En muchos países, la selección de miembros de un gabinete o de titulares de cargos importantes vinculados a la seguridad nacional es un proceso complejo, largo y contradictorio. Hay naciones donde por el hecho de tratarse de regímenes parlamentarios, la investigación de seguridad se da casi en automático. Por ejemplo, en Inglaterra, después del escándalo de espionaje de los cinco de Cambridge de los años cincuenta y sesenta, incluso hay un proceso de investigación y vetting, posterior a la elección al Parlamento. En algunos países con regímenes autoritarios la investigación se hace de manera sigilosa y a través de los servicios de inteligencia o de las fuerzas armadas. En otros países más se ha llevado el proceso al extremo, hasta obstaculizar el reclutamiento de personal para altos cargos.
Este es el caso de Estados Unidos. Desde hace unos cuarenta años, el proceso de clearance y de vetting para miembros del gabinete, subsecretarios, jefes de organismos autónomos y embajadores es tan tortuoso, minucioso y excesivo que mucha gente calificada ha preferido no aspirar siquiera a un cargo. Saben que implica ser pasado a la báscula en los detalles más íntimos de su vida privada. La investigación por el FBI, en particular, entra a todos los detalles presentes y del remoto pasado de cada aspecto de la vida de cada candidato. Con quién jugaba béisbol de niño, quiénes fueron sus novias o novios de adolescente, si fumaba marihuana en la universidad, si tuvo contacto con organizaciones terroristas o comunistas, si tuvo relaciones fuera de matrimonio, si alguna vez cambió de preferencia sexual, si se vinculó a personalidades reprobables.
Un caso reciente, no de Estados Unidos, pero patético, fue el del último embajador del Reino Unido en Washington, Peter Mandelson. Desde un principio se conocían sus vínculos con Epstein. Pero la intensidad de dichos vínculos solo apareció cuando ocupó el cargo. Fue justamente uno de los factores que llevó a la renuncia al primer ministro Keir Starmer.
En México es obvio que carecemos de procesos institucionales de este tipo. Para empezar, porque no existe un FBI, -quizás afortunadamente- y porque el CISEN es incapaz de realizar cualquier investigación seria. Pero en los hechos se produce un vetting implícito de los miembros en potencia del gabinete. Salvo cuando se trata de amigos personales del presidente. Nadie se atrevería a informarle que su compadre fumaba mota a los quince años y su comadre se acostaba con todos los niños de la prepa cuando era chica.
En sexenios recientes se ha dado una especie de vetting. Tengo entendido que en el de Carlos Salinas, por ejemplo, José Córdoba fue quien fiscalizó a la mayoría de los miembros del gabinete, pero seguramente no de la familia inmediata del presidente Salinas. En el caso de Zedillo, fueron Luis Téllez, Jorge Tello y lo que después sería la segunda sección del Estado Mayor Presidencial, quienes se abocaron a esta tarea. Con Fox, Ramón Muñoz y Carlos Rojas Mañón se ocuparon de la investigación de los encargados de los distintos despachos. Rojas lo hizo exclusivamente con los secretarios de Marina y de la Defensa, cosa que también se hizo desde el sexenio de Salinas con Estados Unidos. Creo que todos los presidentes, con la probable excepción de López Obrador y de Sheinbaum, han consultado a agencias norteamericanas sobre posibles elementos comprometedores para sus ternas de las Secretarías de Defensa y Marina. En el sexenio de Peña Nieto el encargado de esta función fue un colaborador cercano de su equipo, Andrés Antonius, que trabajaba en Kroll International.
En mi caso, cuando Fox me informó que me había nombrado secretario de Relaciones Exteriores, me comentó un episodio que le había transmitido Muñoz. En una ocasión en que llegué a la Ciudad de México procedente de Nueva York, donde daba yo clases, se encontraban presentes tan pocos agentes de migración y tramitaban el ingreso con tanta lentitud, que me molesté y les reclamé. No como colaborador de Fox, sino como simple ciudadano furioso porque me estaban haciendo perder mucho tiempo por huevones. Fox me indicó que debía ser más cuidadoso en cuanto ocupara el cargo.
Todo esto viene al caso a propósito de Víctor Rodríguez Padilla y de la golpiza que le infligió a su esposa, y de la evidente incompetencia del equipo de transición de Claudia Sheinbaum. De acuerdo con las versiones disponibles hasta ahora, Rodríguez no solo le impuso una madriza inmisericorde a su cónyuge, delante de su hijo, en marzo de este año, sino que tales episodios comenzaron desde 2022. Ahora resulta que su anterior esposa, una tal Carmen, también fue objeto de ataques análogos durante los doce años que duró su matrimonio. Se antoja difícil creer que, si Rodríguez era un golpeador consuetudinario, nadie que lo hubiera investigado meticulosamente se enterara. Probablemente nadie lo investigó ni meticulosa ni superficialmente.
Los golpeadores en serie de mujeres no son tan difíciles de detectar cuando se les investiga con esmero. Existen familiares, amistades, enemigos, colegas, que en algún momento se enteraron de esa conducta. Mientras se trate únicamente de un académico, o un empresario, o un profesionista, o un dentista, da exactamente lo mismo, salvo para su esposa y sus hijos. Prefiero creer que Sheinbaum no se tomó la molestia de investigar ni a Víctor Rodríguez ni a ningún otro miembro de su gabinete, en lugar de resignarme a la idea de que sí los investigó, sí sabía que era golpeador de mujeres, pero lo nombró de todas maneras porque le parecía competente y lo demás era lo de menos.
Lo que no sabemos es si, al igual que en el caso de José de Jesús Gutiérrez Rebollo, el zar antidrogas de Zedillo que resultó ser socio del Señor de los Cielos, los demás miembros del gabinete han sido investigados o no. Lo más probable es que no. Por tanto, también es probable que nos amanezcamos un día con la noticia de que fulano es narco, mengano es transdresser en secreto, perengano es pedófilo y otros se han dedicado a robar, plagiar, extorsionar y chantajear a lo largo de su vida. México no empezó a ser bananero con la 4T. Pero vamos que volamos hacia eso. Y el caso Rodríguez Padilla es una muy buena, aunque pequeña, ilustración de lo mismo.