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Francisco Saravia

Francisco Sarabia: retrato humano de un aviador temerario

Detrás del héroe inmortalizado en el imaginario social de Lerdo, existió un hombre marcado por la ambición, la obsesión, el riesgo y el deseo de conquistar el cielo

(JOSÉ DÍAZ)

(JOSÉ DÍAZ)

DANIELA CERVANTES

Es domingo y el cielo grisáceo de Lerdo acompaña a las familias que recorren el Paseo Sarabia, un corredor cultural que cada mes llena algunas calles del centro histórico de música, arte, gastronomía y vida comunitaria.

La actividad transcurre sobre la arteria donde se ubica la casa que alguna vez habitó Francisco Sarabia Tinoco, el aviador lerdense que, luego de realizar una hazaña celestial que le arrebató la vida, terminó por encarnarse en la identidad del municipio.

El que esa avenida lleve su nombre, y que su figura, y la de su avión, sobrevuele estampada en paredes, cuadros y souvenirs, es parte de alimentar su leyenda en la memoria colectiva.

Sin embargo, el personaje suele quedar reducido al accidente aéreo que terminó con su vida el 7 de junio de 1939, poco después de concretar el vuelo histórico sin escalas entre la Ciudad de México y Nueva York, una travesía con la que buscaba demostrar que el cielo podía unir pueblos y acortar fronteras. Durante el vuelo de regreso sobre Washington D. C., su aeronave sufrió una falla y terminó desplomándose en las aguas del río Potomac.

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Luego de perder la vida en ese trance, el lerdense se consagró como personaje histórico y Lerdo no tardó en abrazarlo como un héroe patriótico. Cada 7 de junio el municipio suele conmemorar su aniversario luctuoso realizando diversas actividades que giran en torno a sus hazañas de aviador.

Pero, más allá de la proyección épica, existe una dimensión poco explorada del piloto: la humana.

Mucho se ha narrado sobre la relación que Francisco Sarabia tuvo con el cielo, pero poco se conoce del hombre, de sus miedos, sus afectos y los sueños que lo impulsaron a desafiar las fronteras desde el aire.

Por ello, en el marco de su aniversario luctuoso, este diario intentó trazar un perfil más humano del piloto para desmarcar un poco al hombre de la leyenda.

QUIÉN ES SARABIA FUERA DEL MITO

Detrás del llamado “Conquistador del cielo” también existió un hombre que se cansaba pronto de lo establecido, que nunca parecía conforme con el lugar en el que estaba y que, antes de convertirse en una figura histórica, fue un joven inquieto que iba y venía entre Lerdo y Estados Unidos buscando “algo” que realmente le diera sentido a su vida.

Para el investigador lerdense José Antonio Fernández Franco, quien lleva más de dos décadas estudiando la historia del municipio, la figura de Sarabia suele confundirse con el personaje heroico que se construyó después de su muerte.

Por ello, en una entrevista realizada para este escrito, insistió en la importancia de separar ambas dimensiones. “Hay dos conceptos diferentes: uno es Francisco Sarabia y otro es el Conquistador del cielo. Son dos cosas distintas”, explicó.

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Desde su mirada, Francisco Sarabia fue primero un niño (nacido en 1900) marcado tempranamente por la muerte de sus padres. Sus tíos se hicieron cargo de él y lo enviaron a estudiar a Estados Unidos. En Las Cruces, Nuevo México, aprendió contabilidad y más tarde regresó a Lerdo para trabajar en un banco local.

“Pero eso no era lo que le satisfacía. Él siempre quería más”, expresó Fernández.

(DANIELA CERVANTES)
(DANIELA CERVANTES)

Aquella inconformidad lo empujó nuevamente hacia el norte. Estudió mecánica automotriz en Estados Unidos y, de vuelta en Lerdo, abrió un taller sobre la calle Cepeda. Ahí se comenzó a gestar otra faceta de Sarabia: la de un hombre obsesionado con el funcionamiento perfecto de las máquinas.

En ese sentido, el historiador lo describió como alguien brillante y extremadamente perfeccionista. Esa capacidad llamó la atención de los dueños de la agencia automotriz Willys, quienes lo contrataron.

En plena crisis económica derivada de la Revolución, Sarabia ayudó a idear carreras automovilísticas para revitalizar las ventas de la empresa. Y aunque lo logró tampoco decidió quedarse en la quietud de una empresa que, gracias a sus ideas, salía briosa de la mala racha.

Porque si algo atraviesa la historia de Sarabia, según Fernández, es justo es esa sensación constante de búsqueda. Nada parecía bastarle.

Después volvió a Estados Unidos. Ahí, casi por azar, ocurrió el episodio que terminaría por cambiar el rumbo completo de su historia Pagó un boleto para subir un avión que realizaba paseos recreativos. Cuando sus pies se despegaron del piso y sintió la potencia del ave de acero, fue cuando Sarabia lo entendió todo: sus inquietudes no pertenecían a la tierra sino al cielo.

“Bajó conquistado. Ahí es cuando decide que quiere ser aviador”, sentenció José Antonio Fernández.

Su esposa Agripina Díaz se convirtió entonces en pieza fundamental. Con apoyo económico de la familia, Sarabia y su hermano Alfonso pudieron ingresar a una escuela de aeronáutica en Estados Unidos.

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Se puede escribir que ahí comenzó la historia aérea que terminaría por convertirlo en leyenda. Sin embargo, el camino todavía estaba lejos de ser lineal. Regresó a Lerdo para abrir una escuela de aviación que con el tiempo fracasó. Más tarde, enfatizó el historiador, viajó a Monterrey donde trabajó administrando personal en una constructora.

Su búsqueda también lo llevó a experimentar el arte circense al sumarse a un espectáculo aéreo de la mano de una acróbata reconocida de aquel tiempo.

“Pero siempre le faltaba algo”, insistió Fernández. En los datos que el investigador ha recopilado, la siguiente escala de Sarabia fue Michoacán, donde se relaciona con figuras políticas y empresarios que requerían pilotos privados.

En ese tiempo preparó pistas de aterrizaje, realizó vuelos ejecutivos y eventualmente terminó vinculado al círculo del entonces presidente Lázaro Cárdenas del Río.

Ahí empezó a consolidarse no sólo como piloto, sino también como empresario de la aviación. Para Fernández, existe un momento decisivo que terminaría de moldear al personaje histórico que hoy recordamos.

En 1933, dos aviadores militares españoles desaparecieron durante un vuelo de buena voluntad entre España, Cuba y México. Como respuesta simbólica, la Asociación Mexicana de Pilotos planteó repetir la travesía en sentido inverso. El elegido para ejecutarla fue precisamente Francisco Sarabia.

“Lo eligen a él porque ya tenía un buen nombre”, explicó el historiador.

El proyecto recibió respaldo del entonces presidente Abelardo L. Rodríguez, aunque con una condición: el avión debía ser construido en México y por ingenieros mexicanos. Al final eso no ocurrió y el intento terminó frustrado tras múltiples fallas técnicas y un accidente durante las pruebas del prototipo.

Aunque hubo personas que trataron de manchar su reputación, Sarabia alegó que el fracaso se derivó no porque él fuera mal piloto, sino más bien, porque el avión había sido mal construido.

Lejos de desanimarse, esa experiencia sembró en el piloto lerdense la idea de que él podía llevar a la aviación mexicana a otro nivel y ponerla en los ojos del mundo.

Años más tarde, en 1938, Sarabia compró al distribuidor de aviones estadounidense y pionero de la aviación Charles Babb, un avión de carreras usado que terminaría bautizado como El Conquistador del Cielo. Para Fernández, es ahí donde el hombre y el mito se separan definitivamente.

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Mientras Francisco Sarabia había pasado años trabajando en rutas comerciales y empresas aéreas, ese nuevo avión le representó una ambición distinta: la de volar para romper récords mundiales y convertirse en un símbolo de velocidad, modernidad y audacia.

Con El Conquistador del Cielo estableció marcas importantes, entre ellas ese célebre vuelo entre Ciudad de México y Nueva York. Para ello, tuvo que modificar el avión para que lograra recorrer largas distancias ya que su función, básicamente, eran las carreras.

En ese sentido, e incluso dentro de la épica, Fernández encontró a un hombre profundamente obsesivo. “Siempre estaba detrás de los mecánicos diciéndoles qué hacer. Todo tenía que estar en la mejor condición”.

Según documentos y testimonios revisados por el investigador, Sarabia también se mostró como una persona cercana a su familia, generosa con empleados y sumamente exigente consigo mismo.

“Yo creo que Sarabia nació para hacer ese viaje”, mencionó al referirse al último trayecto que terminó costándole la vida al piloto y al que, dijo, suele reducirse su vida.

Pero, para Fernández Franco más que hablar de la hazaña, hablar de Francisco Sarabia también obliga a mirar el contexto de la ciudad que lo vio nacer. Entre 1900 y 1939, Lerdo atravesaba una etapa de pérdida de protagonismo regional frente al crecimiento acelerado de Torreón y Gómez Palacio.

La estación ferroviaria, el comercio y la expansión económica ya gravitaban hacia otras ciudades de La Laguna. “Lerdo iba de caída”. Y, aun así, la ciudad terminó apropiándose de Sarabia como una de sus grandes figuras identitarias.

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“La identidad es porque todos queremos mucho a Lerdo. Hablamos de una persona que sacó adelante el nombre de la ciudad en un sólo evento”.

El investigador reconoció incluso cierta necesidad colectiva de construir héroes en un país golpeado históricamente por crisis políticas y sociales. El funeral multitudinario de Sarabia en la Ciudad de México —con miles de personas vitoreando su nombre— ayudó a consolidar esa narrativa heroica que luego Lerdo adoptaría como propia.

“Nos adueñamos de la historia de Sarabia para expandirla, para sentirnos parte de algo grande”, admitió.

Actualmente, advirtió, las nuevas generaciones conocen cada vez menos al personaje real: “Su historia se reduce a que salió de México a Nueva York y a los cinco minutos después se cayó su avión”.

A manera de cierre, Fernández volvió a una idea que separa al hombre del mito. Dijo que detrás del “Conquistador del cielo” es importante decir que existió un ser humano profundamente inquieto, obsesivo, temerario, elegante, gustoso de los trajes oscuros impecables y del whisky escocés. Un osado sin remedio que sabía que eso que tanto buscaba, no lo encontraría al ras del suelo.

“Sólo Sarabia hizo lo que hizo Sarabia”, concluyó.

EL APLOMO DE SARABIA

Desmitificar a Sarabia no implica únicamente mirar al hombre detrás de la leyenda. También obliga a entender el mundo aéreo al que decidió entregarse: una época donde volar todavía era una apuesta contra el miedo, la incertidumbre y la muerte.

Para Francisco Javier Celedón Hernández, instructor de aviación (con más de cuatro décadas dentro del medio aeronáutico) y maestro de la escuela Aviatraining and Technology de Torreón, intentar comprender la hazaña del lerdense obliga primero a mirar la precariedad de la aviación en los años treinta.

Volar en esa época, mencionó, era un desafío total. Hoy, explicó, un piloto despega respaldado por radares, sistemas satelitales, monitoreo en tiempo real, comunicaciones permanentes y protocolos internacionales.

(DANIELA CERVANTES)
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Sarabia, en cambio, cruzó el cielo prácticamente amparado sólo por una pequeña brújula, mapas rudimentarios y el paisaje que podía observar bajo sus alas.

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Las raíces familiares tomaron sus palabras y emprendieron vuelo a través de la lectura

“La aviación se inicia como aviación visual. Ellos (los pilotos) volaban viendo el panorama y siguiendo una brújula”.

En aquellos años, además, la comunicación aérea todavía era limitada y la información meteorológica casi inexistente. No había sistemas capaces de alertar tormentas, turbulencias o riesgos atmosféricos como ocurre actualmente.

Volar, entonces, implicaba enfrentar lo desconocido. Por todo lo anterior, desde la mirada del instructor de aviación, la travesía que realizó Sarabia entre Ciudad de México y Nueva York en 1939, más que hablar de un simple récord, consideró que aquel vuelo fue una apuesta personal sostenida desde una enorme capacidad de decisión. Un acto puro de aplomo.

Celedón explicó que detrás de cada vuelo existía una planeación minuciosa: rutas, combustible, clima, tiempos de salida y hasta detalles cotidianos debían calcularse antes de despegar. Esa obsesión por prever cada escenario, consideró, también ayuda a entender un poco más la personalidad de Sarabia, descrito por distintos testimonios como un hombre perfeccionista y exigente consigo mismo.

Además, recordó que el piloto lerdense también realizó acrobacia aérea en Estados Unidos, actividad que, dijo, quizá lo ayudó a fortalecer sus destrezas en el aire y su tolerancia al riesgo.

Celedón Hernández reconoció que la aviación de aquella época seguía estando más cerca de la temeridad que de la certeza. Los pilotos enfrentaban tormentas sin herramientas modernas de navegación, dependían de cálculos manuales y muchas veces tomaban decisiones en completa soledad.

Por eso, para Francisco Javier Celedón, la dimensión histórica de Sarabia no radica únicamente en haber roto récords, sino en haberse atrevido a intentarlo cuando volar todavía parecía una batalla contra lo desconocido.

“Él se lanzó, lo hizo, y sentó el precedente para los siguientes”, finalizó.

LA NIETA QUE PROMUEVE SU LEGADO

Hasta aquí hemos intentado humanizar a Sarabia desde la historia y la aeronáutica, pero quién mejor que la sangre para hablar de la sangre.

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A miles de kilómetros de Lerdo, en Valencia, España, Maribel Sarabia Huidobro, nieta del piloto, se muestra a través del monitor de una computadora para hablar de un abuelo que, aunque nunca conoció, lleva orbitando toda su vida entre recuerdos heredados, fotografías antiguas y relatos familiares que terminaron por convertirlo en una presencia constante dentro de su historia personal.

Francisco Sarabia murió en 1939, cuando su padre apenas tenía apenas dos años. “Solamente los recuerdos de mi abuela, eran los que nos hablaba de cómo era. Ella nos hablaba del color de sus ojos, nos decía que eran color acero; que era muy serio, pero que también le gustaba hacer bromas y que era muy trabajador”.

Maribel creció rodeada de vestigios cotidianos del aviador. Entre ellos había fotografías familiares, imágenes de carreras automovilísticas —otra de las pasiones de Sarabia y sus hermanos— y un objeto que terminó marcando profundamente su infancia: la máscara mortuoria de bronce del piloto.

“Siempre estaba en una mesita a la salida de la casa y nosotros, desde niños, al verla sólo decíamos: ‘adiós abuelo’”, expresó.

Con los años, algunos de esos objetos fueron donados al Museo Francisco Sarabia de Lerdo, el cual fue inaugurado en 1972. La decisión surgió cuando Maribel dejó México para mudarse a Estados Unidos y comprendió que aquellas piezas debían pertenecer a la memoria colectiva del municipio.

“Yo dije: ‘todas las cosas de mi abuelo deberían donarse al museo’. Y fue la primera vez que tuve más contacto con Lerdo y con toda la gente que me apoyó en ese momento”, recordó.

Entre las piezas que entregó se encontraba la pequeña brújula que guiaba al aviador durante sus vuelos. Más tarde realizó nuevas donaciones, incluyendo, la máscara mortuoria y ejemplares de un libro infantil que ella misma escribió titulado Conquistador del cielo, pensado para acercar la historia de su abuelo a las nuevas generaciones.

La última visita que realizó a Lerdo ocurrió el año pasado, acompañada de su esposo e hijos. Para ellos, explicó, el viaje significó enfrentarse por primera vez al impacto que todavía tiene el apellido Sarabia en la memoria local.

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“Llegó tanta gente que fue impresionante. Todos fueron tan amables y dulces con nosotros. Eso fue lo mejor de esa noche”, relató.

Aunque nunca pudo conocer personalmente a su abuelo, Maribel lo entiende cómo un hombre tenaz, profundamente familiar y obsesionado con perseguir aquello en lo que creía.

(DANIELA CERVANTES)
(DANIELA CERVANTES)

“Él no venía de una familia adinerada. Él mismo se inventó, él mismo trabajó muchísimo y pudo hacer lo que soñaba: conquistar el mundo”, expresó.

Ella, desde su propia trinchera, intenta mantener viva la historia del piloto. Y así como su abuelo buscó unir territorios desde el aire, Maribel cruza hoy las fronteras entre España y México a través de charlas, encuentros y actividades donde comparte las hazañas y la dimensión humana de Francisco Sarabia.

Y es en esos diálogos, que Maribel se ha dado cuenta de lo poco conocido que es el hecho de que la aviación mexicana, gracias a Sarabia, alcanzó los niveles más altos durante la década de los 30.

“Pensaban que en ese entonces la gente ni siquiera volaba en México y realmente estábamos más avanzados en la historia de la aviación”.

Para ella el legado de su abuelo radica en acercar a las nuevas generaciones a su historia y convencerlos de la posibilidad de perseguir una idea hasta convertirla en destino: “Yo creo que lo más importante es seguir las ideas que uno tiene en el corazón. Eso fue lo que mi abuelo hizo”.

Y aunque la historia oficial suele terminar en el accidente aéreo de 1939, Maribel sueña con tener una charla con su abuelo, arriba de un avión, atravesando los límites del cielo.

“Yo siempre quise ser piloto. Me hubiera encantado tomar un vuelo con él y que me guiara. Eso habría sido lo máximo en mi vida”.

EL MUSEO QUE RESGUARDA SU LEGADO AÉREO

Mientras su nieta intenta mantener viva la memoria íntima del abuelo que nunca pudo conocer, en Lerdo existe un espacio oficial donde su figura respira entre objetos, fotografías y vestigios de su travesía.

‘Aterrizado’ en el recinto que también resguarda a “El Conquistador del cielo”, el avión original que piloteó Sarabia, José Miguel Cháirez Carrillo, titular de Museografía de Lerdo, mencionó que la figura del aviador no puede reducirse a una estampa inmóvil.

“Para los lerdenses es un emblema, un personaje muy importante por todas sus hazañas y por lo que logró a nivel nacional e internacional”.

Desde la museografía, dijo, el esfuerzo ha sido evitar que su historia quede “únicamente en la hazaña”, apostando por una narrativa viva que conecte con las nuevas generaciones.

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Explicó que ese propósito se materializa en cada objeto resguardado: fotografías, artículos personales, ropa, y una pieza clave —su bitácora de vuelo— que, más allá del mito, le devuelve a Sarabia su dimensión humana, esa que debía esforzarse en hacer cálculos, que debía ser minucioso y disciplinado. Incluso el paracaídas que no logró abrirse en el momento del accidente se exhibe como testimonio silencioso de su destino.

“Todo eso preserva la historia”, reiteró Cháirez, quien aseguró que Sarabia no representa la figura de un personaje estático, sino al contrario, sigue interpelando en la mente de niños y jóvenes que acceden a su historia a través del museo.

Cabe mencionar que la figura del piloto no permanece confinada a ese recinto, también se filtra en el imaginario lerdense a través de la memoria cotidiana: habita en paredes del centro, sobrevive en la tradición oral y se asoma hasta en las cantinas del centro. En el Bar Congreso, por ejemplo, dos retratos suyos vigilan entre botellas y humo las conversaciones de los que acuden por un consuelo etílico.

Por otro lado, Sarabia también ha sido inspiración para la creación de tres corridos, en el más famoso de ellos, el autor Felipe Valdez Leal lo delinea en un verso como: un pájaro de acero con rumbo a Nueva York. Ligero como el aire más rápido que el viento.

En ese sentido, a la figura de Sarabia se puede entrar desde varias aristas, para Cháirez, por ejemplo, comprenderlo, implica también situarlo en su tiempo.

“Es importante contextualizar los récords que batió. En los años treinta, lo que él logró no se había hecho antes. Que un mexicano lograra imponerse incluso frente a pilotos estadounidenses, utilizando equipos de ese país, es algo que se tiene que mencionar”.

En una ciudad donde permea la tradición, preservar a Sarabia es también una forma de contarse a sí misma: “Para los lerdenses la historia es fundamental. Tener este avión es un privilegio que pocas ciudades poseen”, señaló Cháirez.

Cabe mencionar que, tras el accidente, El Conquistador del Cielo fue rescatado del Río Potomac en 1939. Al ser restaurado, desde 1972, permanece quieto dentro del museo que custodia la memoria de su dueño.

Al solicitarle que resumiera en una idea ¿Quién era Francisco Sarabia actualmente?, José Miguel Cháirez no tardó en responder: “es el primer paso, la entrada a la grandeza de Lerdo”.

(ARCHIVO)
(ARCHIVO)

Hasta aquí se puede escribir que la esencia del piloto no radica en la dimensión que lo volvió héroe, sino más bien en su determinación humana de tejer su destino entre las nubes.

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Escrito en: Francisco Sarabia Francisco Sarabia Tinoco

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