Foto: Luis A. / @luisinsky_a
El paisaje urbano muchas veces está dado por sentado. No solemos observar los detalles, pero, sin darnos cuenta, se despliega ante nosotros una vida que acontece en las madrugadas, en la marginalidad, donde objetos olvidados y secretos se esconden entre paredes resquebrajadas. En ese plano se desarrolla la exploración urbana, abreviada como “urbex”, cuyo objetivo es llegar a los rincones de aquellos espacios que como sociedad hemos abandonado.
Julio B se adentró en este mundo al notar los lugares recónditos a los que lo hacía llegar su trabajo como Uber. Habiendo descubierto esta segunda ciudad, decidió explorarla. Comenzó a ingresar a edificios abandonados y a investigar sobre su historia, sobre qué los tiene en ese estado y, por añadidura, sobre las leyendas y sucesos paranormales que resguardan.
Julio transmite sus sesiones de urbex en vivo, a través del TikTok @mnoche666 y el canal de YouTube Después de Media Noche (DDMN). Ante los llamados que se publican en las respectivas redes sociales, los cibernautas se conectan para seguir en directo cada exploración. Este elemento es básico, no únicamente porque define el formato, sino porque al tener espectadores, Julio se protege de algunos posibles peligros. Las luces y celulares grabando pueden disuadir de alguna agresión. Además, quienes se encuentran alrededor se dan una idea de que el recién llegado no está en el lugar para molestar o para hacer algo indebido. Incluso ha sucedido que los lugareños se interesan por sus transmisiones, cuentan anécdotas y comparten leyendas urbanas. México, sin duda, es un país lleno de historias terroríficas que se visten de fantasía, una manera de procesar mejor lo más difícil de la vida cotidiana.
En internet, la urbex se ha vuelto un fenómeno que despierta una curiosidad y un miedo primitivos, cimentados en el vacío y lo liminal para desplegar una especie de película de terror real ante el espectador. El contexto de DDMN es muy distinto al de otros canales conocidos a nivel internacional, que buscan el atractivo visual y arquitectónico de los espacios abandonados. A diferencia de ellos, DDMN, que está en crecimiento, enmarca su actividad en la Comarca Lagunera, conformada por ciudades pequeñas que han sido asediadas por la violencia y cuyos edificios históricos han sido desatendidos, sepultando su valor patrimonial para dar paso a obras más modernas. Alrededor de 90 mil de un total de 410 mil inmuebles en Torreón se encuentran en abandono (Inventario de Viviendas, 2016).
Las exploraciones son peligrosas, pero cobran un sentido más amplio cuando cada registro puede significar la denuncia de un abandono injusto o, incluso, de casos de corrupción.

Sí, la posibilidad de captar sucesos paranormales es atractiva, pero en cada exploración también se develan otras cuestiones importantes de la vida citadina: qué ocurre con las personas que penden del delgado hilo de la marginalidad, cómo hacen su vida, qué comunidades forman, cómo se ocultan a simple vista, qué historias hemos decidido ignorar. La ciudad tiene una historia alterna que se sigue escribiendo sin que nos demos cuenta.
Los lugares abandonados, sobre todo aquellos diseñados para conglomerar mucha gente, como los centros comerciales, hospitales, fábricas o parques de diversión, ejercen una fascinación extraña cuando los vemos vacíos y en desuso. Para el sociólogo alemán Georg Simmel, el atractivo de una ruina proviene del paso indomable e impersonal de la naturaleza, y su imposición sobre la voluntad humana, elementos que juntos constituyen un vanitas en la vida real, una imagen potente sobre nuestra propia finitud. Hay una forma particular de belleza en estos espacios que nos recuerdan nuestra propia fragilidad; si algo tan aparentemente inamovible como un edificio puede perecer bajo el peso del tiempo, ¿qué nos espera a nosotros?
VISITA INESPERADA: UNA CIUDAD DE AUSENCIAS
Entre las dinámicas del canal Después de Media Noche está usar Randonáutica para descubrir lugares. Se trata de una aplicación que genera coordenadas aleatorias de GPS para enviar a los usuarios a sitios que han sido marcados como “anomalías”, es decir, que están abandonados o que tienen otras características inusuales. Esto lleva a espacios poco conocidos incluso por los lugareños.
En una ocasión, Julio siguió las coordenadas indicadas por Randonáutica. Lo que se encontró tocó fibras bastante más personales de lo habitual. Había llegado a una casa en la que vivía un antiguo compañero de cuando cursaba la preparatoria, alguien de quien él y Luis, un fotógrafo que ha documentado la trayectoria reciente del explorador, habían sido amigos durante la etapa universitaria, y que lamentablemente se había quitado la vida años después, alrededor del año 2020.
“¿Sabes a dónde me mandó el otro día Randonáutica? A la casa donde vivía Armando. Qué loco que me haya mandado allá”, le cuenta Julio a Luis, no sin mantener un halo de seriedad al respecto. “Este no es el mismo celular que tenía cuando lo conocimos, no tiene sentido que me mande ahí”. Según ambos amigos, no hay relación entre la información a la que pudo tener acceso el móvil actual de Julio con los lugares en que estuvo con Armando, por lo que llegar a esa ubicación fue una total coincidencia.

El encuentro con la casa de quien fuera su amigo ocurrió en vivo, dejando a Julio sorprendido. Tuvo que explicar a la audiencia su reacción. El suceso revivió un episodio complejo que lo hizo replantearse el significado y el valor de la vida, que trastocó una etapa crucial de su juventud. Es el tipo de acontecimientos que llevan a buscar historias que soporten el peso de la realidad, una realidad que muchas veces está marcada por las ausencias.
La hauntología o espectralidad se refiere a una presencia que está en el ambiente sin estar realmente. Mark Fisher, en Los fantasmas de mi vida (2013), la relaciona directamente con las promesas de futuros que no llegaron. Las historias, tanto de los edificios como de los habitantes de México y la Comarca Lagunera, están marcadas por aquellos planes y sueños que nunca se concretaron, por aquello que la sociedad y la clase política no pudieron enfrentar. Acontecimientos como la guerra contra el narcotráfico y las crisis económicas han dejado espacios enteros, como el centro de Torreón, con grandes abandonos, mientras sus habitantes mantienen ocupaciones alejadas de la vida que alguna vez imaginaron. Este contexto resuena con la audiencia de DDMN, que tal vez busca entre las ruinas lo que fue y lo que pudo ser de su propia ciudad.
“El propósito principal de urbex no es buscar fenómenos paranormales”, es uno de los principios que repite Julio, quien comparte con otros exploradores urbanos una filosofía que pretende conocer la historia detrás de cada sitio abandonado y demostrar que los sucesos paranormales son realmente eventualidades y no una parafernalia para adquirir audiencias. Con explicación o sin explicación paranormal, ocurren hechos enigmáticos en las expediciones. Quienes se dedican a esto coinciden en que, en los sitios en que ha sucedido algo terrible, se experimentan sensaciones de pesadumbre y cansancio, sea por sugestión o no.
“Cada vez que nosotros vamos a un panteón, siempre termino muy cansado. Como que te chupa la energía, no sé cómo explicarlo. Yo soy una persona que no se cansa rápido; al contrario, soy una persona muy activa”, agrega Luis, quien aclara que recorrer los lugares que visitan no requiere de un esfuerzo físico especial.
“Mucha gente confunde el urbex con lo paranormal y créeme que no es tanto paranormal. Sí hay cuestiones en las que… por ejemplo, lo del panteón o ir a una casa abandonada donde pasó un suceso lamentable, un asesinato, brujería y cosas así, pues sí llama más la atención. Pero como te digo, la gente pierde el objetivo principal”, señala Luis, quien comparte la idea de que, aunque no se pretenda encontrarse con lo paranormal, sí es algo que suele surgir. “Yo era escéptico, hasta que empecé a acompañar a Julio”, destaca el fotógrafo.

VISITA AL PANTEÓN NO. 2: LEYENDAS E ICONOCLASIA
México se relaciona de forma bastante cercana con sus fantasmas. Sus leyendas están impresas en la memoria colectiva de tal forma que es imposible ignorarlas. Los sucesos macabros, la nota roja y el sensacionalismo forman parte de ese interés que puede ser calificado como morboso. Quizás el común de la población mexicana, que atestigua los efectos de la precariedad y la violencia, se identifica por esa razón con sus fantasmas, figuras que están sin estar, que bordean la marginalidad.
En una visita al cementerio, el fotógrafo y el explorador pidieron permiso al velador del Panteón Municipal Número 2 en Torreón. El hombre los dejó pasar, pues los conocía y sabía que solo iban a explorar. Pero al parecer hay otras formas de ingresar al cementerio, ya que la cantidad de “intervenciones” —por decirlo de alguna manera— sobre las figuras religiosas es impresionante. El espacio, conforme más se adentraban, adquiría una apariencia mucho más adversa, en parte por el descuido, en parte por la terrible energía que se percibía, pues concentraba de forma notoria las malas intenciones de bastantes creyentes de la brujería.
Se podían encontrar numerosos círculos realizados con una sustancia extraña, gallinas negras muertas en bolsas, tumbas abiertas, olor a quemado y, en general, una concentración inusual de prácticas esotéricas. El camino era coronado por figuras religiosas a las que se les había removido la cabeza. Julio, que ya conocía el lugar, quería compartir con sus seguidores hallazgos que había hecho en una visita anterior: una cruz negra y una figura de Jesús a la que le habían pintado de negro los ojos.
A muchos católicos —y religiosos en general— les podría escandalizar el uso iconoclasta de símbolos sagrados, pero en la historia de la humanidad es común que la espiritualidad tome caminos considerados oscuros. Figuras como el diablo, el angelito negro o la Santa Muerte han adquirido popularidad en México debido a que prometen cambios repentinos en la realidad, realizan “favores” y, en general, poseen cualidades mágicas mucho más marcadas que las creencias hegemónicas. Las soluciones rápidas para causas difíciles se encuentran más fácilmente en los márgenes de los cultos religiosos, reflejo de la urgencia con que se vive precisamente en los márgenes de la sociedad.
Algo que sin duda llamó mi atención al ver esta transmisión fueron los ruidos que se colaban en las grabaciones: gruñidos parecidos a los de un vacuno; aunque sonaban cercanos al micrófono de la cámara, Luis y Julio no los escuchaban. A este fenómeno se le conoce como psicofonías, es decir, grabaciones que contienen voces, susurros o sonidos breves de origen desconocido. Su denominación se remonta al año 1959 y se cree que son de naturaleza paranormal. Sin embargo, la ciencia suele explicarlas como interferencias eléctricas, de ondas AM y FM, de señales Bluetooth o de Wi-Fi entre aparatos inalámbricos. La sugestión y la pareidolia auditiva, es decir, la tendencia a interpretar sonidos aleatorios como voces o como algo concreto, abona a asociarlas con lo sobrenatural.

Movido por la curiosidad, decidí acompañarlos en una exploración urbana que organizaron con otros tres creadores de contenido de la misma índole, entre ellos Eduardo, dueño de los canales @eddilechuga en TikTok y Ruta Paranormal TRC en YouTube.
VISITA A UNA ESCENA DEL CRIMEN: DEJAR VOLAR LA IMAGINACIÓN
Llego a las 10:30 a.m. Luis me recibe en su casa. El plan es ir a un vivero abandonado y, si queda tiempo, visitar una escuela abandonada.
A través de las calles oscuras de Lerdo llegamos al vivero, ubicado en la zona centro de la ciudad, en la esquina de Cuauhtémoc y Zaragoza. Al inicio no parece haber nada destacable, pero al poner atención nos encontramos con un detalle importante: una puerta lateral tiene sellos del departamento de homicidios del municipio. Nos encontramos en una zona que está siendo investigada y que, sin embargo, está totalmente descuidada.
Nos recibe el velador, un hombre de unos 60 años de edad, delgado y con una deformidad en las piernas que no le permite avanzar con normalidad. “Hola, hola. Vi que se acercaban como seis personas y dije ‘ah, caray’, pero ya vi que son ustedes [...] Van a ver que van a sacar bastante material de aquí”, dice amablemente y comienza a contar las múltiples leyendas del vivero.
En el lugar, de unos setecientos metros cuadrados, se encuentra un cuarto donde duerme el velador, un estacionamiento con varios autos abandonados y un taller cerrado con herramientas de carpintería. Al fondo del terreno hay una construcción con dos cuartos en ruinas y, lo más llamativo, un vivero lleno de plantas marchitas y con el techo caído. Los espacios presentan una acumulación importante de objetos antiguos y deteriorados, ropa y otros materiales cubiertos de polvo, algunos enterrados sin razón aparente. Todo parece dispuesto por una persona con algún padecimiento mental.
“Una quinceañera se ahorcó ahí en ese tronco”, cuenta el velador, “allá abajo, hay un túnel que conecta con una iglesia virreinal y allá se aparece un monje [...] Salen unas bolas de fuego porque aquí hay tesoros”. Sin embargo, al acercarnos a donde supuestamente estaba el túnel, descubrimos que no es sino la entrada a un baño. Esa primera mentira nos hace dudar de lo que dice.

Se avanza con dificultad porque la malla-sombra que cubre el vivero está caída y los caminos están bloqueados por restos de papel, macetas, tierra y basura. Conforme llegamos a una sala improvisada donde se encuentran una camioneta y dos sillones, un olor fuerte a putrefacción se impone. Al parecer —recordando la señalización por homicidio—, de ahí se había recogido el cuerpo de una persona. Colgados del techo hay unos huesos de animal, aparentemente un objeto ritualístico en medio de todos los demás objetos alrededor, entre los que se halla una muñeca.
Algunos de los compañeros dicen ver sombras. Yo escucho pasos entre las plantas, pero puede ser mera sugestión o alguna alimaña. Una silla cambia de posición cada que nos volvemos a encontrar con ella, pero tal vez sea por su propio peso o cualquier otro motivo. Fuera de eso, no hay más fenómenos en el lugar.
Los otros exploradores urbanos deciden irse a eso de la 1:00 de la mañana, pues uno de ellos está enfermo y comienza a sentir mareos. Nos quedamos Julio, Luis y yo, conviniendo hacer un último recorrido en el cuarto donde, según el velador, había ocurrido un suicidio.
La construcción, a diferencia de las otras, mantiene sus cuatro paredes y está en obra gris, con una puerta improvisada fácil de cruzar. Dentro hay videocaseteras, partes de otros aparatos electrónicos y un sillón. Entre el mueble y la pared encontramos una lata de cerveza sin terminar, una pipa de crack y un encendedor, lo que enciende nuestras alarmas para movernos del lugar. Julio, que quiere completar la historia para su audiencia, decide entrevistar al velador.
“Oiga, mai, ¿de quién son esas cosas que están ahí?”, pregunta el explorador, a lo que el entrevistado responde: “Esas cosas son de la persona que falleció y yo se las estoy cuidando para que vengan los familiares y se las lleven”. “Pero si son de esa persona, ¿por qué hay ropa de niño?”, lo cuestiona Julio. En el terreno había llamado nuestra atención la presencia de prendas recientes de niño, niña y de mujer, además de juguetes.
Una mujer policía que está entre la audiencia de la transmisión asegura que el hombre miente. De este modo, lo dispuesto por la realidad es tomado por los espectadores para sacar sus propias conclusiones y, quizás, armar un relato de terror.
Posiblemente todo lo que encontramos ahí haya sido solo basura acumulada con los años, y las historias, salvo el fallecimiento, producto de una mente que da traspiés con la realidad.

VISITA A UNA ESCUELA ABANDONADA: RESIGNIFICAR EL ESPACIO
Son las 2:00 de la mañana del 20 de agosto. Salimos del vivero despidiéndonos del velador y acordamos trasladarnos a la escuela abandonada, ubicada a espaldas de la Unidad Deportiva de Lerdo, cerca del bulevar Miguel Alemán. Pocos autos pasan iluminando la vía y cortando el silencio. Avanzamos rápidamente para no ser vistos, ingresando por un barrote removido de la reja.
Es como un espacio negativo; mientras los alrededores, aunque silenciosos, están iluminados, en la escuela prima una oscuridad sobrecogedora; mientras los alrededores exhiben orden y tranquilidad, el patio central que pisamos nos sumerge en una dispersión de trozos de vidrio, polvo y hojas muertas.
“Tengan cuidado porque aquí sí podemos encontrarnos con vivos”, advierte Julio. Caminamos con cautela, no sin hacer ruido inevitable con los pies al apoyarnos sobre los finos trozos de cristal que cubren el suelo.
El antes jardín de niños ahora tiene un significado opuesto al que tenía cuando estaba en uso: hoy lo adornan grafitis, basura, dibujos obscenos, personajes de anime y mensajes entre lascivos y cómicos. Al parecer, de día es un paraíso adolescente. No hay odio ni insultos en las paredes, sino mensajes despreocupados; quizás es un espacio de libertad para jóvenes que están probando nuevos niveles de independencia.
Subimos las escaleras. “Alguien se asomó”, señala Luis en voz baja. Julio, caracterizado por la experiencia en este tipo de expediciones, dice en voz alta y firme: “Buenas noches, no venimos a molestar”, a lo que no obtenemos respuesta.
Con sigilo caminamos hacia un segundo edificio, construido como un duplicado del anterior, aunque más descuidado. Quienes ingresan aquí probablemente lo hacen para estar más lejos de la vista desde la calle.
Al subir las escaleras nos encontramos con tablas que bloquean la parte trasera de los salones. En uno de ellos hay una bebida alcohólica a la mitad y un encendedor sobre una estantería. Al remover una de las tablas, descubrimos algunas pertenencias y una bolsa de basura, señal de que alguien podría estar viviendo allí. Dejamos todo de vuelta como estaba.
“Puede que alguien esté aquí”, susurra Luis, “puede que en lo que caminamos de allá a acá, alguien se mueva para no encontrarnos”. Un golpe corta de tajo el silencio, pero basta una fracción de segundo para darnos cuenta de que el sonido lo había hecho una paloma. Como ese hay otros dos sustos provocados por aves al inspeccionar el jardín trasero del inmueble.

Al ver que no hay nada de gran interés para sus seguidores, Julio decide añadir una consulta espiritista a su transmisión. Julio abre Spiritbox Bips BCN, una aplicación que arroja, de manera rápida, frecuencias de AM y FM. Los creyentes de lo paranormal señalan que los espíritus pueden manipular las ondas y enviar mensajes a través de ellas, es decir, afirman que se puede establecer comunicación con ellos.
“¡Miren, miren!”, exclama Julio con emoción. Justo en el momento en que inicia la sesión espiritista, una puerta se cierra.
“¿Cómo te llamas? ¿Te hicieron algo? ¿Estás solo aquí?”, pregunta el explorador. Entre el ruido blanco no se escuchan muchas palabras, sin embargo, en algún momento se distingue la voz de un niño. Son las 3:00 de la mañana, hora que según la creencia popular destaca por su asociación demoníaca. De pronto, la spiritbox deja salir un susurro con una agresividad que no se había percibido antes. Los tres presentes entendemos claramente un “¡váyanse!”. Convenimos en salir del lugar de prisa, pero sin correr. “Vamos, pues. No nos quieren aquí: nos vamos”, dice Julio.
Dejamos el lugar para acercarnos al auto, detenernos fuera y despedir la transmisión, pero no podemos evitar tener un último sobresalto. Estando a pie de calle, los tres escuchamos dos pasos claros en el pavimento, para voltear y encontrarlo desierto. Entonces subimos al auto y, tras despedir a los espectadores de forma rápida, nos vamos.
Vistas desde fuera, las sesiones de urbex pueden parecer algo planeado para entretenimiento de los cibernautas. Sin embargo, además de ser escéptico y no religioso, mi labor periodística es advertir que todo ocurrió —no precisamente por causas sobrenaturales— y que DDMN no cuenta con equipo para realizar montajes.
HALLAZGO DE UN PRESUNTO CUERPO
Luego de aquella expedición regreso a la vida habitual, durmiendo las horas que me faltaban y habiendo satisfecho la curiosidad de ver de primera mano los sucesos extraños a los que los exploradores urbanos se enfrentan continuamente. Esa experiencia no tenía el objetivo de convertirse en este reportaje, pero un último hallazgo en DDMN me hace reflexionar más allá de lo paranormal.
El 3 de septiembre, Julio y Luis continúan con su actividad de urbex, ahora visitando un lugar más ambicioso: una hacienda abandonada en la zona centro de Lerdo que había sido utilizada, durante el periodo de más violencia en la Laguna, como casa de seguridad; básicamente, un lugar de tortura y secuestro donde los grupos criminales se reunían y realizaban algunas de las partes más escabrosas de su actividad. La exploración busca establecer comunicación con personas allí finadas y descubrir historias que puedan develar un poco más de la difícil realidad de la región en aquella época.

“¿Qué es esto, Luis?”, se alcanza a oír en la transmisión. “No sé”. “Güey, es un cuerpo, pendejo, es un cuerpo”. Entre la maleza, cerca de una pared craquelada por el tiempo, hay un bulto en forma de persona envuelto en plástico de emplaye; deja ver unas botas de combate y cabello. “Marca a la policía”, “cierra el live, cierra el live, cierra el live”, hablan ambos de forma desorganizada y visiblemente afectados. Dejan el lugar de inmediato y cortan la transmisión.
Avanzan hacia el lecho seco del río Nazas y se detienen para hablar con un policía sobre lo ocurrido, según relata Luis al día siguiente. El agente les pregunta qué hacían en el lugar, a lo que responden de forma honesta.
Un periódico del estado de Durango contacta al fotógrafo para hacerle una entrevista sobre lo sucedido, misma que no se publica. De hecho, solo se publica una nota al respecto, en la que se dice que el supuesto cuerpo se trataba de una “broma” y se sugiere que fueron los exploradores quienes la hicieron. “En el sitio localizaron una máscara envuelta en plástico, un ave muerta y otros objetos que simulaban ser restos humanos”, se lee.
En una transmisión posterior de DDMN se explica lo que se vio en el lugar, aclarando que la versión publicada podría tener varias inconsistencias. “Yo sé lo que vi, él también sabe lo que vio”, asegura Luis.
Lo que comenzó como una exploración en busca de leyendas se convirtió en una muestra de lo que ocurre constantemente en nuestro país, recordándonos que más allá de cualquier historia paranormal, México puede ser un lugar adverso que supera con creces lo fantástico.
El verdadero terror es saber que, aunque no nos demos cuenta, siguen ocurriendo hechos brutales que podríamos estar ignorando, que nuestro sueño podría estar descansando sobre una fosa común.
La hacienda convertida en casa de seguridad, el jardín de niños que hoy es un paraíso adolescente de grafitis y basura, el panteón intervenido por la brujería como último recurso de quienes no encuentran respuesta en los cultos hegemónicos: todos son restos de promesas incumplidas.
En la Comarca Lagunera, los fantasmas son lo de menos. Lo que realmente pesa al amanecer no son los entes paranormales, sino los sellos de homicidio en una puerta lateral, la pipa de crack junto a ropa de niño, los miles de inmuebles vacíos, las personas que se han ido de forma violenta. El abandono, a diferencia de los fantasmas, no necesita aparecerse: lleva años viviendo con nosotros.
Después de Media Noche camina entre el espectáculo y la denuncia, pero hace lo que puede: seguir mirando, porque la historia alterna de la ciudad se sigue escribiendo cada madrugada, entre paredes resquebrajadas que nadie ha querido leer.