Lo conocí hace más de medio siglo, en el CCH donde ganó fama por reprobarse a sí mismo. En una época de nuevas pedagogías, un profesor pidió que nos autoevaluáramos; el único sincero fue Frank y se puso la peor nota.
Eso le otorgó peculiar autoridad. Alguien que se cuestionaba a sí mismo con dureza merecía ser escuchado con respeto. Fue el implacable juez del salón de clases.
Las amistades de los 18 años se disuelven sin pleitos de por medio; la vida se complica y bifurca los caminos. Pero Frank no deja de volver.
Su carácter inconforme le impidió cursar una carrera; pasó por Medicina y Veterinaria, y derivó en la venta de animales. El negocio de su familia era un squash cercano a la estación Ermita del Metro que él convirtió en un arca de Noé. Comenzó vendiendo especies pequeñas. En una ocasión me pidió que lleváramos en mi coche los pollitos que le habían encargado en un almacén; la caja se abrió y pasamos una hora recuperando la inquieta mercancía en los entresijos del Vocho.
Si íbamos de excursión, se hacía cargo de tareas incómodas como quitarle las escamas y las tripas a un pescado o hacer guardia afuera de la tienda de campaña, oyendo el aullido de los coyotes. Cuando subimos al cráter del Nevado de Toluca, no llevaba más abrigo que un suéter de Chiconcuac y declaró que nuestro frío era psicológico.
Su singularidad se extendía al deporte. Afecto al riesgo, jugaba con nosotros de portero; carecía de agilidad, pero se lanzaba en forma temeraria a los pies de los rivales.
Después del terremoto de 1985, se unió a una brigada de rescatistas y se convirtió en hombre topo. Escribía su nombre y su teléfono en distintas partes del cuerpo, por si un derrumbe hacía que encontraran una mano o una pierna. Cumplió sin alardes esta tarea de héroe, convencido de la inutilidad de los elogios.
De las mascotas menores, pasó a especies raras. La llegada de internet le permitió traficar con arañas venenosas. Por la misma razón por la que se juega a la ruleta rusa o se practican deportes extremos, se compran insectos capaces de matar. Frank abría un portal con sus ofertas venenosas, vendía las existencias en unos minutos y cerraba el sitio web.
Siempre pensé que lo que más le gustaba de esas transacciones era la posibilidad de ser descubierto. Se lo dije y, como de costumbre, me puso en mi lugar. Valoraba la crítica, pero sólo él podía ejercerla.
La fauna silvestre de México le permitió comerciar con pumas. Uno de ellos le dio un tope en la cara que le tiró un diente. No quiso ponerse otro: "El problema es de los demás: yo no me veo", dijo con elocuencia.
En 1986, Werner Schroeter dirigió la primera puesta en escena de la ópera Salomé en México. Estuve cerca del montaje porque compartía departamento con Ignacio Toscano, director de la Ópera de Bellas Artes. Schroeter decidió que su obra necesitaba un camello, se lo conté a Frank y contestó como si le hubiera pedido una pizza: "¿A qué hora lo llevo?".
Mi amigo se casó, tuvo dos hijos y llevó una vida estable hasta que dos especies de alto riesgo se cruzaron en su camino: los animales salvajes y los políticos.
A través de amigos de amigos, consiguió un puesto en la Secretaría de Gobernación, en el área de la policía política. Ahí alcanzó un momento de gloria impune: la venta de un tigre blanco.
El éxito desordenó su vida familiar. Demasiado tarde, entendió que lo más peligroso de su negocio eran los clientes. Sus cómplices en el gobierno cayeron en desgracia y fue a dar a la cárcel.
La persona que había rescatado vidas vio cómo se pulverizaba la suya. En la crujía, fue sometido a un rito de paso que lo obligó a tragar el mercurio de un termómetro. Salió del reclusorio enfermo y con una mente que no correspondía a la realidad.
Traté en vano de que amigos comunes le dieran trabajo. Me pidió dinero para un tratamiento contra el mercurio en la sangre y lo usó para otra cosa. Rompió los vínculos con sus hijos y comenzó a dormir en las calles o en un puesto de pájaros, afuera de una estación del Metro.
Cada cierto tiempo me visita. Toca el timbre con la enjundia con que se reprobó a sí mismo. Su aspecto es el de alguien sin rumbo. Viene por dinero, pero trae algo a cambio. A una edad en que la memoria se diluye, él recuerda todo. Sólo existe en el pasado. Su mente es el archivo más fiel de nuestra juventud.
Lo que me dice vale más que lo que yo le doy.