Guatemala y Chile dan testimonio de cómo el poder político-económico de Estados Unidos da coces contra el valor fundamental que dice defender alrededor del mundo: la democracia. En 1954 un golpe de Estado depuso al presidente Jacobo Árbenz en el país del quetzal, acusado de «conspiración comunista», afectar intereses estadounidenses y representar una amenaza. La reforma agraria de Árbenz enfureció a la United Fruit Company (UFCO, por sus siglas en inglés), dueña de tierras y haciendas, la cual tenía de socios a los hermanos John Foster Dulles (secretario de Estado) y Allen Welsh Dulles (director de la CIA). Al «Pulpo» se le expropiaron grandes extensiones de terrenos ociosos y se le indemnizó de acuerdo con la ley, pero los valores catastrales registrados por sus dueños habían sido falseados para pagar menos impuestos.
Conocido como «El Soldado del Pueblo» por su cercanía con los pobres y su papel en la Revolución de 1944, que libró a Guatemala de una dictadura atroz alineada con Estados Unidos, el Gobierno de Árbenz concitó la inmediata repulsa del presidente Dwight D. Eisenhower. Árbenz trazó en su discurso inaugural los objetivos de su Administración: «Convertir nuestro país de una nación dependiente y de economía semicolonial en un país económicamente independiente», y hacer de una Guatemala atrasada y de economía predominantemente semifeudal «a un país moderno y capitalista». La transformación del movimiento arbencista planteaba «la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas del pueblo». El mensaje generó esperanza entre los chapines. Para Washington era una provocación inadmisible.
La renuncia de Árbenz fue el corolario de una campaña de desestabilización financiada por la CIA y la UFCO, denominada «PBSUCCESS», marcada por pifias, bombardeos contra la ciudad de Guatemala y amagos de invasión militar. Estados Unidos impuso en su lugar a un títere: Carlos Castillo Armas, coronel anodino cuyo bigote estilo «cepillo de dientes» recordaba a Hitler. Tres años después del golpe militar, Castillo fue asesinado por uno de sus guardias, recién contratado, quien se suicidó enseguida. Árbenz se exilió en Uruguay y México, donde falleció en 1971. Mario Vargas Llosa, narra la historia en Tiempos Recios. La maquinaria para derrocar a Árbenz se echó a andar en una oficina de relaciones públicas.
El Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington revela en su informe La CIA y los asesinatos: Los documentos de Guatemala de 1954: «Estos documentos, incluyendo una guía de instrucciones sobre asesinato hallada entre los archivos de entrenamiento de la operación de la CIA "PBSUCCESS", figuraban entre los cientos de registros publicados por la Agencia el 23 de mayo de 1997 sobre su participación en el infame golpe de Estado (...). Tras años de responder a las solicitudes de la Ley de Libertad de Información con su habitual "no podemos confirmar ni negar la existencia de dichos registros", la CIA formalmente desclasificó unas mil 400 páginas de las más de 100 mil que se estima que se encuentran en sus archivos secretos sobre el programa de desestabilización guatemalteca».
La operación, autorizada por el presidente Eisenhower en agosto de 1953, «contaba con un presupuesto de 2,7 millones de dólares para "guerra psicológica y acción política» y "subversión" (…). Sin embargo, según un estudio interno de la CIA sobre el llamado "programa K", hasta el día que Árbenz renunció el 27 de junio de 1954, "aún se consideraba la opción del asesinato». Una vez separado el presidente del poder, «cientos de guatemaltecos fueron detenidos y asesinados. Según estimaciones de grupos de derechos humanos, entre 1954 y 1990, los agentes represivos de sucesivos regímenes militares asesinaron a más de 100,000 civiles», dice el estudio citado.
En 2003 el Departamento de Estado desclasificó miles de documentos sobre la participación del Gobierno en la caída de Árbenz. La historia del primer golpe de Estado en América Latina la plasma Diego Rivero en el mural Gloriosa victoria. La sátira muestra a Castillo Armas pactar con los hermanos Foster Dulles y el rostro del presidente Eisenhower en la ojiva de una bomba. También aparecen un barco de la United Fruit Company y el arzobispo Mariano Rosell mientras oficia una misa sobre los cuerpos de trabajadores masacrados.