Falsa soberanía
A últimas fechas, el gobierno y su partido político, Morena, han adoptado la bandera de la soberanía. Tildaron a Maru Campos, la gobernadora panista de Chihuahua, de traidora a la patria por supuestamente haber permitido la participación de dos agentes de la CIA en un operativo contra un narcolaboratorio.
También afirmaron defender la soberanía nacional cuando rechazaron las acusaciones que el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó contra 10 funcionarios y legisladores morenistas de Sinaloa, incluyendo al gobernador Rubén Rocha Moya, muy cercano al expresidente Andrés Manuel López Obrador, y al senador Enrique Inzunza.
Además, acusaron de injerencia al Departamento de Estado de la Unión Americana por revocar la visa de Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, hijo de López Obrador y exsecretario de Organización de Morena. Tras este retiro de visa, tanto los gobernadores de Morena como el propio partido oficial emitieron sendos comunicados en defensa de la soberanía nacional.
Entiendo la estrategia. La defensa de la soberanía nacional frente a las injerencias extranjeras suena como algo patriótico y puede lograr apoyos políticos y votos. Lo que busca un gobierno siempre son los apoyos políticos y lo que quiere un partido es el poder que surge de ganar elecciones. El problema, sin embargo, es que el concepto de soberanía que usan el gobierno mexicano y Morena no tiene verdadero sustento.
Soberanía es la capacidad de un Estado para tomar sus propias decisiones. La independencia no la garantiza. Algunos países independientes son dominados por potencias extranjeras que toman decisiones por ellos. La capacidad para tomar estas decisiones depende de las circunstancias de cada nación, pero la historia sugiere que la fortaleza económica es uno de los factores fundamentales para preservar esa autonomía.
México es un país soberano en muchos aspectos, pero en otros la debilidad económica se ha convertido en fuente de fragilidad. En 1750, el producto per cápita de las colonias británicas de Norteamérica era de entre 500 y 600 dólares internacionales de 1990; la Nueva España, con cifras de entre 700 y 800 dólares, era más rica. Para 1820, Estados Unidos ya había despuntado y tenía un PIB per cápita de mil 257 dólares, mientras que la Nueva España se había quedado atrás con 760 dólares. El estadounidense promedio era el doble de rico que el novohispano. En 2025, el PIB per cápita de nuestro vecino del norte alcanzó los 90 mil 26 dólares corrientes contra solo 13 mil 889 de México. El estadounidense es hoy casi siete veces más rico que el mexicano promedio.
La riqueza, tan despreciada por nuestros políticos —aunque en lo personal se enriquezcan sin medida—, es la base de la fortaleza y por lo tanto de la soberanía. Si una nación es siete veces más rica que otra, tendrá siete veces más la capacidad de derrotar amenazas externas y garantizar su capacidad de tomar decisiones sin interferencias externas.
La economía mexicana, sin embargo, ha dejado de crecer desde hace tiempo. Entre 1982 y 2018 la tasa de expansión fue de sólo dos por ciento anual. López Obrador prometió que por lo menos duplicaría este ritmo, pero lo bajó a 0.9 por ciento. En los dos primeros años de Claudia Sheinbaum el crecimiento se ha reducido incluso más, a 0.8 por ciento.
Sin crecimiento no puede haber fortaleza económica. Más que preocuparse de nimiedades, como saber por qué Washington le quitó la visa a Andy, tenemos que construir una economía más próspera para fortalecer nuestra soberanía.