Prolífico y afable como solo puede serlo quien ha hecho no solo una vida de la palabra misma sino aquel que también se ha convertido en un habitante entre páginas que desde sus propias letras ha sabido hacer que las palabras suenen aún más vivas, Gonzalo Edmundo Celorio y Blasco ha conquistado nada menos que el Premio Cervantes.
Nacido en la ciudad de México un 25 de Marzo de 1948, el autor de Los mentideros de la Memoria, Y retiemble en sus centros la Tierra y Ensayo de Contraconquista ha sabido convertirse en una de las pocas buenas noticias que pudieron sucedernos en las últimas semanas, tras haber conseguido por mérito nada menos que el más grande reconocimiento al que se puede aspirar en nuestra literatura castellana, desde el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.
Ante la presencia del Rey Felipe VI y de las autoridades académicas supo aprovechar el momento para deleitar a quienes le acompañaban no solo aderezando con humor agudo e ingenio propio, sino también para tender puentes en dos direcciones necesarias: al presente y al pasado.
En primer lugar, desde lo que a su juicio constituye ciertamente el legado de grandes autores y creadores de géneros literarios como Alfonso Reyes y Michel de Montaigne, a quienes nunca ha dejado de recurrir lo mismo desde sus obras publicadas que desde sus cátedras como Profesor de tiempo completo en la Universidad Nacional Autónoma de México, misma que considera no solo su Alma Mater sino también su trinchera.
En cuanto a lo segundo, como un mexicano que se reconoce públicamente como digno heredero de lo mejor que ha dado la cultura tanto del Viejo como en el Nuevo Mundo, el enamorado del ensayo y de la crónica-a la que define como otra de las formas de hacer historia-también ha sabido tomar la palabra para sepultar los enconos absurdos que solo la politiquería barata de la mano de la superchería ideológica han pretendido seguir haciendo campo de batalla en nuestro país con agravios supuestos y traumas ficticios-manipulados desde el poder en turno y sin escrúpulos-para intentar desviar la atención con respecto a quienes somos como mexicanos y los problemas que realmente nos afectan.
No en vano durante la Ceremonia de entrega, Gonzalo Celorio aprovechó la ocasión para recordar que la exigencia reiterativa de un perdón por parte de España-mismo que ya se había ofrecido por parte del Rey Juan Carlos I durante la Cumbre de las Américas en el año de 1991-ha sido no solo un despropósito sino también anacrónica, por juzgar que no se puede solicitar un perdón por algo que sucedió hace tantos siglos, cuando ni siquiera existían los Estados-Nación como existen ahora, y menos aún cuando ya había violencia entre las propias sociedades indígenas de aquel tiempo.
También desestima como retrotópica esta exigencia tan absurda como recurrente por parte de la clase política gobernante desde 2019 por juzgar aquellas sociedades indígenas como una especie de utópico paraíso perdido, sin atender a su realidad.
En contraparte, subrayó que la lengua española no se utilizó como un elemento hegemónico ni como un arma para conquistar, porque los evangelizadores aprendieron para ello no solo todas las lenguas indígenas, difundiendo su riqueza a través de la copiosa elaboración de Diccionarios que abarcaban desde el nahua hasta el araucano: "En realidad, la lengua española no fue la lengua de la conquista, sino la de la independencia".
Y no se equivoca tampoco pues fue precisamente gracias al acrisolamiento de la palabra que lo que fueron Virreinatos tarde que temprano tomaron consciencia de su propia identidad forjada, asumiendo todos aquellos elementos que consideraron a un tiempo tan suficientes como necesarios para intentar constituirse como naciones hispanas dotadas de autogobierno e independientes de la Madre Patria.
Con este reconocimiento a Celorio se reconoce no solo lo mejor de la lengua de Cervantes sino también nuestra memoria histórica, poniendo en alto a la Universidad Pública que, como gran herencia española, nos ha sabido dar a grandes hombres como él.