Eventualidades
Hay momentos en que ya no sientes lo duro sino lo tupido. Me encanta ese dicho porque refleja perfectamente esa sensación de vulnerabilidad que te da comprobar que estamos sujetos a eventualidades y que el control no lo traemos nosotros.
Por más planeación que exista, por más objetivos que le queramos dar a nuestras vidas, siempre surge lo inesperado. En casa, por ejemplo, se te viene encima la avalancha de descomposturas; empiezas con algo sencillo y de pronto tienes que resolver tres o cuatro problemas que demandan atención a un mismo tiempo.
Y entonces tratas de explicarte por qué sucede lo que sucede. Cuando lo que hay reparar implica dinero, pues de una u otra forma sales del aprieto. Que si la lavadora, que si el refrigerador, que si el tanque de gas… En fin, son cosas que nos son imprescindibles para la calidad de vida, pero muchas veces sobredimensionamos el valor que tienen en nuestro devenir.
El domingo pasado hubo una falla en el servicio de internet; al proveedor se le cayó la señal. ¿Qué haces? Nada. Por más que lo reportamos regresó cuando alguien ajeno a nosotros intervino, a su tiempo, a su ritmo, con sus condiciones. Pasa lo mismo con las famosas interrupciones del servicio de CFE. No valen los reclamos, que son más que justificados porque contar con luz, agua o teléfono implica pagar, y hay mucho enojo cuando no recibes aquello por lo que puntualmente pagas. Pero seamos sinceros, ¿vale la pena enojarse? Estoy convencida de que no. Lo único que pasa es que, además de todos los inconvenientes, terminamos mal física y emocionalmente.
Nos desgastamos tanto porque provocamos un diálogo interno que nos roba la paz y empieza diciéndonos cosas como: ¿por qué me tiene que pasar esto a mí? Y en ese instante nos apropiamos del papel de víctima. ¿Pero víctima de qué o de quiénes? Responsabilizamos a la mala suerte, a los que no hacen bien su trabajo, a los que roban desde el servicio público, a los comerciantes que vendieron el producto que se descompuso, a los fabricantes que nos venden aparatos que no duran más que diez años cuando, en casa de nuestros padres, vimos pasar décadas con el mismo refrigerador. También culpamos a los políticos y, ¿por qué no?, a aquellos que buscamos para que resuelvan y nos quieren ver la cara. Todos pensamos en esos terribles victimarios que nos hacen la vida difícil.
Pero, además, vas haciendo cuentas de todo lo que significan las eventualidades y ves alejarse algunos planes que tenías. Pocos pueden hacer frente a todo a un mismo tiempo y por eso se incrementa más el enojo.
No queda más que aceptar que así es la vida. En tus cinco minutos de conciencia te dices con solemnidad: “Son cosas materiales”. En casa se acostumbra decir: “Más se perdió en la guerra”.
Cuando consigues serenarte y evaluar lo que sucede, te das cuenta que dentro de las eventualidades pudo darse una enfermedad, la pérdida de la confianza que tenías depositada en alguien, la angustia de un hijo, una pérdida de trabajo, la depresión de alguien querido, la desesperanza que se apoderó de ti, y ahí no hay manera de hacer válida una garantía. No hay dinero suficiente para comprar la salud, arreglar una amistad o recuperar la confianza. Hay un montón de circunstancias que se salen de nuestro control y de todos modos seguimos dando pelea a la vida.
Las eventualidades nos ponen a prueba. ¿Qué podemos hacer? En principio, si la tormenta no te deja ver, espera a que pase. No te precipites, no intentes arreglarlo todo. Mantén la calma, calibra tus emociones, evalúa lo que está sucediendo. A solas y en silencio piensa qué de lo que pasa puede esperar, qué de lo que sucede está bajo tu dominio, qué quieres hacer y qué puedes hacer.
¿Tienes la información suficiente para dar los primeros pasos y resolver lo que se te presenta?
Sé paciente, construye más de una respuesta para que tengas diversos caminos a seguir y, si puedes, pregúntate: ¿Qué me toca aprender? Y no, no se trata de racionalizar los malos momentos, se trata de asimilar las eventualidades de la vida.