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Getsemaní

J. SALVADOR GARCÍA CUÉLLAR

El relato de la oración en el huerto de Getsemaní ocupa un lugar central en los evangelios sinópticos. San Lucas, con su estilo sobrio y preciso, nos dice que después de la Última Cena, Jesús salió de Jerusalén, acompañado de sus discípulos, hacia un lugar cercano, un huerto de olivos al pie del monte llamado Getsemaní. El nombre mismo es ya un símbolo, significa prensa de aceite, y evoca la imagen de la aceituna triturada para dar su más valiosa sustancia. En esta metáfora está resumida la experiencia de Cristo, que en la víspera de su pasión fue "prensado" en lo más íntimo de su ser, cargando con una angustia que ningún texto puede expresar cabalmente. Getsemaní es, entonces, el lugar de la agonía y de la oración, el sitio donde la humanidad de Jesús se enfrenta al peso insoportable de la cruz y a la misión de entregar su vida y su sangre gratuitamente.

Jesús invita a sus discípulos más cercanos a acompañarlo en la oración, pero se retira a una corta distancia. A solas, eleva su súplica al Padre, consciente de que los tormentos serían atroces: azotes, injurias, golpes, la corona de espinas y, finalmente, la crucifixión. Pero más allá del dolor físico, lo abruma la carga espiritual de asumir los pecados de la humanidad entera, según la interpretación de los teólogos.

La oración en Getsemaní no es de alabanza ni de gratitud, sino de petición angustiosa: que se aparte de Él aquel sufrimiento. El texto afirma que Jesús entró en agonía y oró más intensamente. El estado agónico no se refiere a la cercanía de la muerte por alguna enfermedad terminal, sino a la ansiedad del que sabe lo que le espera cuando se trata de la crucifixión, el más atroz de los tormentos físicos y morales, pues era el castigo de los peores delincuentes.

El evangelista describe un fenómeno que subraya la intensidad de su congoja: su sudor se mezcla con sangre que cae en grandes gotas. La ciencia médica reconoce esta condición como hematidrosis, un estado raro en el que el estrés extremo provoca la ruptura de los vasos sanguíneos que rodean las glándulas sudoríparas, de modo que la sangre se expulsa junto con el sudor. Pero no se trata solo de la condición patológica de la transpiración, sino, además, de su caída profusa. Es la somatización de una angustia muy intensa, la traducción física de un tormento espiritual. El lector de San Lucas puede así vislumbrar la magnitud de la ansiedad del Redentor, que incluso llega a expresar la posibilidad de renunciar a la misión por el peso insoportable de la angustia.

Imposible imaginar un dolor semejante. La visión de la crucifixión, unida a la carga de los pecados de todos los hombres, debió conducirlo a la depresión más profunda que alguien haya experimentado. Y sin embargo, en medio de esa oscuridad resplandece la frase decisiva: "No se haga mi voluntad, sino la tuya." En esas palabras se revela la adhesión plena de la voluntad humana de Jesús a los designios salvíficos del Padre. No es una sumisión forzada, sino un acto de libertad y de amor absoluto, y en esa confianza filial se cumple la oración que Él mismo enseñó: "Hágase Tu voluntad."

El contraste es notable, mientras Cristo atraviesa el trance más hondo de su existencia, sus discípulos duermen. No comprenden la gravedad del momento, no comparten la angustia de su Maestro. San Lucas, fiel a su estilo conciso, refiere una sola reprensión de Jesús por su sueño, mientras que Marcos y Mateo narran tres advertencias. Esa diferencia subraya la economía narrativa de Lucas, pero también la soledad radical de Cristo en Getsemaní.

El huerto se convierte en el escenario de la decisión más trascendente de la historia: aceptar la pasión y la cruz por amor a la humanidad. Getsemaní es la prensa donde la aceituna se convierte en aceite, y donde la vida de Jesús se confirma como entrega total. La angustia, la hematidrosis, la súplica desesperada y la aceptación final constituyen un drama que revela la insignificancia de la condición humana y la grandeza del amor divino. En ese lugar, bajo los olivos, se da una dialéctica crucial para la humanidad: el rechazo del sufrimiento y la voluntad del Padre.

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