Todo sistema de poder necesita de ficciones que lo sostengan.
Al menos desde que nos volvimos sedentarios, la fuerza siempre ha requerido de relatos que la justifiquen o al menos la vuelvan tolerable. La “construcción imaginaria de la sociedad”, en palabras de Cornelius Castoriadis, es la condición básica de cualquier sistema de gobierno que aspire no solo a imponerse, sino a perpetuarse. A persistir tanto en los cuerpos como en las mentes de gobernantes y gobernados a fin de garantizar su estabilidad y su permanencia.
A ocho años del inicio de la Cuarta Transformación, es posible detectar cuáles son sus mitos fundacionales. Como suele ocurrir en esta época confusa e híbrida, no nos hallamos antes una estructura ideológica monolítica -como fueron en su momento el comunismo o el fascismo-, sino ante una variopinta amalgama de ficciones superpuestas, herederas de distintos liderazgos y facciones en el interior de lo que aún se busca presentarse como un movimiento, más que como un partido.
Como todas las ideas, las ficciones políticas siguen vaivenes evolutivos: las más adaptables se mantienen, las más endebles se esfuman, y es con sus mutaciones exitosas -como ha demostrado ya serlo la 4T- con las que consiguen implantarse en miles o millones de cerebros dispuestos a defenderlas o, en el peor de los casos, a sobrellevarlas sin mayor oposición. Si echamos un vistazo al actual panorama político mexicano, eso es justo lo que parece haber sucedido: el lenguaje transformador lo impregna todo, incluidas las críticas de sus adversarios. Nos hallamos, querámoslo o no, frente a uno de los relatos más sólidos del momento, y por eso conviene identificar sus resortes.
Apenas cabe duda de que nos hallamos ante una mutación del nacionalismo revolucionario construido por el PRI a lo largo de setenta años: el propio nombre elegido por López Obrador para identificarlo revela ya esa añoranza. Cuarta Transformación que inventa una cadena directa entre fenómenos dispares, igualmente mitificados: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Con ello, busca apropiarse de todos los hitos del pasado a fin de no dejarles a los opositores otro espacio que el de su negación: una agenda precaria y deslucida que no han sabido revertir.
Pocas cosas separan la retórica nacionalista del priismo histórico del lopezobradorismo como la entronización de lo indígena. En vez del mito del mestizaje, tan bien administrado por años, el de ser herederos directos de los pueblos indígenas, presentados como modelos ideales que tanto sirven para la confrontación externa -el ya cerrado rifirrafe con España- que para impulsar una reinvención de lo popular que muy poco tiene que ver, por supuesto, con la historia de los pueblos originarios mesoamericanos.
Morena y no MORENA o MoReNa, el nombre mismo, ampara el siguiente mito: la identidad fincada en el color de la piel y, sobre todo, en la ficción de encarnarla por completo: fuera solo quedan los blancos - los whitexicans- que no pueden ser traidores en potencia. A continuación, ligadas a este discurso integrador, aparecen otras dos ficciones favoritas del modelo: la soberanía y el pueblo. Más aún: el pueblo bueno.
Una categoría moral que vuelve, a quien se le opone, irremediablemente perverso. De nuevo: relatos que sirven para vociferar frente al enemigo exterior -Trump, en este caso-, aunque en los hechos poco se pueda hacer para frenarlo, y para asumir que un país de millones en realidad tiene una sola voz: la mejor manera de justificar el control sobre todos los poderes y discursos.
A esta fascinante mutación del priismo se suman dos elementos adicionales, incrustados en su lenguaje: los ecos de los movimientos guerrilleros o de liberación de los sesenta y setenta, que sobre todo impiden condenar las derivas autoritarias en Nicaragua o Venezuela, y el evangelismo cristiano de AMLO con su primacía por los pobres, que justifica los recursos estatales que entrega por doquier, necesidad de tocar a los ricos con una reforma fiscal progresiva. Observando la fuerza que mantienen, y la incapacidad opositora para crearse otras, quedan pocas dudas de que estas ficciones 4T seguirán entre nosotros un buen tiempo.