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Fricciones

Jorge Volpi

Cada cierto tiempo, el partido en el poder debe llevar a cabo una depuración: no tanto un reconocimiento de culpas o errores como un realineamiento y un necesario recordatorio sobre los límites que nadie -ni siquiera los más antiguos militantes, los más leales, los más puros- pueden traspasar. Por supuesto, el objetivo no es que se haga justicia: acusarlos de desfalcos, peculados, conflictos de interés, abusos o vínculos con el crimen organizado solo contribuiría a desgastar la imagen del régimen y le ofrecería argumentos a los contrarios, de modo que el castigo -la defenestración o el ostracismo- han de aplicarse sin estruendo, elogiando el trabajo de los que se han ido y señalando su invaluable contribución al éxito del movimiento.

Cuando un solo partido controla todos los mecanismos del poder público -o al menos casi todos-, los conflictos entre las distintas facciones se producen sin falta en su interior. Sin enemigos de peso a la vista, o sin oposición visible, las batallas por el ascenso de los distintos grupos que se anidan en su interior no pueden sino derivar en un magma permanente: un punto de ebullición que, cada cierto tiempo, el líder en turno debe abocarse a contener. La regla de oro es mínima: mientras se esté dentro del movimiento se puede hacer casi todo -engañar, extorsionar, presionar, incluso delinquir-, excepto poner en entredicho la autoridad central o poner en peligro la pulcritud o la honestidad del sistema en su conjunto.

La fricción resulta inevitable: las placas tectónicas que sustentan a un régimen hegemónico nunca se mantienen estables por mucho tiempo. No importa adónde uno mire -del Imperio Romano a las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX o de la Unión Soviética al México del antiguo PRI-, el fenómeno se repite una y otra vez. No es otra cosa lo que estamos presenciando hoy en el interior de Morena: una vez que consolidó su control total sobre los tres poderes, que eliminó a los organismos autónomos y que arrinconó a la oposición a un sitio ni siquiera simbólico -del cual le será aún más difícil salir tras la nueva reforma electoral-, las luchas por el poder se han reconcentrado en sus entrañas.

Aunque el cisma más ríspido y notable sea el encontronazo protagonizado por dos figuras cercanísimas al viejo caudillo -Julio Scherer y Jesús Ramírez-, las reyertas se hallan en todo el espectro del oficialismo: la caída de otro hermano, Adán Augusto López, del liderazgo senatorial a causa de sus vínculos con La Barredora; la negativa de varios cuadros a plegarse a las normas de la Presidenta contra el nepotismo; el atrincheramiento de Marx Arriaga en su oficia de la SEP; o la resistencia de los partidos satélite -esos negocios multimillonarios llamados PT y Partido Verde- a plegarse a los dictados de la reforma electoral no son sino los síntomas de los incontables conflictos que se reconcentran en los sótanos de Morena.

Como ha quedado claro, otra vez no se trata aquí de hacer justicia, entre otras cosas porque el propio régimen desmontó por completo la posibilidad de hacerla. Las acusaciones de corrupción contra Scherer, Ramírez, López Hernández o Arriaga, podemos estar seguros, no se dirimirán en los tribunales: el régimen no le concedería esas bazas a la alicaída oposición y no se arriesgaría a mostrar sus debilidades de ese modo. La presidenta Sheinbaum se ha dedicado, más bien, a señalar otra vez unas cuantas fronteras infranqueables y a realizar una delicada ingeniería para controlar los daños al movimiento.

Conforme avancen los meses y se acerquen las elecciones legislativas de 2027, los sobresaltos telúricos se acentuarán y el control que ella deberá tener sobre los distintos grupos tendrá que acentuarse sin que ello signifique un distanciamiento de su mentor. Mientras tanto, seguiremos presenciando este desfile de reacomodos, salidas discretas o escandalosas y acusaciones mutuas, con el desgaste inevitable de quien ejerce el poder por mucho tiempo. Lo que no veremos, en ningún caso -pues la lógica hegemónica no lo permite-, será el momento en que alguno de estos personajes de la primera línea del lopezobradorismo termine condenado por los delitos que sus mismos pares le imputan.

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