Estrella de dos puntas: crónica de una amistad
Octavio Paz y Carlos Fuentes son dos de las figuras más importantes de la literatura mexicana. Protagonistas de la segunda mitad del siglo XX, no sólo en el ámbito cultural, sino en el político y social, cultivaron una amistad de más de treinta años, hasta que la relación se rompió por diferencias tan comentadas como, aún hoy, poco claras. Esta historia de amistad y ruptura es la que eligeMalva Flores para contarnos en su extensa y bien documentada crónica Estrella de dos puntas, publicada en 2020 por Editorial Ariel y acreedora de los Premios Xavier Villaurrutia y Mazatlán de Literatura el año siguiente.
LA AUTORA
Malva Flores es una escritora prolífica. Ha publicado, entre muchos otros, los libros Estrella de dos puntas. Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad (Editorial Ariel, 2020), Sombras en el campus [Notas sobre literatura, crítica y academia] (Bonilla Artigas, 2020), A ingrata línea quebrada (dos cuentos) (Literal Publishing, 2019), Galápagos (Era, 2016), La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesía y poetas de hoy (Literal Publishing / Conaculta, 2014), Aparece un instante, Nevermore (Bonobos/UNAM,2012), Viaje de vuelta (Fondo de Cultura Económica, 2011), Luz de la materia (Era, 2010), Passage of the Tree (Literal Publishing, 2006), Malparaíso (Eldorado, 2003), Casa nómada (Joaquín Mortiz, 1999), Ladera de las cosas vivas (CNCA, 1997) y Pasión de caza (Gob. del Estado de Jalisco, 1993).
Durante su carrera ha obtenido distintos reconocimientos, entre los que destacan el Premio Alfonso Reyes a Trayectoria Literaria, el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Mazatlán de Literatura, el Premio Nacional de Ensayo “José Revueltas”, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y el Premio de Poesía Joven “Elías Nandino”.

EL ENCUENTRO
Corría el año de 1950. Octavio Paz era un joven funcionario de la embajada de México en Francia y acababa de publicar dos libros que comenzaban a dar de qué hablar en los círculos literarios: El laberinto de la soledad y Libertad bajo palabra. Carlos Fuentes, por otro lado, tenía apenas veintiún años y todavía no publicaba nada, pero vivía ya a plenitud su vocación literaria, mientras dedicaba sus energías a reunir las experiencias que más tarde darían forma a sus obras.
El primer encuentro sucede en París, durante una tarde gris en la que Paz lleva a Fuentes a ver un cuadro de Marx Ernst en una galería de la Place Vendôme. La admiración de Fuentes por Paz es inmediata y, debido a la diferencia de edad (catorce años), lo asume como un modelo a seguir.
A pesar de la admiración mutua, las primeras tensiones no tardan en hacerse presentes. En 1958, Fuentes publica La región más transparente, una obra que aspiraba a captar la multiplicidad y el caos de una Ciudad de México que dejaba de ser la capital europeizada por la cual se podía caminar a todos lados, para transformarse en un monstruo informe e hinchado, en el que los senderos más diversos convergían y se desbordaban. En sus páginas aparecía Manuel Zamacona, personaje que fue interpretado por todos como un homenaje a Octavio Paz; por todos, menos por el propio Octavio, quien lo sintió más como una burla. Aunque Fuentes nunca admitió que el personaje estuviera basado en su amigo, la primera herida a la relación estaba hecha.

INTERMITENCIAS
Los años que siguieron fueron de una amistad intensa pero intermitente. Paz se refería a Carlos como un amigo “poco constante”, pero el cariño que se manifestaban el uno al otro era sólido.
Las cartas iban y venían; en ellas hablaban de literatura y de política, planeaban proyectos en conjunto —hacer una revista, sobre todo, era la obsesión de Octavio, y esto sería motivo de desencuentros con Fuentes en el futuro— e intercambiaban opiniones sobre las personalidades del medio que ambos conocían.
Llega el tumultuoso año de 1968. La relación se estrecha: ambos comparten el horror ante las acciones del gobierno de Díaz Ordaz. Lo que sigue es de sobra conocido: Octavio pone a disposición su puesto de embajador en la India. El caos en México continúa.Díaz Ordaz manda llamar a la hija de Octavio, Helena Paz Garro, y la conmina a que escriba una carta difamatoria en contra de su padre. Fuentes alerta a su amigo de lo que sucede en México. Son momentos oscuros, tanto políticos como personales.
Dos años después, Luis Echeverría llega a la presidencia, lo que será el detonante de las diferencias políticas entre los dos colegas. Octavio desconfía del nuevo presidente. Carlos, al principio escéptico, se deja convencer por el político. Bajo el lema “Echeverría o el fascismo” varios intelectuales, encabezados por Fuentes, le dan su respaldo. El entusiasmo del escritor pronto es recompensado con una embajada en Francia, a la que terminará renunciando un par de años más tarde en protesta al nombramiento de Díaz Ordaz como embajador en España. El gesto, sin embargo, no logrará nunca el peso simbólico que tuvo la renuncia de Octavio en el 68.

UN DISCURSO POLÉMICO Y UN ARTÍCULO INVENTADO
Las diferencias políticas no habrían sido nunca un motivo suficiente para que ambos personajes rompieran su amistad. Fueron, sin embargo, los gestos que acompañaron a dichas diferencias lo que puso fin a la relación.
Para Octavio, el agravio llegó en 1984, después de pronunciar un discurso en Frankfurt, en el que habló sobre la paz y la democracia como vía para el progreso en América Latina, refiriéndose en específico a Nicaragua, lo que provocó reacciones enardecidas entre la izquierda mexicana, quienes lo acusaron de mantener una postura servil con los Estados Unidos. Una horda de periodistas se pronunció en contra del poeta y académicos de distintas universidades firmaron un pliego condenando sus opiniones. Muchos amigos suyos lo defendieron, pero el silencio de uno lo sorprendió y le dolió especialmente: el de Carlos Fuentes.
Desde el punto de vista del novelista, podemoscitar como momento clave de la ruptura la publicación, en 1988, de un artículo firmado por Enrique Krauze, titulado La comedia mexicana de Carlos Fuentes, en el que el crítico e historiador desmenuza la obra del narrador, acusándolo de no conocer a fondo el país del que escribía. El texto fue publicado en Vuelta, la revista dirigida por Octavio, y Fuentes interpretó eso como una traición a la amistad.
CONCLUSIÓN
Octavio Paz y Carlos Fuentes fueron hombres complejos, de luces y de sombras, pero su contribución a las letras de nuestro país es fundamental: ambos son cimientos sobre los cuales se construye (a veces en contra) la literatura mexicana actual. El propio Fuentes decía: “Mi generación y la que me precedió inmediatamente […], todos hemos tenido una conciencia muy clara de que no somos la culminación de nada, sino el principio de algo”.
La reconciliación entre el narrador y el poeta nunca sucedió. Paz murió en 1998, víctima de un cáncer. En 2011, Fuentes perdió la conciencia mientras tomaba un baño y ya no despertó: había sufrido una hemorragia interna.
Durante años, el misterio alrededor de la ruptura entre estas dos figuras capitales ha sido tema de intenso debate. Desde hacía tiempo era necesario un documento serio y extenso, como este libro de Malva Flores, que iluminara las circunstancias en las que se desarrolló la amistad de estos hombres cuyo aliento sigue dando forma a la cultura en México.
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