En 2026, la radicalización no hará sino exacerbarse, mientras la IA se convertirá en parte central de nuestra existencia.
Los humanos somos muy malos para predecir el porvenir, aunque seamos la especie que mejor lo hace: las ochenta y seis mil millones de neuronas de nuestro neocórtex evolucionaron justo para eso. Con la ayuda de los sistemas algorítmicos que hemos perfeccionado en estos años, esos escenarios se vuelven un poco más sólidos. Solo que vivimos en sistemas complejos -el primero: nosotros mismos- con una sola regla: las tendencias del pasado jamás pueden usarse, sin más, para profetizar. Aun así, no dejamos de hacerlo: estamos programados para adelantarnos en el tiempo.
Si, a lo largo de 2025 la radicalización ha sido la norma, difícilmente esta tendencia desaparecerá en 2026. Sin apenas darnos cuenta, en los últimos veinte años hemos diseñado sociedades cada vez más fracturadas, en muchas ocasiones casi a la mitad: extremos que, en buena medida a causa de las redes sociales y su arquitectura pensada para la simplificación, el anonimato, la satisfacción personal instantánea y la frustración a largo plazo -en una lógica que fomenta la adicción-, no harán sino exacerbarse. Atestiguamos el regreso a una era teológica, en la que cada cual toma sus propias convicciones -sobre todo políticas- como un dogma o una revelación: verdades absolutas que, incluso frente a los hechos o las pruebas que las desmienten, nos obstinamos en creer a toda costa.
El auge de la ultraderecha en casi todas partes obedece a este principio: la invención viral de una causa identificable para el malestar presente -los migrantes, la globalización, las élites- y la adopción de mentiras o medias verdades para defender la Causa: la vuelta a un pasado glorioso, la erradicación de los enemigos. En 2026, su eficacia volverá a estar a prueba en donde, irremediablemente, más importa: en las elecciones legislativas estadounidenses del próximo otoño. En ellas volverá a decidirse no solo la viabilidad del modelo trumpista, sino de su expansión global. Por ahora, las tendencias apuntan a una suerte de empate técnico, con probabilidades de que los republicanos conserven el Congreso y los demócratas consigan el Senado, en los ambos casos con márgenes mínimos.
Si este fuera el caso, no resulta tranquilizador que la Cámara alta pueda bloquear las iniciativas más radicales de Trump, porque probablemente estimulará su lado más autoritario, que buscará por todos los medios escapar a cualquier control. Entretanto, sus émulos de seguro seguirán creciendo en Alemania, España o América Latina: una ola que, tras los resultados recientes en Chile y las tendencias observables para las presidenciales de Colombia del mes de mayo, tiene todos los visos de salir reforzada.
Respecto a los cruentos conflictos que seguimos acarreando, lo más probable es que tanto en Ucrania como en Gaza apenas cambien las cosas: con acuerdos o sin ellos, una estabilización de los frentes, violencia continua, aunque de menor intensidad, y la prolongación del sufrimiento de los más débiles. China, entretanto, deberá lidiar con un crecimiento ralentizado en tanto se concentra en la autosuficiencia tecnológica que la convertirá en el único rival auténtico de Estados Unidos. En una suerte de nueva guerra fría tecnológica, los dos contendientes buscarán con desesperación la primacía en nuestra nueva sociedad tecnofeudal -como la llama Yanis Varoufakis-, con sus mecanismos de vigilancia, supervisión y control llevados al límite con la IA.
Aun así, el cambio más abrupto -porque ya está entre nosotros- será el que experimentarán justo estos sistemas predictivos: los chats de inteligencia artificial que pasarán a convertirse en agentes o asistentes individualizados y a gestionar cada vez más aspectos de nuestra vida cotidiana. Todas las áreas de la sociedad quedarán marcadas por su integración con los sistemas de IA que, con la misma lógica extractiva y comercial de las redes, desarrollan a toda velocidad las grandes empresas tecnológicas. De ser una novedad amada o detestada, la IA se convertirá, en 2026, en parte central de nuestra existencia, acentuando aún más la desigualdad. Así, mientras los extremos ganan terreno y se acentúan, la promesa es que nunca más volveremos a estar solos.