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ENTREVISTA

Francisco Hernández, en la invisibilidad de la poesía

"Yo creo que uno habita la poesía cuando se decide a penetrar en ella; la descubres, la lees, te fascina, porque si no te fascina, no te abre sus puertas nunca”.

Imagen: Daniel Tamez

Imagen: Daniel Tamez

SAÚL RODRÍGUEZ

Las ramas de los árboles se agitan con el viento cálido de Monterrey, como si respondieran a la voz del mundo. Es sábado y el Jardín de la Poesía del Parque Fundidora recibe al poeta mexicano Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, 1946); dentro de la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2026, la editorial Vaso Roto le rinde un justo homenaje. Se leerán sus versos, se le pondrá su nombre a un encino y se enarbolará su trayectoria de más de cincuenta años, desde que en 1974 publicara su primer libro Gritar es cosa de mudos.

Pero los homenajes no le agradan, siente que no los merece y a veces quisiera ser invisible. En la humildad donde habita Francisco Hernández no hay cupo para autoelogios, sólo para dudas y preguntas que se ahogan dentro y fuera de sí mismas.

Ahora se levanta de su silla, después de las intervenciones de autoridades y organizadores. Su paso es lento, camina con dificultad mientras se apoya en el bastón —como en Rilke, el cuerpo es el soporte del sufrimiento, de la aflicción—. Carga un ejemplar de Obra suspendida (2013), su antología personal editada por Posdata. Auxiliado, logra llegar hasta el pódium. Allí se planta frente al público. Lo rodea la argenta escultura realizada por el artista chileno Víctor Ramírez. Entonces abre sus labios y su primera  declaración es de agradecimiento.

“Me he dado cuenta de que ya no puedo caminar, pero también de que no puedo respirar después de escuchar lo que han dicho”.

Francisco Hernández revela el libro donde duermen sus poemas, les habla, los despierta con su voz. Esos poemas lo habitan, le componen el rostro; cada gesto es un verso alado buscando escapar de una jaula de papel. Otra vez el viento. Son palabras roncasdel poeta las que raspan el aire:

“Señora tan querida, con nombre de país / ¿Ha escuchado el grito de los monos en lo alto de sus castaños / o de los guayacanes? / ¿Ha visto las bromelias con sus pálidos tonos bajar a los estanques desde el Árbol de la Fecundidad? ¿Ha descubierto al pavorrealresuelto en nada bajo las patas de la lluvia? / Su silencio, Señora, es una hoja de canela perseguida en el / viento por un gavilán / Con sus huesos de oro, Señora, se harán mangos de hacha / Con mis ojos acostumbrados a obedecer, he de seguir buscándoladonde sé que no está”.

La tarde transita hacia su fin en ese camino de luz tenue que dibuja el crepúsculo. El poema que lee Francisco es la primera carta de “Cinco cartas urgentes para Bélgica Cisneros”, incluido en Mascarón de prosa (1997). A continuación lee “El tiempo”, de La soledad al cubo (2001) y asegura que escribir sobre el tiempo es algo muy difícil, y que lo difícil es lo que verdaderamente importa hacer.

Algo inquieta al poeta. Un temblor en sus manos agita las páginas del libro. “No sé para qué marco los poemas si se me pierden”. Su brazo muestra un tatuaje: Poesía: lo cura. Entonces elige un texto largo como remedio a su extravío:

“La surada es un viento cálido que parece llegado del desierto / Con ligereza se mueven las copas de los árboles y la temperatura de mayo, como si fuera una sabana encendida, nos cubre por completo”.

El verso inicial que parece describir la atmósfera del evento viene de “El patio y la surada”, también albergado en Mascarón de prosa. Entonces algo pasa: el micrófono se apaga a medio poema; algunos patos que andan por el jardín han pisado los cables.Francisco Hernández queda náufrago en la incertidumbre mientras el percance se resuelve. “Estar en silencio es más difícil que hablar”. Cuando el sonido retorna, termina el poema y el público le aplaude. Luego vuelve a leer “El tiempo”, los patos siguenpisando los cables, un chasquido en la bocina, otra vez el silencio. El poeta bromea y elige un poema que dedica a Rilke antes de que la claridad se vaya y un árbol reciba su nombre.

Imagen: Daniel Tamez
Imagen: Daniel Tamez

“ESCRIBIR POESÍA ES UN ATREVIMIENTO”

La entrevista fue pactada para este domingo a la una de la tarde en el Hotel Ancira. Monterrey arde a 37 grados en los últimos suspiros del invierno. Para colmo, en el hotel se ha ido la luz. Su esposa Leticia ha dejado abierta la puerta de la habitación 205 en espera de que alguna brisa entre y refresque. Coronado por su boina, Francisco Hernández está sentado en un sillón naranja, leyendo el primer volumen de En grado de tentativa (2016), otra antología publicada por el Fondo de Cultura Económica (FCE) y Almadía.

—Francisco, mientras no se vaya la poesía, todo está bien, ¿no?

—Ah, claro.

El poeta admite que vive en la desmemoria de los años. Tiene 79 y algunos recuerdos se le escapan. “Porque ya nada permanece fresco debajo de mis párpados / y los nombres acumulados / se me diluyen en la lengua”, indica su poema “Por el ombligo transparente”, publicado en Gritar es cosa de mudos. Lo que sí recuerda es que la lectura de Rubén Darío inaugura su andar poético.

—¿Hay algún poema que le cimbre de él?

—¿De Rubén Darío?

—Sí.

—Ahorita no me acordaría de cuál, pero la poesía de él inaugura en mí el gusto por la poesía.

Su padre le presentó las obras de Rubén Darío y Salvador Díaz Mirón a temprana edad, lo ha dicho en otras entrevistas. En su natal San Andrés Tuxtla, Veracruz, Francisco Hernández pasó los primeros años de su vida experimentando los “nortes”, unos ventarrones que lo atemorizaban. En 1963 se trasladó a Xalapa para estudiar la preparatoria. “Fracasé rotundamente”. Luego tomó un periódico y se dispuso a buscar trabajo. La cabeza de un anuncio lo deslumbró: “¿No sabe qué hacer con su imaginación?”. Era el anuncio de una escuela de publicidad. Se inscribió. Luego tuvo la suerte de encontrar empleo y de conocer a Francisco Cervantes, otro poeta que lo indujo a la lectura de Fernando Pessoa, José Lezama Lima y Saint-John Perse. Aquello modificó su forma de ver la literatura y entonces empezó a escribir.

El poeta redactó versos en los lugares más insólitos. Así defendió su soledad, como lo decía María Zambrano. Rememora la estancia en un cine: su pluma sobre la libreta, la luz de la pantalla iluminándolo y de repente algo se le ocurría. Era el deseo de escribir, de ver cómo aparecen las imágenes, de mantener los ojos abiertos aun dormido. Hoy ha encauzado su sensibilidad.Aún guarda poemas dispersos en su imaginación, en esa desmemoria que todo le recuerda.

Imagen: Daniel Tamez
Imagen: Daniel Tamez

¿Cómo se sintió con el homenaje que ayer le hicieron en el Parque Fundidora?Todos los homenajes incomodan… a mí, al menos. Siempre pienso: “Ojalá se acabe rápido, ojalá ya no me vuelvan a hacer otro. Yo no sé por qué se fijan en mí para estas cosas”. La palabra “homenaje” es una palabra que me queda grande y que no me gusta.

¿Y cuándo bautizaron a un árbol con su nombre?Eso fue muy bonito. Desde que me dijeron que se iba a hacer eso, yo me lo empecé a imaginar: “¿Cómo será?”. Sea como sea, estar junto a un árbol es algo bellísimo, es parte de la poesía que no necesita escribirse, algo del mundo poético que uno nunca pensó que existía. Eso fue significativo.

Entonces, ¿un poema existe a pesar de que no se ha escrito?Sí, existe desde el momento en que lo piensas. Y aunque digas: “Bueno, lo voy a escribir después, dentro de poco lo escribo”, sigue existiendo. Muchos poemas se quedan así, en la imaginación y en la posibilidad de existir, y no aparecen.

¿En la poesía se ve sin ojos y se piensa sin cabeza?Pues sí, yo creo que así pasa, así sucede. Y pienso que es una parte fundamental de la poesía, que la puedas ver sin ojos y que la puedas sentir en su invisibilidad. Ya después, algunos nos atrevemos a escribirla. No siempre se consigue, pero se trata.

¿Uno habita la poesía o la poesía lo habita a uno?Yo creo que uno habita la poesía cuando se decide a penetrar en ella; la descubres, la lees, te fascina, porque si no te fascina, no te abre sus puertas nunca. Y así, será que un día, con una valentía que no sé de dónde sale, intentas escribir algo, algo que parezca un poema.

Para usted, ¿escribir es un acto de valentía?Sí, es un atrevimiento, sin duda. Por todos los que han escrito, por los grandes poetas. Ya citamos a Darío, citemos a Octavio Paz, ¿cómo después de leerlos uno todavía se atreve a escribir un poema o a tratar de escribir un poema, de nutrirse con la obra de otros poetas? A veces eso debería ser suficiente, que uno disfrute como lector de la poesía; escribir ya es un atrevimiento.

Ayer leyó la primera carta de su poema “Cinco cartas urgentes a Bélgica Cisneros” y hay una imagen que me pareció bellísima: “Su silencio, señora, es una hoja de canela perseguida en el / viento por un gavilán”. Recuerdo también un verso de Ezra Pound: “He intentado escribir el Paraíso. / No te muevas / deja que hable el viento / ese es el Paraíso”. Le queríapreguntar por su relación con el viento y si considera que es la voz natural de la Tierra.Sí, mira, además, por la zona donde nací, donde crecí, en San Andrés Tuxtla, en Veracruz, a menudo, sobre todo hacia fines de año, que se presentan los que se llaman “nortes”, que son vientos muchas veces muy fuertes. Y sin duda me impresionaron mucho desde que los sentí y vi cómo se caía algún árbol de la casa, por ejemplo, tirado por el viento. Entonces, siempre ha estado presente por eso, por esa sensación de estar ante algo que no vemos y que sin embargo te envuelve.

¿Ha intentado conversar con ese viento de su tierra?Seguramente lo habré mencionado en algún texto, pero en este momento no lo tengo presente, no sé dónde habrá sido. Pero si no, de todos modos, aunque no lo mencione, aunque no haya escrito sobre él, ahí está, porque es algo muy propio de aquellos lugares, sobre todo a fin de año.

¿Y ese viento le remite a alguna imagen de su infancia?Desde luego, como que vienen unidos el miedo y el viento. El miedo y el viento vienen juntos, porque sabía que el viento tiraba árboles, que el viento tiraba casas y sentía cómo el viento empuja cuando uno es niño y va caminando. Entonces, ese miedo está muy ligado a la palabra viento, en mi caso.

¿El viento es el poema invisible del que hablaba Rilke? Es posible… sí, desde luego, porque la poesía que no se puede ver es la más visible de todas.

Precisamente ayer leyó “El mejor retrato de Rilke”, poema que dedica al autor nacido en Praga. Usted habla de un cuadro pintado por Vicente Gandía, donde Rilke no aparece, pero sí un libro de él.Ahí está lo que decíamos ahorita, de lo visible y lo invisible cuando se conectan, se integran uno en el otro y no sabemos cuál es cuál. Eso tiene mucho que ver con la imaginación del poeta.

Y en ese mismo poema aparece esta imagen: “Debe el poeta volver para cerrar el libro abierto”.Como hace tiempo que no leía eso o no lo oía, ahorita que lo dices me sorprende.

Entonces, ¿ayer leyó este poema porque lo encontró en el libro?No me acuerdo. Toma en cuenta que a mi edad, ya 80 años, la desmemoria ataca; por más que quisiera acordarme de muchas cosas ya no puedo y llega a ser desesperante, pero es parte de la vida.

¿Y cómo afronta esa desmemoria? ¿Acepta su compañía, se enfrenta a ella?Trato de volver a leer lo que escribí, porque es lo primero que se olvida, lo que uno hace. El que diga lo contrario, miente. Entonces, cuando ya no tengo asideros, me atrevo a buscar un texto mío y ver si valió la pena hacerlo y llegar a la conclusión de que yo estaba aquí para eso, sea buena o no la poesía, estaba aquí para eso, para hacerlo, porque tantos años ya intentando hacerlo lo comprueban.

AVISTAMIENTO DEL FANTASMA

Durante la Feria Universitaria del Libro UANLeer, Francisco Hernández presentó Avistamiento del fantasma (Vaso Roto, 2026), donde plasma un diálogo ficcional con el joven poeta Bruno Darío, quien en 2020 falleció de cáncer a la edad de 29 años. A Hernández le impresionó su poesía, pero nunca logró verlo en persona. Su comunicación fue un intercambio de ideas a través de cartas y llamadas telefónicas.

En este libro, Bruno Darío se le aparece al poeta como una invisibilidad que sólo puede ver con sus oídos. Ambos se citan en la Plaza Río de Janeiro de la Colonia Roma, en Ciudad de México, y conversan como dos edades distintas capaces de compartir una misma mirada y narrativa del mundo. Hernández lee Mal de aire (Vaso Roto, 2020), el último poemario de Bruno Darío, y a través de esos versos evita que el recuerdo del joven se borre. Parece algo inverosímil, absurdo, pero parte de lo poético consiste en hacer posible lo imposible.

¿Usted cree que la poesía es capaz de evitar la muerte del poeta?No, quizá ayude a recordarlo de vez en cuando. Si recordar es evitar la muerte o hacer que alguien vuelva a vivir, quizá podríamos pensar que sí lo hace la poesía. Parte de lo poético es hacer posible lo imposible.

Se lo pregunto porque estaba leyendo Avistamiento del fantasma, su libro sobre Bruno Darío, y me llamó la atención que generalmente vemos a poetas que hablan sobre poetas mayores que ellos, pero usted habla de un joven poeta que falleció hace poco y me llamó mucho la conversación ficcionada que tiene con él en esta publicación. ¿Cómo es que se encuentra con la poesía de Bruno Darío?¿Cómo se me aparece Bruno Darío? Es todo un fantasma, a propósito de lo que hemos estado hablando. Solamente lo conocí por teléfono, nunca lo vi. Mi esposa tampoco. Además, le gustaba más hablar con mi esposa que conmigo. Quedábamos de vernos y, por alguna razón, o yo no llegaba o él no llegaba. El caso es que nunca nos vimos. Y quizá eso hizo posible que escribiera lo que he escrito sobre Bruno Darío, esa ausencia que se me hace más presente cada vez. Ahí está mi nexo con Bruno Darío, y a pesar de que conozco una o dos fotos de él, las imágenes que tengo de él pueden ser otras, pueden ser las que salen de sus poemas.

¿Qué aspectos de Bruno Darío lo intrigan?Es el misterio de la vida de Bruno. El no haberlo conocido, el no haberlo visto nunca. Nunca lo vi, nunca supe cómo era realmente, sólo conozco dos fotos de él. Ya después de que él murió, conocí a su mamá. Su mamá es argentina y nos hemos vuelto amigos sin pretender serlo, simplemente porque sabemos que existe ese hilo invisible que hay entre ella y Bruno, y entre Bruno y yo. Ahora lo tengo yo con ella, con Susana Bercovich.

Me gustó mucho el diálogo donde Bruno Darío le dice: “Me gusta respirar cada vez menos”. Y usted le responde: “Yo prefiero gritar en silencio”. ¿Es posible eso, gritar en el silencio?Sí, claro que sí. Aunque el silencio sea el grito más poderoso que nos persigue. Y creo que tiene que ser así. El silencio es vital. Y si, sobre todo los que escribimos poemas, no aprendemos a vivir junto a ese silencio, a no escribir todo lo que el silencio dicta, no se logra penetrar en ese mundo. Yo creo que tiene mucho que ver la poesía con el silencio; la escribes y puede no leerla nadie,puedes no decírsela a nadie, puedes no leerla en voz alta y sin embargo, una vez que la escribiste ahí está. Y muchas veces aunque no la escribas y la traigas nada más en la cabeza, ahí está y es parte de su magia.

Imagen: Daniel Tamez
Imagen: Daniel Tamez

Ayer dijo que estar en el silencio era más difícil que hablar.Sí, yo creo que así es. Es más fácil vivir en las palabras y más difícil vivir en el silencio, sobre todo si las palabras están dando vueltas en la cabeza y no te atreves a escribir porque dices: “No, ¿para qué escribo si todo esto ya lo escribieron grandes poetas? ¿Para qué me meto en esto”. Entonces, ese silencio aniquila y tienes que atreverte a romperlo, a poblarlo con lo que escribas, sea bueno o malo, tú no lo vas a decidir. Los demás y con el tiempo dirán si valió la pena ser escrito o no.

¿Y en este momento qué palabras lo habitan o le dan vueltas en la cabeza?La palabra silencio es una de las que no me dejan. Y por supuesto la palabra poesía, recordar que viene de poiesis, que significa algo así como “hacer que suceda algo extraordinario”. Si eso no se logra, entonces no se alcanza la poesía; se queda uno enser un versificador, un coplero, pero no llega a ser lo que todos los que escribimos queremos ser, un verdadero poeta que pueda permanecer, cuya escritura pueda vivir un poco más que él mismo.

¿Y considera que hay cosas de las cuales todavía no se ha escrito nada?Debe haber. Son tan misteriosas que ni sé cuáles son, pero estoy seguro de que existen.

Usted plasma en este libro una frase de Alejandra Pizarnik: “¿Por qué escribo? Para asombrarme, yo, que nada sé de las palabras”. ¿Qué le genera?Eso, ¿cómo atreverte a hacer una descripción, en mi caso, si ya existió eso que hizo Alejandra Pizarnik? ¿Cómo, después de leer eso, atreverme a escribir? Y es ahí cuando aparece la magia de la poesía que está fuera de tu control. Aunque yo diga “no voy a escribir más”, se te aparece. Y aunque no la escribas, aquí la traes. Es así o la poesía no te toca, no te llega, no te invade. Si no te invade de esa manera, yo creo que la poesía entonces no era para ti o no era para mí.

¿Continúa escribiendo a estas alturas de su vida?Sí, cada vez menos, pero sí. Y cada vez que dejo de escribir un tiempo, mes o meses, pienso que ahora sí, ahora sí ya se fue (la poesía), ya voy a poder descansar. Pero luego pienso: “¿Y si se fue entonces qué voy a seguir haciendo aquí? ¿Para qué voy a estar aquí? Yo vivo para eso, vivo por eso”. Cuando mi papá me quitó un libro, no recuerdo de quién, me dijo: “Ya deja de leer tonterías, ponte a leer esto”. Y me dio una antología de Rubén Darío que él tenía. Entre sus pocos libros estaba uno de Rubén Darío y uno de Díaz Mirón. Esos dos libros me dieron todo lo que necesitaba en ese momento para escribir. Existía esa otra cosa, no sabemos exactamente qué es, que le hemos llamado poesía, y que a final de cuentas hace aparecer algo extraordinario. Si no se hace eso, no se encuentra la poesía. Y es la duda que, al menos a mí me va a quedar siempre: ¿realmente habré escrito poemas?, ¿realmente habré escrito algo extraordinario, como yo creo que debe ser? Igualmente no, pero bueno, lo intenté. Y si no se logró, pues mala suerte. 

srodriguez@elsiglo.mx

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