Fuera de juego: las batallas invisibles
El 28 de febrero, Estados Unidos se unió a Israel para bombardear Irán. La guerra no ha cesado desde entonces, pero eso no ha sido obstáculo para que el país de las barras y las estrellas sea uno de los anfitriones de la justa más grande para los aficionados del futbol: el Campeonato Mundial de la FIFA 2026.
En estos eventos sale a relucir la absurda disparidad entre fiesta y tragedia. Son momentos de constante disociación entre el deporte y los problemas sociopolíticos del lugar donde se celebra la competencia. Los reflectores que apuntan a la cancha son tan intensos que pueden mantener en las sombras todo aquello que pueda dar mala imagen al país anfitrión, por ejemplo, el hecho de que el presidente Donald Trump, hambriento de poder, no deja de intimidar a todas las naciones.
Pero siempre va a haber personas que echen luz sobre los grandes conflictos que aquejan a la humanidad, por muy incómodos que sean de ver; gente con una mirada clara que comparten con el mundo. Fuera de juego (Offside, 2006), el quinto largometraje del afamado cineasta iraní Jafar Panahi (El círculo, 2000; Esto no es una película, 2011; Fue solo un accidente, 2025) es una de esas miradas incómodas pero necesarias.
La cinta se presentó en la Berlinale de 2005, donde se le reconoció con el Oso de Plata a Mejor Director y se encumbró como lo más notable del cine ese año.
Fuera de juego es una comedia sencilla sobre un grupo de mujeres de Teherán apasionadas al futbol, quienes para poder ver el partido eliminatorio de Irán contra Baréin tienen que disfrazarse de hombres para burlar la seguridad y entrar al estadio donde sucederá el enfrentamiento.
La premisa surgió en la cabeza del propio Panahi cuando se le encomendó dirigir un comercial que se filmaría durante un partido de futbol. Al manifestar que quería llevar a su hija, se lo prohibieron. Esta idea primigenia le permitió escribir el guion junto a Shadmehr Rastin. Así, a partir de elementos sencillos y austeros, construyó una historia cuyo eje es el componente social.
CINE CLANDESTINO
La cinta se apoya fuertemente de los diálogos para desarrollar ideas y personajes sin recurrir a la imagen, una restricción que responde mayormente a las condiciones clandestinas en las que se produjo el rodaje.

Panahi presentó un guion falso para despistar a las autoridades y utilizó elementos que pasaran desapercibidos, como un elenco reducido, cámaras pequeñas y locaciones limitadas. Esto logró darle tiempo para obtener el metraje suficiente durante los partidos eliminatorios de la Selección Iraní.
La comedia radica en las contradicciones entre las acciones de los personajes y los valores morales que pregonan, mientras se mantiene un halo de incertidumbre sobre lo que va a suceder. La sutileza con la que el director presenta sus planteamientos se complementa con una visión muy clara de su tesis principal. Así, el público nota las contradicciones de la sociedad iraní, aunque los personajes no sean totalmente conscientes de ello.
La crítica se dirige a un sistema que mantiene roles de género muy marcados. En cierto punto de la cinta, una de las mujeres que seguimos desde el inicio es descubierta y se le recluye en un pequeño espacio delimitado por vallas y vigilado por militares. Estos admiten que no existe ley que prohíba al género femenino entrar al estadio, pero la detención se basa en aspectos morales: las mujeres no deben estar en un espacio ocupado por hombres porque esto puede hacerlas perder su pureza.
Esto crea una situación kafkiana donde, a pesar de la legalidad de sus acciones, las protagonistas están recluidas y desconocen lo que les depara el destino. De esta manera se revela un autoritarismo del cual todos tienen conocimiento, pero que se esconde tras un laberinto burocrático.
CONVENCIONES CINEMATOGRÁFICAS TRANSGREDIDAS
La fotografía de Mahmoud Kalari le da a la película un aspecto de documental que ayuda a difuminar la línea entre ficción y realidad. El cine de Panahi, heredero del neorrealismo y de Abbas Kiarostami, dota de naturalidad cada acción. Este estilo un tanto metaficcional —el partido es real, los intérpretes son actores no profesionales— le permite jugar con una realidad política y social latente. Su obra no sólo se vuelve un discurso, sino también un documento que captura un momento histórico.
La dirección es precisa. Se apoya en planos secuencia donde deja respirar a los actores para facilitar su naturalidad y, a pesar de su austeridad, logra mantener la tensión en el ritmo, creando un ambiente incierto.
Asimismo, la obra transgrede las convenciones del cine deportivo, dirigiendo la mirada lejos de la competencia, la superación personal o el juego en equipo y manteniéndola en lo social. Además, no muestra el partido que funciona como motivación de los personajes y como principal tema de conversación. Las protagonistas sólo lo logran visualizar en relatos, imágenes parciales y transmisiones difusas.

Revertir esta mirada no es una transgresión que se limita al mundo del cine. Los eventos deportivos celebran principalmente lo que hay en la cancha, el duelo de la capacidad humana, pero las problemáticas alrededor se mantienen silenciadas.
EL LADO POLÍTICO DEL CAMPO
En el Mundial de Brasil de 2014, pocos medios cubrieron la indignación de muchos sectores del país porque el evento fue pagado con sus impuestos mientras la población general vivía una crisis económica tan profunda que los privaba de alimento; o las restricciones para grupos diversos en el Mundial de Qatar 2022 que limitaban la libertades individuales para unos cuantos.
Pero la pregunta sería: ¿son los medios quienes nos restringen estas perspectivas o somos los mismos aficionados quienes decidimos hacerlo? En Fuera de juego, los personajes son recluidos en espera de un destino desconocido; saben que están en problemas y aun así su principal interés es saber qué está sucediendo en el partido. Pareciera que el futbol es más importante que la vida misma.
Para muchos, este deporte significa algo inmenso, comparable solo con afiliaciones políticas o religiosas. Ellos son quienes lo llenan de significado. ¿Por qué las protagonistas de la cinta, que bien pudieron haberse quedado en su hogar a ver el partido, decidieron arriesgar su vida, su futuro, por presenciarlo en directo? Porque el futbol es una experiencia colectiva; las pasiones explotan en grupo. Siempre será más emocionante atestiguarlo en el estadio.
Este trance colectivo de los eventos deportivos, aunque muchas veces no se tiene tan presente, está cargado de significado. El partido de Argentina contra Inglaterra del Mundial de México en 1986 no se limitó a la emoción común de los duelos eliminatorios, sino que fue una revancha de la Guerra de las Malvinas donde los argentinos lograron sentir un poco de retribución y alivio. Maradona, como héroe nacional, humilló a los ingleses anotando el gol más bello de los mundiales y luego se burló de ellos con una mano descarada dentro del área.
Al futbol lo hacen las mismas personas que sufren agravios por un sistema que los usa. Puede que sólo nos falte entender que si somos uno mismo para celebrar un gol, podemos serlo para cuestionar los mandatos de cualquier gobernante que piense que todo le pertenece.
Frente a los que repudian las perspectivas incómodas como las de Panahi —quien, por cierto, es perseguido político en su nación en llamas—, nada más nos queda mantener la mirada fija en el fuego para que todas estas batallas ya no sean invisibles.