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Guardian de la memoria

ENRIQUE KRAUZE

ÁTICO

Fausto Zerón-Medina vertió su amor a México en telenovelas históricas inolvidables. Murió hace unos días.

Nos conocimos en el fragor del 68.

Él era consejero universitario por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y yo por la de Ingeniería. No recuerdo cuáles fueron las primeras palabras que cruzamos. Él sí las recordaba.

Él recordaba tantas cosas. Se llamaba -y cómo duele, a unos días de su muerte, usar ese tiempo verbal- Fausto Zerón-Medina.

Nació en 1947. Pasó su infancia y adolescencia en Guadalajara donde estudió en colegios maristas y jesuitas. Cuando llegó a México para cursar simultáneamente la carrera de leyes y de ciencias políticas, traía consigo un asombroso bagaje de cultura católica. Su saber, metódico y comprensivo, se centraba en la historia de la Iglesia en México, pero su catolicidad hacía honor a la raíz griega de la palabra. Lo abarcaba todo: las artes y la literatura, la filosofía y la teología. Y en ese todo, por supuesto, cabía la cultura clásica que Fausto también hizo suya.

Por sus obras -como manda el Evangelio- comencé a conocerlo. Me surtía de libros y folletos provenientes de la biblioteca de su abuelo, sugerencias sobre enfoques históricos, datos desconocidos, nuevas pistas, documentos sorprendentes. Nunca fue condescendiente. Por el contrario: introducía matices, incertidumbres, intentos de mesura.

Cuando juntos fundamos la Editorial Clío en 1991, Fausto puso su amoroso empeño en la escritura y edición de un libro hermosísimo: lo tituló Felicidad de México. No era solo la historia ilustrada de la Virgen de Guadalupe, sino la historia de la Virgen María y su advocación mexicana.

Mi amigo y yo admirábamos las telenovelas históricas de los años sesenta y setenta, magistralmente escritas por Eduardo Lizalde y Miguel Sabido. En los ochenta Fausto comenzó a construir una nueva etapa del género junto con el gran productor Ernesto Alonso. El ciclo, creado en Televisa y alentado por Emilio Azcárraga Vidaurreta, comprendió tres series que el público siguió con pasión: Senda de gloria, El vuelo del águila y La antorcha encendida. Poco después, Fausto escribió Los Minondo, para Canal 11.

Recuerdo con nostalgia El vuelo del águila. Tenía 140 capítulos. Con meticulosidad y rigor, Fausto no solo investigó los hechos históricos y el perfil de los personajes, sino el mundo que los enmarcaba: los escenarios, los paisajes, el mobiliario, la vestimenta, las formas de hablar. La producción incluyó escenas espectaculares de participación popular, en especial las batallas. Como complemento, Fausto editó libros ilustrados en los que el lector podía recorrer un siglo de historia a través de objetos, reliquias, cartas, retratos, manifiestos, postales: museos en papel.

Fausto vivía en el pasado. Es ahí donde era feliz. Rodeado de muebles antiguos en su casa de Coyoacán, tarareando canciones de los años veinte. Quizá su vocación nació en la frecuentación de sus abuelos, sobre todo a su abuela Julia (memoriosa mujer, que vivió hasta los 101).

Tal vez por eso quería restaurar el abolengo mexicano.

Restaurar, ese era su empeño. Apoyando a Josefina Laris -su encantadora y dinámica esposa- Fausto colaboró en la fundación de “Adopta una obra de arte”, institución que ha devuelto la vida y el esplendor a varias antiguas iglesias y capillas, sobre todo en Michoacán. Para Fausto, pasar unos días en su casa de Tzintzuntzan, junto al convento fundado por Vasco de Quiroga, no era un descanso: era una epifanía.

Las tres virtudes teologales libraban una dura batalla en su alma: nunca supe si mantuvo la fe, sé que muchas veces perdió la esperanza, pero siempre practicó la caridad. Así interpreto su colaboración con Guita Schyfter y Hugo Hiriart en la película Huérfanos sobre Melchor Ocampo. Aquel gran liberal había crecido en un orfanatorio, al cuidado de una santa mujer que recogía niños desamparados. Fausto comprendía muy bien esa vocación. Había trabajado afanosamente al lado de Rosa Verduzco en aquella institución que salvó la vida de cientos de niños que ahora son abuelos y bisabuelos, obra que la ceguera y la maldad del gobierno se empeñó en destruir.

El pasado mes de mayo, en torno a los cumpleaños y fechas luctuosas de nuestras familias, me escribió: “Pesar y alegría. Brisa y escarcha. Futuros sobre un enjambre de pasado”. La memoria para él era un intento de detener el tiempo. Y parafraseando a Unamuno, cuyo sentimiento trágico de la vida compartía, agregó: “el tiempo es forma de la eternidad”.

En la penuria, me apoyó. En la duda, me orientó. En el dolor, me consoló. Debería existir una palabra para la orfandad del amigo.

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