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Geopolítica del narco en la era Trump

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Presionado por Donald Trump, el gobierno mexicano dio en febrero el mayor golpe al crimen organizado en los últimos años. Y mientras EUA bombardea a Irán, retiene al expresidente venezolano Nicolás Maduro y asfixia a Cuba, acusa a México de ser "el epicentro de la violencia de los cárteles". ¿Tiene razón? ¿Por qué dice eso el presidente del país que es el mayor mercado de drogas y armas en el mundo, y sede de las redes financieras que usan las organizaciones criminales para mover sus ganancias?

El narco no es un asunto exclusivamente criminal, sino que tiene que ver también con la pugna por el control de espacios, rutas y redes legales e ilegales, y, sobre todo, con la obtención de rentas extraordinarias que genera una cadena de valor globalizada. Dado que los estados nacionales también luchan por espacios, y las economías capitalistas buscan captar rentas de las cadenas de valor, el cruce entre actividades lícitas e ilícitas se vuelve parte de un sistema que, por cooptación o coerción, tolera y hasta promueve las operaciones de los cárteles por más que estos compitan con actores políticos y económicos legales y legítimos.

La geopolítica del narco tiene como punto de partida la integración de seis elementos básicos en una misma arquitectura copiada de las estructuras estatales en las que se inserta: territorio, población, rutas de movilidad, poder político, poder de fuego y flujos financieros. El territorio sirve de plataforma para producir, almacenar, distribuir y ejercer un paragobierno. Dentro del territorio, la población desempeña labores múltiples y muchas veces simultáneas como fuerza laboral, ejército informal, base social, caja de resonancia cultural y mercado de consumo. Las rutas nacionales e internacionales son el sistema circulatorio de la economía de los cárteles. El narcotráfico no es un escollo del comercio globalizado, sino su consecuencia: se vale de él. Los flujos de drogas suelen ser subsidiarios de los flujos de mercancías legales.

Respecto al poder político, poco más se puede decir: sin corrupción, impunidad selectiva y tolerancia efectiva, los alcances de los cárteles serían mucho más acotados. Para ejercer el control sobre el territorio, la población y las rutas, los cárteles necesitan poder de fuego. Las rutas llevan, pero también traen; son vías de doble circulación. Los grupos criminales que operan en México se abastecen de las armerías legales de EUA. Y el último elemento de la arquitectura del narco son las redes financieras, las cuales pueden ser físicas y/o digitales. El efectivo obtenido por la venta de droga o demás actividades criminales se concentra en nodos para ser transferido a través de sistemas financieros transfronterizos y, eventualmente, convertirse otra vez en efectivo o ser blanqueado en actividades lícitas.

Podemos asegurar que los cárteles existen gracias a un entramado político y económico formal y transnacional que permite y muchas veces fomenta su existencia con distintos grados de tolerancia por razones diferentes. Si un estado nacional decide hacer frente a los cárteles de manera efectiva y eficiente, debe atacar no sólo su circuito territorial, sino también sus circuitos de capital y armamento, así como la red de complicidades institucionales que le brinda apoyo. Enfrentar al narco sin golpear su capacidad financiera, estrangular su poder de fuego ni cortar su acceso a las estructuras legales, es abrir la puerta a un baño de sangre producto de una larga guerra irregular en la que la población y el territorio son el campo de batalla. En México lo hemos visto.

De forma similar a los cárteles que replican estructuras estatales en su operación, el narcotráfico como fenómeno dentro de un sistema mundial puede entenderse como una cadena internacional ilegal de valor que reproduce características de la economía globalizada. Me refiero a rasgos como la división geográfica del trabajo, la transferencia y concentración de excedentes, la jerarquización y líneas de mando y la competencia por posiciones estratégicas. Se trata de una estructura en la que existe un centro, una semiperiferia y una periferia en la que fluyen capital, materias primas, mercancías y trabajo.

La narcoeconomía funciona de manera parecida, con su generación de rentas extraordinarias que atraviesan fronteras gracias a un sistema interestatal que administra sus flujos -drogas, armas y dinero-, no como una anomalía sino como una realidad estructural. EUA es el centro, es decir, el lugar hacia donde fluye la mayor parte de la droga, en donde se genera y se queda el valor económico más alto y desde donde fluyen las armas que empoderan a los ejércitos de los cárteles de la semiperiferia y la periferia. Los países de América Latina precisamente representan los espacios semiperiféricos y periféricos del narcosistema, con funciones que complementan al centro: territorios de producción, tráfico y disputa, donde se despliegan capacidades logísticas, paraestatales y paramilitares que abarcan un amplio catálogo de actividades lícitas e ilícitas.

No obstante, el foco de Washington está en los cárteles que operan fuera del territorio estadounidense, que son vistos como amenazas a la seguridad nacional. Poco se habla de las agrupaciones que manufacturan y distribuyen las drogas dentro del país y que llevan las sustancias de la frontera sur a las calles de Detroit, Filadelfia y Nueva York. Dichas agrupaciones son tratadas como "pandillas" que, con todo y que están armadas y controlan rutas y territorios -como los cárteles-, se asumen como un problema de orden menor. La contradicción es evidente: mientras los grupos "narcoterroristas" externos son un asunto de seguridad nacional que requiere incluso la intervención de las fuerzas armadas, las pandillas son una cuestión de seguridad pública que, incluso, es tolerada en ciertas circunstancias. ¿Por qué es así? Porque es como mejor sirve a los intereses geopolíticos de Washington.

Existen elementos para sugerir que el propósito real de la política de Trump sobre el narcotráfico no es combatirlo, sino expandir su autoridad legal y coercitiva. Usar esa autoridad como palanca geoeconómica y geopolítica sobre México y otros países del continente para reordenar la relación en términos de frontera, migración, extradiciones, inteligencia, finanzas y cadenas logísticas, en un momento en el que la competencia sistémica con China ha llevado a EUA a cambiar la hegemonía por la dominación pura y dura. El lenguaje de seguridad nacional para enfrentar una "amenaza externa" le sirve para habilitar herramientas de excepción y "justificar" medidas coercitivas geoeconómicas como los aranceles. El objetivo último sería disciplinar a los gobiernos del continente, obligándolos a asumir mayores costos de seguridad bajo la visión estadounidense; exigiéndoles que se alejen de actores extrahemisféricos, como China, y presionándolos para que se conviertan en un espacio más de salida de los enormes inventarios de armas del gigante americano.

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