A lo largo de estas jornadas, cuando cientos de miles de mexicanos celebran en el Ángel el pase a octavos de final y contingentes menores lo hacen en muchos otros lugares del planeta, o cuando el Presidente de Paraguay declara fiesta nacional tras la inesperada victoria sobre Alemania y los habitantes del pequeño Cabo Verde no caben en su orgullo al haber empatado con Uruguay y España -nada parecería más real que esto-, resulta más difícil que nunca recordar que todas las identidades, tanto las individuales como las colectivas, no son sino ficciones. Y, por supuesto, la mayor ficción en estos momentos es la que nos lleva a pensar que once jugadores sobre la cancha representan no solo a un país -lo cual ya sería una sinécdoque inaudita-, sino el conjunto de sus ilusiones y sus esperanzas, así como la posibilidad misma de dotar de inmensa felicidad -o sumir en la tristeza- a buena parte de sus habitantes.
Desde la prehistoria, todas las comunidades humanas han necesitado dotarse de ficciones capaces de mantenerlas unidas: fiestas, celebraciones y rituales destinados a borrar las diferencias particulares y acentuar los rasgos compartidos. Y, al mismo tiempo, a diferenciarse por fuerza de sus vecinos. No sería hasta los albores del siglo XIX, sin embargo, cuando el nacionalismo moderno habría de solidificarse con el afán de concebir no solo un conjunto disperso de ficciones comunitarias, sino sólidos e incontestables relatos nacionales. Si, conforme a los románticos, de pronto el alma de cada nación se hallaba en un prístino pasado imaginario, su actualización pasaba por creerlo superior al de los otros.
No debería sorprender que, justo en el contexto de la consolidación de los modelos nacionales, haya sido en el corazón del Imperio Británico donde naciera el futbol, al menos en su versión codificada, ni que su dispersión a lo largo del globo haya sido obra de sus marinos, militares y expedicionarios. Desde aquel legendario primer juego internacional, bajo las reglas del Futbol Asociación, celebrado entre Inglaterra y Escocia en 1872, la guerra por otras vías se ha llevado a cabo una y otra vez en este marco nacionalista. Desde entonces, el enfrentamiento de cualquier selección con cualquier otra se ha vuelto el mejor lugar para poner en escena un sinfín de rivalidades históricas.
Los primeros Mundiales, el de Uruguay en 1930 -organizado por un régimen que luego sucumbiría a un autogolpe de Estado- y el de Italia en 1934 -supervisado por Mussolini- y el de Francia en 1938 -a punto de que el país terminara invadido por Alemania-, nacieron en el momento en el que la fiebre nacionalista llegaba a su paroxismo. Tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, el futbol fue sustituyendo poco a poco a las demás manifestaciones culturales hasta convertirse, en nuestro tiempo, en una especie de sustituto de aquella alma nacional de los románticos.
De la prohibición expresa, durante el Mundial de Inglaterra de 1966, de incluir a jugadores nacionalizados en cada selección -una especie de prueba de sangre de la pureza de cada país-, hemos pasado a su reverso: equipos que parecerían querer demostrar la pluralidad o multiculturalidad de nuestro tiempo. De Zion Suzuki, el portero de Japón, a nuestro Quiñones, pasando por un sinfín de ejemplos, tanto migrantes como hijos de migrantes destacan como las mejores figuras en sus selecciones, para callado disgusto de los ultranacionalistas que hoy gobiernan por doquier.
No puede ser mayor la disonancia cognitiva de los votantes de Trump, Le Pen o Abascal mientras celebran la victoria de Estados Unidos, Francia o España -y por ello toleran a Balogun, Mbappé o Yamal-, al tiempo que exigen la expulsión de millones en aras de su idea de pureza nacional. No deberíamos olvidar, tampoco, que esta Copa del Mundo está siendo coorganizada por un país que en este momento ha acometido la mayor expulsión de migrantes de su historia. Pese a que las identidades nacionales hayan producido algunas de nuestras ficciones más abominables, confieso que me resulta imposible no ansiar que la variopinta Selección de México derrote justo a la nación que presume de haber inventado esta adictiva ficción.