Cada martes se vive el ambiente fayuquero en la colonia Nueva Rosita en Torreón.
Es martes y los amantes de los artículos de segunda mano lo saben. Es martes, día en que la colonia Nueva Rosita en Torreón se convierte en un aparador urbano que oferta, en su mayoría, ropa proveniente del gabacho.
Desde hace poco más de 40 años, en la zona se sembró la semilla de la que tiempo después floreció el tianguis más emblemático de La Laguna.
Aunque existe una disputa en cuanto cuál es el más antigua de la región, si esta fayuca, o la que se ubica en la colonia Vicente Guerrero, según los mismos comerciantes, la diferencia permea en que la segunda quizá sí fue la primera, pero que en aquel sector sólo se vendían electrodomésticos usados, es la primera, aseguran, donde arranca la verdadera tradición fayuquera de la Comarca Lagunera.
Por eso, cada martes, desde hace más de cuatro décadas, la colonia Nueva Rosita despierta con vocación de tianguis. Sus calles se transforman en un enorme mercado al aire libre, donde entre lonas, cajas y montones de ropa aparecen objetos para todos los gustos y bolsillos.

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Aquí, casi nada es imposible de encontrar: basta con caminar, buscar y tener un poco de suerte para descubrir aquello que alguien más ya no quiso, pero que para otro puede convertirse en un verdadero hallazgo.
Con la intención de rescatar algunas de las voces que cada semana le dan vida a este tradicional espacio popular, este diario realizó un recorrido por los pasillos que, según un dato del departamento de Plazas y Mercados, cada semana reúnen a más de 400 locatarios.
“ME GUSTA MUCHO SER FAYUQUERA”
Apenas unos metros después del monumento a Miguel Hidalgo que se ubica sobre la calle Múzquiz, ahí está ella. Sombrero café claro, blusa azul marino con lunares blancos. Encontrarla fue un hallazgo, se llama Teresa Martínez Maciel, tiene 83 años, y relata, fue una de las comerciantes que iniciaron.
“Yo soy iniciadora”. Recuerda que cuando comenzó, el comercio ocupaba apenas una cuadra, cerca de una guardería. “Empezó muy poquita gente, nada más lo que era una cuadra; ya luego se fueron poniendo y poniendo, hasta llegar hasta acá. Ahorita ya hay vendedores por todos lados”.

Teresa quería ser comerciante desde niña. Primero vendía ropa nueva de casa en casa, hasta que una mujer le propuso que reuniera todo el dinero que pudiera para llevarla a comprar mercancía a El Paso, Texas, para que después la vendiera en un lugar establecido.
“Empecé a traer dos maletas de ropa, luego más y más. Después ya compré calzado. Lo traía yo del Paso, Texas, ya después compraba en Laredo”.
El negocio creció y con él su familia. Sus siete hijos aprendieron el oficio desde que eran pequeños.

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“A todos los mantuve con este oficio, a todos. A algunos les di estudio; el que quiso estudió y el que no, pues siempre agarró el trabajo de la fayuca”.
Cada martes sale de la colonia Abastos y llega a La Rosita alrededor de las siete de la mañana. Se retira entre las tres y tres y media. A sus 83 años, no piensa dejar el puesto.
“No me acostumbro a estar yo en la casa sin hacer nada. Me gusta mucho ser fayuquera, es mi trabajo”.
En sus recuerdos deambulan aquellos tiempos de oro, cuando lo que traía del otro lado, apenas al tocar tierra lagunera se le vendía como pan caliente. Ahora cada martes ruega para que le caigan los clientes.
“Antes se vendía más, ahorita no es ni la mitad de lo que vendíamos anteriormente”, cuenta. La razón, manifiesta, es que ahora hay más personas dedicándose a lo mismo.
Aun así, ella sigue viajando a buscar la mejor mercancía.
“Tenemos ropa muy buena, todo americano. Traemos lo mejorcito que podemos para la gente a precios muy bajos”.
Cada semana paga 37 pesos por el lugar que ocupa y mantiene una certeza: “No me rindo. Aquí está toda mi familia, la fayuca ya es parte de mi vida”.
CRECER ENTRE MONTONES DE ROPA DE SEGUNDA
En ese entramado de productos de segunda mano, también se cruzan historias como la de Edu Rojas, quien lleva 15 años en el oficio que aprendió gracias a sus padres.
“Nacimos en esto, trabajando, y pues aquí seguimos”, expresa el hombre de temple cálido que luce una mariconera cruzada en el pecho.
Su familia recorre distintas fayucas de Torreón. Para Edu, más que un trabajo, se trata de una tradición familiar.

Su puesto ofrece ropa de hombre y mujer, con prendas desde 10 pesos y otras hasta 200, dependiendo de la pieza. Tiene cuatro hijos y, aunque ellos conocen el oficio, espera que tengan otras oportunidades.

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Mientras tanto, la fayuca le permite mantener a su familia. “De aquí sale para todo, bendito Dios”. Y lanza una invitación a quien todavía no conoce el ambiente: “Los invito a que vengan a la fayuca a comprar”, dice mientras cobra una prenda y se mete el billete en la mariconera negra que se mantiene sujeta a su pecho.
SE CONFORMAN CON SACAR EL CHIVO
Es esta fayuca hay todo tipo de puestos, desde los que abarcan hasta cuatro o cinco mesas largas repletas de todo tipo de ropa, hasta lo que con mucho esfuerzo se tienden apenas sobre el concreto a ofrecer lo poco que poseen
En ese segundo grupo se ubica Elvia Olmos, de 86 años, quien comparte a este diario que cuando comenzó era muy joven. Recuerda que al principio eran apenas unas ocho mujeres.

Hoy sigue llegando cada martes a las siete de la mañana. “Me encanta ser fayuquera”, dice. Tiene ocho hijos y asegura que con este negocio logró salir adelante. Vende huaraches, zapatos usados, calcetines y pantalones.
“Con eso aunque sea para comer sacamos”.
Muy cerca del puesto de ella se instala José Pérez, quien lleva siete años vendiendo. Llegó al comercio después de quedarse sin trabajo. “Tengo 52 años. Me quedé sin trabajo, soy de aquí por el sector”.
“Ahorita está bien solo, estamos casi llorando”, revela.
Pese a la poca venta, mantiene el puesto y ofrece de todo a quien se le acerque: “Aquí estamos a la orden. Los invitamos a que vengan y consuman algo: una pala, un juguete, unas botas o unos tenis viejos”.
LA COMPETENCIA SE INTENSIFICA
La necesidad aparece una y otra vez entre quienes ocupan las calles. Guadalupe, con más de 30 años en la fayuca, recuerda que antes vendía en Jacarandas y que la expansión de estos mercados terminó repartiendo a los compradores.
“Es que ya hay muchas fayucas, por eso ha bajado mucho la venta. Antes se concentraba en un solo lugar, pero ahorita ya se ha dividido mucho la venta”.
Para ella, el comercio ambulante fue una salida ante la falta de oportunidades.

“Aquí (en la colonia Nueva Rosita) salieron a vender por la necesidad. Desafortunadamente, en México ya nada más tienen cierta edad, ya no los ocupan, entonces lo que le llaman comercio ambulante se volvió una manera de sobrevivir”.
“Desgraciadamente no tuvimos opción de un trabajo remunerado y esto fue lo que nos dio la vida. Y luego una es madre soltera y tiene que sacar a sus hijos adelante de la manera que sea”.
Por eso, incluso cuando vende poco, permanece: “El trabajo da vida. A lo mejor me llevo poca venta, pero a mí me distrae, me da unos cuantos pesos y yo sigo aquí en la lucha”.
UN OFICIO QUE SE HEREDA
La memoria de la Fayuca de La Rosita también se cuenta a través de las familias que llevan generaciones en sus calles. Una comerciante que no compartió su nombre, confirmó lo que ya había comentado doña Elvia: este modo de comercio arrancó por iniciativa femenina en una cuadra dentro de la colonia.
En sus recuerdos aparece María de los Ángeles, conocida como La Mulata, quien llegó con sus hijos cuando eran pequeños y ayudó a que la zona creciera.
Pero también recuerda a un hombre que vendía juguetes y al que los vecinos apodaron “Chácharas y mugreros”, por vender juguetes viejos y haciendo un guiño al popular comercio que se llamó “Chácharas y juguetes” que se ubicó entre la calle Rodríguez y Avenida Morelos.

“Donde ahorita están los tacos Diego, ahí empezó la fayuca”, aseguró la comerciante.
Después llegaron más familias. La cuadra se extendió hacia el bulevar y luego por las calles hasta convertirse en el tianguis actual.
Su propia madre, ya fallecida llamada Josefina, había comenzado vendiendo lo que ya no utilizaban en casa. Eran tiempos de pobreza y la ropa que dejaban los hijos se convertía en mercancía. Años después, tras un matrimonio fallido, ella retornó al oficio.
“Me dejó el hombre, y de aquí me he mantenido. Ya tengo como 30 años dedicándome al 100 por ciento a la fayuca”.

Al preguntarle qué significa esta fayuca para ella, la mujer de 70 años expresa: “Significa mucho, porque de aquí pude mantener a mis hijos”.
Tiene salditos, ropa que le regalan amigas y antiguas patronas y, con esa mercancía, mantiene su puesto. Su invitación también es una reivindicación de la historia del lugar: “Que vengan a la fayuca, a la primera fayuca que vendió ropa en Torreón”.
LA HISTORIA DE LA MULATA
Valeria González Medellín habla de su abuela, quien, según la historia familiar, comenzó a vender desde los 10 años en ranchitos cercanos. Cuando las fayucas llegaron a Torreón, se instaló en La Rosita.
Su abuela es María de los Ángeles, La Mulata. Tuvo siete hijos y el oficio se extendió entre ellos.
“Todos mis tíos se dedican a vender fayuca. Todos los hijos siguieron a La Mulata, hasta nosotros, los nietos”.
La pandemia modificó su manera de vender. Cuando en 2020 cerraron los tianguis, la madre de Valeria, hija de La Mulata, comenzó a ofrecer la mercancía afuera de su casa. Desde entonces vende ahí de martes a sábado.
Valeria también decidió dedicarse por completo a este tipo de comercio.

“Este oficio es algo muy bonito, porque yo igual agarré la fayuca por completo”.
En su familia, además, existe una cadena propia de abastecimiento. Su abuela vende ropa, pero también les surte las pacas con las que trabajan.
“Ella aparte de vender ropa, ella es nuestra proveedora”.
Así, entre pacas, saldos, ropa americana, juguetes, herramientas, zapatos usados y objetos que alguien más dejó de usar, La Rosita entreteje una historia que no cabe únicamente en la etiqueta de “tianguis”.

Es la historia de mujeres que comenzaron con unas cuantas prendas, de hombres que llegaron después de perder un empleo, de madres que encontraron en un puesto la manera de sostener a sus hijos y de familias enteras que aprendieron a comprar, transportar, acomodar y vender mercancía como parte de una herencia.
EL OFICIO PERMANECE
Para algunos, la venta alcanzará apenas para comer. Para otros, será el ingreso que sostenga una casa. Para quienes llevan décadas, será una jornada más de una vida entera.
Lo cierto es que el comercio de segunda mano se convirtió en una forma de vida y La Fayuca La Rosita quedará inscrita en la memoria de quienes la han explorado un martes bajo el cielo soleado de La Laguna.