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Geopolítica del fútbol

ENRIQUE KRAUZE

El futbol no explica el mundo, pero el mundo explica algunos avatares del futbol.

Inglaterra lo inventó y exportó a sus dominios. Su desarrollo en esa isla se truncó con la Primera Guerra Mundial. Toda una insensata generación se enamoró de la verdadera guerra y no de la que habían practicado en los campos de Eton. Entre 1939 y 1945, la siguiente generación libró heroicamente la Segunda Guerra. Cuando apenas comenzaba a recuperarse, en 1958, los jugadores del Manchester United, base de la selección, murieron en un accidente aéreo.

Ocho años más tarde, siendo sede, Inglaterra conquistó la Jules Rimet. Aunque no ha vuelto a ganar una Copa Mundial, su Premier League -crisol de culturas, escuela de elegancia, fortaleza y fair play- es la mejor del planeta.

Francia, Alemania, Italia y otros países de Europa padecieron los mismos efectos de las guerras. El fascismo y el nazismo utilizaron políticamente el deporte. Los aliados, tras derrotarlos, propiciaron un proceso de desnazificación que canalizó a la juventud hacia fines que exaltaran la vida, no el culto a la muerte. En libertad, Alemania se volvería una máquina casi invencible. Francia, enriquecida por la inmigración del norte de África, brillaría también, con creciente intensidad e inspiración. Lo mismo ocurrió con Portugal, que integró felizmente a sus antiguas posesiones africanas.

La URSS y sus satélites invirtieron en el futbol (como en la música) con miras de propaganda, pero con buenos resultados deportivos. Y, sin embargo, también en el juego había anhelos de libertad, como demostró la gran selección húngara, al simpatizar con la revolución democrática de 1956, tras la cual muchos jugadores optaron por el exilio. La caída del Muro de Berlín liberó las energías de esos países. Rusia ha preferido sacrificar a su propia juventud y masacrar a la de Ucrania.

En España, los efectos de la guerra civil fueron devastadores. Muchos jugadores murieron en el frente, otros se exiliaron, como la selección vasca en México. La dictadura franquista politizó aún más el deporte. La inmigración de estrellas húngaras y argentinas presidió una recuperación que, a partir de la transición democrática, ha sido constante. El rico mosaico regional de España se refleja en el deporte. El carisma de sus dos principales equipos es un fenómeno global. Su selección es una orquesta sinfónica dirigida por un lector de Séneca, el estoico cordobés.

La participación marginal de América Latina en las guerras mundiales permitió que su futbol tuviera un desarrollo continuo. En ningún lugar prendió mejor la huella inglesa que en Argentina y Uruguay.

Solo en Argentina hay equipos con nombres como Racing, River Plate, Boca Juniors, Newell’s Old Boys. Uruguay triunfó en los mundiales del 30 y el 50. Y extrañamente, a pesar de sus dictaduras militares y delirios populistas, Argentina siguió siendo una potencia. Ha producido inmensos talentos en la literatura y muchas otras áreas (claramente no en la política) y los ostenta también -legítimamente- en este deporte. Su bravura -reminiscencia gauchaes admirable.

Desde el siglo XIX, Estados Unidos comenzó a exportar el beisbol a Venezuela, Centroamérica, Cuba, el Caribe. El resto de nuestros países imprimió al futbol su cultura popular. Brasil lo adaptó a su genio específico: en vez del tango insinuante, la sinuosa samba. Pelé fue el sol por varias décadas. Hoy Brasil ha caído ante la resurrección de los vikingos. Ya renacerá.

Ha sido espectacular la descolonización futbolística de África. El Medio Oriente, al menos en este aspecto, en general avanza.

También Turquía, cuando mira a Occidente. El viejo mapa del Reino Unido es futbolístico, pero la India prefiere el críquet. En el Lejano Oriente -a excepción de Japón y Corea- destacan deportes más individuales y disciplinados.

En Norteamérica, Canadá es un heredero modesto de la tradición inglesa, pero para Estados Unidos el Mundial era su consagración. Su presidente imperial la echó a perder.

¿Y México? Aunque hemos tenido un papel marginal, somos el único país que ha celebrado tres veces el Mundial. (Sobre algunas peripecias, es divertida la película México 86). Ante las muestras de hospitalidad, alegría y patriotismo valdría la pena fomentar seriamente este deporte. El actual gobierno -profesional de la mentira y la ineptitud- sería incapaz de hacerlo, pero tal vez la iniciativa privada pudiera adoptar ese proyecto. Resultaría más fructífero que dar dinero a los jóvenes a cambio de servidumbre y obediencia. Y es que en el futbol, como demuestra la historia del siglo XX, el verdadero gol es el de la libertad.

ÁTICO

El futbol en el siglo XX es una modesta hazaña de la libertad.

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