Felipe Leal en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2025. Imagen: El Colegio Nacional
Apenas era un estudiante de arquitectura cuando a finales de 1977 el arquitecto mexicano Felipe Leal se dirigió al número 88 de la calle de Jardín, en la colonia San Ángel Inn, a espaldas de la antigua Hacienda de Goicoechea, en Ciudad de México. Caminó por el empedrado, tocó la puerta. Un hombre salió a recibirlo: Juan O’Gorman. Lo invitó a pasar. Al joven Leal le sorprendió su sencillez. El motivo de su visita era conversar con el también arquitecto y artista para un trabajo escolar. Se sentaron. Hablaron.
“En ese momento era, y lo sigo siendo, un admirador de la arquitectura moderna. A mí me gustaba mucho el estudio de Diego Rivera y de Frida Kahlo que hizo O’Gorman. Entonces, para mí, tener esa conversación con él sobre la arquitectura moderna, funcionalista, sobre el arte, porque mi trabajo arquitectónico siempre ha estado vinculado con la pintura (en algún momento yo también pinté, fui artista visual)… me interesaba la personalidad de un pintor-arquitecto, de un hombre interesado por la cultura”.
La transcripción de la entrevista estuvo extraviada por décadas entre los documentos personales de Felipe Leal. Ahí, en el silencio, la voz latente de Juan O’Gorman esperó el momento de volver a ser escuchada. Fue con motivo del 120 aniversario de su natalicio, conmemorado en julio de 2025, que Leal se dispuso a buscar aquel escrito. Acudió a su memoria y se tomó el tiempo necesario para dar con él. Hoy ese diálogo es publicado por El Colegio Nacional en el libro Conversación con Juan O’Gorman. Sus vociferaciones (2025), dentro de su colección Opúsculos.
“Juan O’Gorman me influenció porque, con el tiempo, tuve también la suerte de hacer estudios para pintores, como Vicente Rojo, Magali Lara, Carlos Aguirre, en fin. Me tocó hacer estudios para artistas y había una influencia de O’Gorman, porque yo había visto el estudio de Diego Rivera y de Frida Kahlo, y siempre me había impresionado mucho. Entonces, hay una influencia interesante, este binomio pintor-arquitecto, vivir en el sur de la Ciudad de México, en fin, muchas afinidades. Además, mi maestro de arquitectura, Max Cetto, era su compadre. Había un círculo de vínculos en torno a O’Gorman”.
El pasado 6 de diciembre, Felipe Leal presentó Conversación con Juan O’Gorman… en la trigésima novena edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En el evento estuvo acompañado por Arabella González Huezo, Jorge Méndez Blake y Tania Quirarte Solano. Se trata de un breve texto donde entrevistador y entrevistado abordan temas como el pensamiento de Le Corbusier, la arquitectura funcionalista, el realismo socialista, el salto de Juan O’Gorman desde la arquitectura hacia la pintura, así como el muralismo mexicano y sus tres grandes referentes: Diego Rivera, Jesús Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.
La siguiente entrevista para Siglo Nuevo, que comenzó con una charla amena en el estand de El Colegio Nacional, se trasladó a los pasillos de la feria al tiempo que Felipe Leal apresuraba el paso para llegar a tiempo a su presentación. El arquitecto se sumó a la corriente bulliciosa de personas y atravesó puestos de libros, pero no dejó de reflexionar sobre uno de los artistas mexicanos más importantes del siglo XX, quien le representa un abanico de saberes que debe agitarse en estos tiempos.
Juan O’Gorman construyó la Casa Estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo (1931-1932). Realizó pinturas como Autorretrato múltiple (1950) o La Ciudad de México (1949), y murales como el de la Biblioteca Central de la UNAM, en Ciudad de México, o La historia de Michoacán (1942) de la Biblioteca Pública Gertrudis Bocanegra, en Pátzcuaro. Su creación siempre estuvo marcada por la espacialidad y los rasgos libertarios afines a su pensamiento social.

Juan O’Gorman falleció el 18 de enero de 1982 en la Ciudad de México. Se suicidó en su casa-estudio, rodeado por su obra y colecciones de arte. Hombre libre de pensamiento y de decisiones. Leal coincide en que fue otro de sus actos de libertad, tal como la frase con la que O’Gorman cierra la conversación: “Puede usted hacer lo que quiera con lo que dije, publicarlo o lo que sea”.
En la primera pregunta, Juan O’Gorman le menciona dos frases de Le Corbusier. Me interesa la segunda: “La casa es una máquina para habitar”. ¿Qué tanto pudo influenciar esta frase en el pensamiento de O’Gorman?
Totalmente. Él lo reconoce. En el libro lo dice. Él estuvo impresionado por un texto de Le Corbusier que se llama “Hacia una nueva arquitectura”, en él cual la arquitectura tenía que ser más funcionalista, quitarse el oropel, el decorado; tenía que ser muy austera y resolver las necesidades humanas de una forma casi automática. Entonces, eso en Juan O’Gorman es clarísimo; toda su formación es así, funcionalista: el menor número de recursos para poder tener los mayores beneficios posibles.
¿Podría ahondar en el concepto del funcionalismo y cómo fue que lo vivió el maestro Juan O’Gorman?
Él fue uno de los pioneros, de los primeros que leyó a Le Corbusier con esto, e influenció a toda una generación, con otros arquitectos como Juan Legarreta, Álvaro Aburto, en fin, toda una serie de arquitectos que se quedaron fascinados con las ideas de Le Corbusier. Y las practicaron, fueron los pioneros del funcionalismo en México, de esta arquitectura más cúbica, de líneas rectas, muy austeras, con materiales aparentes que puedes ver… los tinacos, veías los tubos, los barandales los hacían con tubos de galvanizado de plomería. Aunque usaban materiales supuestamente muy precarios, la espacialidad era interesante; sí había una estética en eso. Ellos son los pioneros de la idea de una arquitectura moderna. Veníamos del siglo XIX, de la arquitectura porfirista y neocolonial. Ambas eran muy pesadas y esta era una arquitectura ligera, esbelta; el menor esfuerzo para tener el máximo rendimiento, eso era algo que tenía Juan O’Gorman metido. Y él fue un gran promotor, sin duda fue el pionero.
¿Algún edificio que haya visitado o habitado del maestro que le gustaría describir? ¿Cuál es la experiencia de estar en espacios diseñados por Juan O’Gorman?
Conozco muy bien la Casa-Estudio de Diego Rivera, la propia casa de Juan O’Gorman (donde muere en San Ángel, una casa también funcionalista de 1932), conozco la Casa Julio Castellanos (una casa para un pintor de la colonia Del Valle) y algunas de las escuelas, no se diga la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. Entonces, en esas casas, como la de Diego Rivera, es sorprendente, porque realmente, comparando el confort nuestro, están hechas para el trabajo; eran como espartanos. O’Gorman lo hace como una cosa más de publicidad, para llamar la atención, pero también lo hacía por convicción. O’Gorman tenía un estudio muy pequeño, era un hombre alto y corpulento, y vivía en una recamarita muy pequeña, en una cama individual; eran como espartanos. Si tú ves la casa de Diego Rivera también, su habitación, un hombre tan corpulento tenía una cama casi como de hospital, te sorprende, y un ropero pequeñísimo donde guardaba su ropa. Son casas que no son tanto del confort, son casas más bien que manifiestan una estética distinta, proponen, son como paradigmáticas, pero no precisamente en cuanto a su comodidad.

Usted también le pregunta por su paso de la arquitectura a las artes visuales. Él responde que dejó de construir porque no se consideraba un hombre de negocios, era más bien un artista. ¿Esto también responde a la sensibilidad que él tenía?
Exacto, era un hombre de una gran sensibilidad. Y cuando empieza a destinarle más tiempo a hacer números y cálculos, y tener que enfrentarse a los clientes… porque realmente la construcción es muy cruel, es difícil. Es difícil cumplir con los tiempos, porque dependes de otras personas. Es difícil, porque hay muchos problemas en la misma y generalmente los presupuestos se te disparan. Es difícil prever todo. Él se desgastó, porque era muy sensible. Y tenía unas habilidades… por fortuna sabía dibujar muy bien y pintar. Entonces, encontró otro reducto para decir: “Bueno, yo aquí sí tengo un elemento de dominio: mi pintura y mi trabajo. Eso depende de mí”. Pero la construcción depende de muchísimos factores: de los clientes, de los usuarios, de los proveedores, de los constructores; es muy desgastante. Entonces, él dijo que no quería terminar encerrado y que, en bien de su salud, prefería dedicarse a la pintura.
¿Cómo podemos observar sus ideas arquitectónicas en su pintura?
Su pintura es muy espacial. Es una pintura que tiene un conocimiento de la geometría y la tridimensionalidad. La arquitectura es tercera dimensión, es volumen. Y su pintura es tridimensional. Si tú ves Autorretrato múltiple (1950), él se retrata de tres formas. Se autorretrata de espaldas, pintándose, pero en un lado está el arquitecto de pie, vestido con su traje de tweed y su raqueta de tenis, y por el otro lado está el pintor, con su gorra de pintor. Siempre tenía esta dualidad. Es una pintura espacial. O en la vista de La Ciudad de México (1949), que está hecha desde el Monumento a la Revolución, también hay una profundidad de todos los planos: se ve el Monumento a Juárez, se ve la alameda, se ve la catedral. En él siempre está una visión tridimensional. Hay un pensamiento arquitectónico todo el tiempo en su pintura.
Otra de sus sorprendentes obras es Historia de Michoacán (1942), el mural que se encuentra al interior de la Biblioteca Gertrudis Bocanegra, en Pátzcuaro. Hay quien lo compara con El jardín de las delicias, de El Bosco. ¿Qué resalta de la filosofía visual de O’Gorman en este proyecto?
Lo que es interesante es que, como no religioso, como laico, hace un mural en una iglesia, en Pátzcuaro, y un homenaje a Gertrudis Bocanegra, a una mujer heroína, y hace toda una narrativa de la historia del estado de Michoacán… entonces, para él tiene doble sentido que en un templo, en lugar del altar para venerar, le rinde homenaje a una heroína, Gertrudis Bocanegra, y narra con una capacidad técnica impresionante, porque era una extraordinario pintor y dibujante, muy ilustrado además; todas las ilustraciones están fundamentadas. Tenía que aprender la historia de Michoacán… y no solamente, sino la iconografía, los rostros de las personas, cómo eran, el vestuario, las tradiciones. Todo eso es sorprendente. ¿A qué horas investigaba? Hoy, a una persona le puede llevar años hacer una investigación de esa naturaleza.
Al final de la conversación, ¿por qué le interesó a usted tocar el tema del muralismo y preguntarle a Juan O’Gorman por los tres grandes: Rivera, Orozco, Siqueiros?
Por su relación con Diego Rivera y porque de alguna forma él también era muralista. Él hace el mural más grande que hay en México, cuatro mil metros cuadrados, el de la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria, en la Ciudad de México. Ni Diego Rivera tiene un mural así. Ahora, en suma, Diego Rivera tiene más, pero en una pieza, el de O’Gorman es el mural de mayor extensión en la Ciudad de México. Entonces, como muralista le pregunto qué opina de los tres grandes y las opiniones son geniales. De Diego Rivera dice que hizo lo que se le dio la regalada gana, que era como Picasso, que le gustaba enamorar a las mujeres, pero que sí reconoce que le aprendió otras cosas y le aprendió el trazo y las técnicas. A Siqueiros lo detesta, no quería a Siqueiros para nada, le parecía un estanilista desde el punto de vista ideológico y su pintura le parecía abominable, decía que lo del Poliforum Nacional Siqueiros es como lanzar los fetos del quirófano de maternidad del Hospital General a los muros. Tenía estos juicios lapidarios, por eso llamo “vociferaciones” a parte del texto. Y a Orozco lo admira muchísimo. Se queda con Orozco; es el pintor que más admira, ahí se llena de elogios. Dice que cómo un hombre manco, miope, se subió a la cúpula del Hospicio Cabañas y pintó El hombre de fuego con la complejidad que significa pintar en una superficie curva. Él sabe, como buen arquitecto sí manejaba el espacio. Dice: “Es complicadísimo. ¿Cómo puedes representar eso en la curvatura y subirte con las limitaciones que tenía el propio Orozco?”.
Quiero preguntarle por una frase que Juan O’Gorman le comparte: “No se puede tener conciencia más que detrás de los fenómenos de la realidad”.
Él no se engaña. Es un hombre totalmente consecuente, sumamente racional y honesto intelectualmente. Cuando dice que se desmoronó todo el mundo socialista, tiene una desilusión precisamente de ese mundo que se desarrolló, y también en cuanto a los cuestionamientos que tú te puedes dar como persona. Desde mi punto de vista, habla de la honestidad intelectual y consciencia que lo caracterizaba.

¿Y estas ideas socialistas qué tanta influencia tuvieron en la obra de Juan O’Gorman?
Él dice: “¿Para qué hacer arquitecturas lujosas?”. Lo que había que hacer, en su idea progresista y socialista, era educar a la mayor parte de la población, darle las posibilidades de salir de la pobreza o lograr una equidad social. Él siempre luchó por una equidad social. Tenía la idea de que los seres humanos podemos tener mayor igualdad en la estructura social. Él decía que prefería hacer una escuela, tres escuelas o diez escuelas bajo sus criterios, que una escuela de carácter neoclásico o neocolonial, como esa arquitectura que estaba dominando en ese momento, como de rancho, como él dice. No, hay que hacer cosas mucho más austeras. Eso era en las escuelas, pero también estaban las sedes sindicales: apoyar a los trabajadores para que se organizaran y defendieran sus derechos. Entonces, si te fijas, sí se ve mucho esa idea socialista de que los trabajadores puedan defenderse de los abusos de los patrones y que la gente humilde pueda tener acceso a educación para salir de su pobreza. Y lo otro, lo que él tiene en esa veta que son los estudios para creadores, para artistas, para científicos; lo tiene para pintores, como los de Diego Rivera, Frida y Julio Castellanos; lo tiene para científicos, para un astrónomo como Luis Enrique Erro, pero un crítico de arte como Manuel Toussaint. Entonces, viene ligado siempre con la cultura. Era un un hombre que se vinculó con la educación y la cultura, y siempre estuvo cercano.
¿Y qué papel jugó la libertad tanto en su obra artística como en su pensamiento?
Total. Tuvo la fuerza y el valor, en el caso de la obra arquitectónica, de proponer una casa totalmente radical. Las casas de Diego y de Frida fueron un escándalo en la época. La gente se asustaba de ver las tuberías, los tinacos expuestos, todas esas formas industriales. ¿Qué tiene que hacer una arquitectura industrial en un barrio histórico como San Ángel? Y en sus pinturas, por sus propuestas. La propuesta, por ejemplo, del mural de Ciudad Universitaria, el de la biblioteca, es radical: envolver todo un edificio… es una piel, ¡le hizo toda una piel! No fue un mural en un espacio, sino la fachada; lo envolvió, fue la totalidad. Entonces, en las dos gestiones hizo propuestas radicales, innovadoras, que la sociedad no aceptaba todavía.
¿Considera que su decisión de partir de este mundo también fue un acto de libertad?
Sí, logró libertad en todo. Fíjate, al final del libro me dice: “Haga usted lo que quiera con esas palabras; puede usted publicarlas, nomás reafirme que las dijo Juan O’Gorman”. Es decir: “Soy libre en mis pensamientos y soy libre en mis decisiones”, tal es así que se quitó la vida.
srodriguez@elsiglo.mx