“ Por favor camina hacia adelante para atrás”, cuenta Leszek Kolakowski que escuchó en un tranvía en su natal Polonia. La aparente contradicción -no puedes avanzar yendo hacia atrás- habla por sí misma y resuena porque refleja mucho de la filosofía económica del régimen actual.
México ha vivido tiempos de prosperidad y tiempos de pobreza, etapas de sequía y otras de abundancia. Pero el común denominador en todo el periodo posterior a la Revolución Mexicana fue la permanente búsqueda del crecimiento económico. Algunos gobiernos lo intentaron por medio de la inversión estatal, otros procuraron atraer inversión del exterior; todos mantenían un activo diálogo con el sector privado nacional.
Los tiempos, las circunstancias y los sesgos de cada gobernante fueron induciendo lo que Cosío Villegas llamaría el “estilo personal de gobernar”, acepción que determinaba la concepción que, en materia económica, cada presidente tuvo respecto a la forma de atraer (o, en algunos casos, repeler) la inversión privada y la manera en que ésta se combinaría con la inversión pública para lograr el único objetivo que jamás estuvo en duda: el imperativo categórico del crecimiento económico como medio para elevar los ingresos, promover la movilidad social y avanzar hacia el desarrollo.
Evidentemente no todos aquellos gobiernos fueron exitosos en sus estrategias o en los medios por los que se fue optando, pero el objetivo nunca estuvo en duda.
Hasta 2018. Ahí todo cambió.
AMLO hablaba del desarrollo estabilizador en tono soñador, pero su perspectiva siempre fue política, no desarrollista, como se decía en aquella época. Hablaba de los pobres en términos de lealtad al proyecto de la 4T: “es un asunto de estrategia política”. Yeidckol Polevnsky, a la sazón presidenta de Morena, lo articuló con claridad: “Cuando sacas a gente de la pobreza y llegan a la clase media se les olvida de donde vienen y quién los sacó de ahí porque la gente piensa como vive”. La filosofía económica de la 4T se limitó a mejorar la vida de su base clientelar, no al crecimiento de la economía. El proyecto es político de permanencia en el poder, no uno de desarrollo.
Una estrategia de desarrollo económico busca liberar a la población, en tanto que una estrategia política requiere preservar su dependencia.
Para AMLO todo era político y lo antes existente había sido mera corrupción.
Con un dejo bíblico, el país nació en 2018 y todo lo anterior era caos. El esquema resultó funcional para el primer sexenio de la 4T porque contó con los beneficios acumulados de las décadas que detestaban: consumieron los fideicomisos que habían sido constituidos para situaciones críticas y contingencias diversas y destruyeron el enjambre institucional que era clave para afianzar la confianza en materia económica, sin siquiera meditar sobre la razón de su existencia para, en todo caso, mejorarlos, superarlos o depurarlos.
Ahora la presidenta Sheinbaum está pagando el costo de aquellas acciones y decisiones. En contraste con AMLO, ella ya no cuenta con aquellas circunstancias. AMLO lo pudo hacer por la abrumadora presencia de su personalidad que ocultó el creciente déficit fiscal que ahora le está explotando al gobierno. Su única opción es la inversión privada, pero ahí es donde se atora el carro.
Dado que en la 4T se entiende al mundo en términos dialécticos -los buenos y los malos, los amigos y los enemigos- pretender atraer inversión privada, sea nacional o extranjera, equivale a capitular ante el enemigo.
La relación entre los gobiernos postrevolucionarios y la inversión privada no siempre fue tersa, pero incluso en los momentos más tensos se concebía a la inversión privada como necesaria. Hoy se le ve, con desprecio, como inevitable: un adversario ideológico. El dilema para el gobierno es muy claro: adherirse al dogma o reconocer la necesidad de crear condiciones y resolver entuertos para hacer posible la inversión privada. De paso, ese camino podría atenuar el riesgo de perder el grado de inversión.
¿Será posible revisar la premisa morenista al respecto? Mucho de lo que vendrá en las próximas semanas en que se discutirá el presupuesto para 2027 va a girar en torno a los crecientes riesgos fiscales que encara el gobierno y para cuya resolución no hay forma de evadir decisiones cruciales respecto a algunos rubros de gasto (notablemente Pemex) y, sobre todo, con relación a la recaudación, que sólo puede incrementarse con una economía pujante, todo lo cual retrotrae al asunto de la inversión privada.
En su libro sobre la revolución rusa, Antony Beevor relata una anécdota que retrata la forma de contemplar al mundo de gobiernos distantes. En el contexto del caos con que iniciaba la guerra civil, el embajador británico, Sir George Buchanan, enviado del rey Jorge V, primo del zar Nicolás II, urgía al líder ruso a que nombrara a un miembro del parlamento, la Duma, como cabeza del gobierno en lugar de un miembro de la realeza “para romper la barrera que separa [al zar] de la gente y con ello recobrar su confianza”. Visiblemente molesto, el zar respondió: “Usted dice, embajador, que yo debo ganarme la confianza de mi gente. ¿No será que es la gente la que debe ganarse mi confianza?”.
Todo es cosa de perspectiva, pero el horno no está para bollos.