Foto: Abraham Esparza
Afirmar que el futbol es sólo una forma de entretenimiento es tan erróneo como creer que la política se limita a lealtades partidistas, leyes y obras públicas. De hecho, el futbol es tan político que estuvo prohibido durante casi cinco siglos en Inglaterra, hasta que fue oficialmente reglamentado en 1863 por la recién creada Asociación de Futbol (FA, por sus siglas en inglés), antecesora de la FIFA.
El motivo de su prohibición en 1314 fue evitar que los hombres se distrajeran de sus obligaciones militares, como la práctica de tiro con arco. Eran tiempos de guerra y, además de asegurar el entrenamiento necesario, era fundamental evitar lesiones como las que comúnmente ocurrían en los partidos callejeros, donde no había límite de jugadores —en ocasiones se enfrentaban aldeas enteras— y las reglas eran más bien nulas. Posteriormente, la restricción se mantuvo para proteger la mercancía de los comerciantes y no ahuyentar a los clientes con el caos de los balonazos y los plebeyos corriendo de un lado a otro.
Así, pues, este deporte fue impulsado hasta finales del siglo XIX, cuando se comenzó a gestionar a través de instituciones, para convertirse en el fenómeno masivo que es ahora. No obstante, a pesar de esa “domesticación”, nunca ha dejado de ser un “bien común” nacido en los barrios, como lo indica Ángel Cappa, director técnico, profesor de filosofía y autor de Futbol y política. Conversaciones desde la izquierda (2022).
“Con una pelota los pibes recuperan el orgullo y son algo; no porque sean famosos, sino porque crean algo”, apunta Cappa en una presentación de su libro disponible en el canal oficial de YouTube de La Izquierda Diario. El autor contrasta ese origen primigenio del balompié con el papel que ha adquirido en la actualidad: un producto sumamente redituable en la industria del entretenimiento.
En ese amplio espectro se mueve el deporte más popular del planeta, y la llegada del Campeonato Mundial 2026 —cuya audiencia se estima alcanzará los seis mil millones de espectadores— es una gran oportunidad para reflexionar en torno a sus diversas implicaciones: sociales, geopolíticas, identitarias, tecnológicas, etcétera.
Desde estas múltiples aristas se desarrolla una de las exposiciones que conforman el Corredor Cultural que se organizó en Ciudad de México en torno al Mundial: Futbol. Diseñando una pasión, instalada en el Museo Franz Mayer, ubicado en el corazón capitalino.

EL DISEÑO COMO NARRADOR DE LA HISTORIA
Los alrededor de 300 objetos que reúne la muestra conforman un recorrido histórico por los ocho Campeonatos de la FIFA que se han llevado a cabo en el continente americano, incluyendo además el Mundial Femenil de 1971 y el de la Sub-17 de 2011, ambos celebrados en México con excelentes resultados por parte de los equipos nacionales.
Lo que distingue a esta exposición es que narra la historia de los torneos a partir de su identidad audiovisual. Aborda el diseño como una disciplina capaz de cargar simbólicamente los ya de por sí potentes discursos del futbol, particularmente cuando se trata de las copas mundiales.
“Que a través de ellos (los objetos exhibidos) viéramos las diferentes aristas del diseño: diseño gráfico, de identidad, de modas, tecnología de materiales, diseño arquitectónico… Y lo que nos emocionaba mucho era cómo la imagen oficial era apropiada por los aficionados locales, y cómo los aficionados locales generaban sus propias expresiones visuales y materiales en cada Mundial”, explica Ana Carolina Abad, investigadora de la Dirección de Exposiciones del museo.
A lo largo del recorrido pueden encontrarse, por ejemplo, carteles, fotografías, balones, uniformes firmados por leyendas del futbol, trofeos, mercancía de cada mascota, modelos en 3D de cada estadio y hasta televisiones y otros artefactos tecnológicos que permitieron a los fanáticos disfrutar de la pasión futbolera en distintas épocas.
Una gran parte de los objetos fue obtenida de la Colección Épica y el Museo Nacional de Futbol en Manchester. Kevin Moore, uno de los fundadores de este último, estuvo a cargo de la curaduría de la muestra.
En cada sección hay una pantalla vertical que brinda más información sobre cada campeonato. El material presentado en ellas fue obtenido exclusivamente de redes sociales a través de investigaciones realizadas por Momoroom, de modo que las narrativas digitales también están presentes en este relato audiovisual.
A través de todo este material es que el espectador puede revivir escenas tan icónicas del futbol como el llamado “Maracanazo”, aquel partido de 1950 donde Uruguay, contra todo pronóstico, le arrebató a Brasil la Copa del Mundo en su propia casa, provocando una pena colectiva enorme y un momento que marcaría la historia: Pelé, de tan solo diez años de edad, le prometió a su apesadumbrado padre que ganaría un Mundial para él cuando fuera grande.

DISCURSOS ENCONTRADOS
“Lo que queríamos era juntar varias audiencias. Por un lado, una audiencia transgeneracional, familiar; que fueran los abuelos que vivieron el Mundial del setenta, pero también los papás que vivieron el del ‘86, y los más jóvenes que ahora están emocionados porque vamos a tener el Mundial en México. Pero también que se mezclaran aquellos que son súper fanáticos del futbol y que ellos aprendan un poco de todo el diseño que hay alrededor (...); y por otro lado que los diseñadores vean en el futbol un ámbito donde ellos también tienen injerencia”, señala Ana Carolina Abad.
El enfoque en el diseño abre conversaciones que, por supuesto, van más allá de lo estético, pues, al igual que el futbol, el diseño nunca es neutral. Por ejemplo, en la exhibición hay una página ilustrada de la revista Futbol de México y el Mundo. Colección de Oro en referencia al Campeonato Mundial de Futbol Femenil celebrado en 1971.
Dicha publicación encapsula el machismo tan normalizado y difundido en aquella época: muestra a las jugadoras con uniformes ajustados y en algunas poses para el deleite masculino; acompañadas, además, de frases como: “En lugar de ver las negras piernas de Pelé, veríamos las alabastrinas piernas de las francesitas”. El cuerpo de las mujeres no se planteaba en los medios masivos como uno capaz de lograr hazañas atléticas, sino sólo como un objeto sexualizado.
Sin embargo, a pesar de que la FIFA no reconoció este evento y de las dificultades de los equipos para obtener patrocinios, logró reunir a más de 100 mil espectadores, demostrando que el amor al deporte puede trascender los discursos sexistas. Vale la pena reflexionar qué tanto falta por avanzar en cuanto a equidad de género en este campo.
México, especialmente, permite analizar la evolución en las narrativas visuales a lo largo de las décadas, ya que es la única nación que ha sido anfitriona en tres ocasiones. Es interesante que el cartel oficial de 1986 buscara exaltar el pasado prehispánico del país, pero a través de la mirada extranjera: la de la fotógrafa Annie Leibovitz, revelando una dicotomía entre el orgullo nacionalista y el deseo de integrarse a un mundo globalizado. En 2026, en cambio, existe una tendencia más marcada a preservar y enaltecer lo local frente a la hiperconectividad que han traído las plataformas digitales. Esto se ve reflejado en el lanzamiento de 12 carteles, uno por cada ciudad que será sede mundialista, todos hechos por diseñadores de México, Canadá y Estados Unidos e incluyendo elementos culturales distintivos de cada lugar.

Pero más allá de los diseños oficiales, la identidad audiovisual de los torneos se define también por las imágenes documentadas en torno a la organización y desarrollo de los eventos, que también están llenas de contrastes: en la exposición se exhiben fotografías de la afición celebrando la pasión por el futbol, pero también de ciudadanos señalando a gobiernos que muestran la disposición para invertir millones de dólares en un campeonato y no en atender las crisis internas de su país, como fue el caso de Brasil en 2014.
Otro ejemplo de las convulsiones que puede generar el Mundial es el de Argentina en 1978, cuando la nación estaba sometida a la dictadura de Rafael Videla. La muestra incluye diseños creados por la comunidad internacional para condenar la legitimación del régimen autoritario por parte de la FIFA al nombrar al país como anfitrión, así como un video en que las madres buscadoras de desaparecidos intentan hacer un llamado a la justicia en medio de la cobertura mediática del torneo.
Y es que algo que queda claro es que ser sede de un Mundial es una forma de demostrar a todos los continentes que el país organizador cuenta con la solvencia económica, el aparato logístico y la estabilidad política necesarias para hacerse cargo de un evento de tal magnitud. Cada cuatro años, el futbol y el diseño se unen para ofrecer una imagen de nación moderna.
De hecho, no es coincidencia que Uruguay haya sido el primer anfitrión en la historia de esta justa deportiva. Se luchó por tal distinción para que la fiesta futbolística coincidiera con la celebración de los primeros cien años de Uruguay como nación independiente. El estadio Centenario, el cual albergó todos los partidos, fue construido especialmente para el campeonato.
Ya lo dice Rubén Gallo en Máquinas de vanguardia: tecnología, arte y literatura en el siglo XX: “Alrededor de todo el mundo, los países construían estadios como monumentos al progreso o como evidencia de que pertenecían a un grupo selecto de naciones”.
“Se construían utilizando las técnicas y los materiales más novedosos, reflejaban las tendencias de vanguardia en la arquitectura y, sobre todo, estaban diseñados para albergar el producto más vistoso y ubicuo de la modernidad: las masas”, continúa.

Esta visión, por supuesto, se hace patente en la exhibición a través de fotografías y de los modelos 3D de cada estadio donde se ha desarrollado algún Mundial en el continente americano, desde el Estadio Nacional de Chile hasta el Azteca en la capital mexicana.
De este modo, Futbol. Diseñando una pasión reúne objetos de culto que pueden atraer a cualquier aficionado, como un trofeo autografiado por Maradona o un uniforme de Pelé, pero también permite ver los contrastes en los discursos y las distintas discusiones que se generan en torno al evento deportivo con más audiencia en el mundo. Queda claro que el verdadero legado del futbol no está en los estadios que construimos, sino en las historias que contamos.