre, y entonces Tlacaélel, que era el consejero supremo de los mexicas y a quien el tlatoani Itzcóatl le había delegado una enorme cuota de poder, exigió que se librara una guerra ficticia entre ambos reinos en la que ganaran los mexicas, para que ante los ojos de todo el mundo quedaran como el reino más fuerte. Esto fue una humillación, un golpe muy duro al honor militar de Nezahualcóyotl. Y todos los historiadores coinciden en que tuvo que aceptarlo a regañadientes. Entonces me surgió la pregunta: ¿Por qué si él había sido un aliado leal de los mexicas, le dieron este castigo tan severo? Y de ahí salió la intriga palaciega donde me permití todas las libertades de la ficción para crearla y desembocar en esa exigencia de Tlacaélel.
¿Por qué es tan crucial la iniciativa religiosa de Tlacaélel al momento de intentar comprender la historia prehispánica del Valle de Anáhuac?
Bueno, porque creó un ejército de fanáticos que tenían que estar en una expansión constante de sus dominios, justamente por la obligación de llevarle lo que llamaban “la tortillita” a Huitzilopochtli, que eran los cuerpos de los prisioneros. Entonces, claro, como tenían que abastecer de sangre humana al dios, tenían que extender sus dominios. Por supuesto que esto también tenía una motivación política y económica. Hay gente que cree que como esto tenía una justificación religiosa, debe de merecernos respeto y veneración, pero yo creo que había intenciones políticas. El culto a Huitzilopochtli es algo demasiado humano, como diría Nietzsche; servía a un propósito político de dominación. Así es como lo enfoco en mi novela.

En cuanto a los personajes femeninos, llama la atención que humaniza al personaje de la diosa Chimalma como media hermana de Nezahualcóyotl. ¿Por qué toma esa decisión?
Quise que hubiera un contrapeso para el dominio de la egolatría masculina que había en la vida social, en la familia y en todos los rituales del poder.
Por eso introduje a dos personajes femeninos que son mujeres valientes y talentosas: Chimalma y Quilaztli, que además son amantes, porque son lesbianas al principio de mi novela, aunque más bien Chimalma es bisexual. Entonces, ellas me servían para contrarrestar, pero también para mostrar, en el caso de Quilaztli, el mundo de la marginalidad.
Quilaztli es una esclava lesbiana que, al recuperar su libertad, incursiona en la brujería y luego en la prostitución, de modo que ella muestra cómo era el subsuelo de esa sociedad. Y los personajes marginales, a pesar de que sufren, también tienen cierta libertad; necesitaba que fueran personajes libres, algo bastante difícil de encontrar en aquella época, porque había un determinismo muy fuerte que pesaba sobre casi toda la población. Un macehual (plebeyo), un mayeque (jornalero), un comerciante o alguien de la casta sacerdotal, tenían que seguir un libreto social muy rígido donde no podían apartarse en lo absoluto; había un sistema comunitario de valores que pesaba sobre todos ellos.
Yo quería personajes libres, personajes que pudieran tomar decisiones y su propio destino. En el caso de los aristócratas, de los nobles como Tlacaélel o Nezahualcóyotl, eso era relativamente sencillo. En el caso de las mujeres, están en este mundo de la marginalidad. Y Chimalma es un personaje como de bisagra, porque es media hermana de Nezahualcóyotl, la educaron en el palacio de Texcoco, donde en ese momento había la mejor educación del Valle de México; era la Atenas de aquel mundo. Entonces ella tiene varios talentos: es tlacuila, es poeta, hace bordados a mano muy hermosos, etcétera. Y por azares de la vida, sufre una violación colectiva en la guerra en la que su padre pierde el reino; cae en los brazos de Quilaztli, de modo que conoce tanto la cima como el subsuelo de la sociedad.

Es la primera vez que usted escribe una novela de personajes que en su respectiva época no hablaban español. ¿Cómo realiza este encuentro de la antigua lengua náhuatl con el español que actualmente se habla en México, tan lleno de nahuatlismos?
Hay ya una convención de la novela histórica universal: que los personajes hablen el idioma del escritor, aunque en la vida real hayan hablado otras lenguas. Por ejemplo, está el caso de Yo, Claudio, de Robert Graves, donde los personajes del Imperio romano hablan en inglés, o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, donde los personajes del Imperio romano hablan en francés. Entonces, digamos que mi novela es un experimento parecido.
Pero es diferente porque, en este caso, el español contemporáneo y el náhuatl no son lenguas totalmente divorciadas; se han fecundado mutuamente desde hace 500 años. Traté de que mis personajes se expresaran con naturalidad en una lengua, en un español emparentado con el náhuatl, subrayando la enorme cantidad de palabras del náhuatl que han pasado a nuestro léxico de todos los días. Por ahí fue más o menos este experimento que también incluye muchas palabras en náhuatl, pero trato de que queden explicadas por medio del contexto para no obligar a los lectores a irse a un diccionario.

¿Qué paralelismos encuentra entre el mundo prehispánico narrado en El dios hambrientoy el México contemporáneo?
Hay uno importante: en aquel tiempo, la mayor fuente de ingresos para el Imperio mexica era el cobro de tributos a los pueblos conquistados, y en la actualidad, cuando un cártel se apodera de una región y tiene en su nómina al jefe militar de la plaza, al gobernador —como desgraciadamente ocurre casi en la tercera parte de nuestro territorio—, estos cárteles no se conforman solo con el tráfico de drogas y también practican la extorsión, el cobro de piso a comerciantes, a transportistas, a agricultores, y esta es una herencia que viene desde los tiempos prehispánicos, donde ya existía ese modelo de dominación.
Había comparado también el caso de los mexicas con la ruptura que ocurrió entre los Zetas y el Cártel del Golfo...
Sí, porque en el caso de los Zetas, ellos eran exmilitares, fueron contratados por el Cártel del Golfo digamos que para hacerles el trabajo sucio; eran los sicarios de ese cártel. Y en un momento dado se dieron cuenta de que, bueno, si ellos tenían la fuerza, ¿por qué no se independizaban y eliminaban a las autoridades del cártel? Algo muy parecido pasó con los mexicas: eran mercenarios al servicio de los tepanecas de Azcapotzalco. A cambio de sus servicios en las guerras, se llevaban una tajada de los botines y lograron colocar a varios mexicas en algunos señoríos como Iztapalapa y algunos más. De modo que así empezaron a adquirir fuerza. En algún momento se dieron cuenta de que por qué iban a seguir sirviendo al emperador Tezozómoc si ellos ya eran lo suficientemente fuertes como para crear un imperio propio.

¿Qué fuerza tiene la ficción al momento de tratar de difundir la historia?
La ficción tiene la ventaja de que puede elucubrar las almas de los personajes; se puede meter en sus pensamientos y eso te permite calar más hondo en sus motivaciones y crear personajes más redondos, más profundos. Esa creo que es la principal herramienta de la novela; la hace un género más cautivador que los libros de historia, que luego resultan bastante áridos. v

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