Guerra contra drogas
Andrés Manuel López Obrador declaró en 2019 que había puesto fin a la guerra contra las drogas: “Oficialmente, ya no hay guerra, vamos a conseguir la paz”. Buscaba distanciarse así de Felipe Calderón, quien en diciembre de 2006 lanzó en Michoacán los primeros operativos conjuntos del ejército y las policías federales y estatales contra el narco. Este operativo se organizó a petición del gobernador michoacano Lázaro Cárdenas Batel, hoy jefe de la Oficina de la Presidencia de Claudia Sheinbaum y antes jefe de asesores de López Obrador.
No hay señales de que López Obrador haya realmente terminado la guerra. A pesar de que usó el lema de “Abrazos y no balazos”, y saludó de mano a Consuelo Loera Pérez, madre del Chapo Guzmán, el general Luis Cresencio Sandoval reportaba periódicamente los decomisos de drogas, detenciones y abatimientos de narcotraficantes realizados por sus tropas.
El expresidente Calderón, en cambio, ha defendido las políticas que impulsó. “Enfrentar al crimen organizado como presidente de México fue una de las decisiones más difíciles de mi vida. Pero lo volvería a hacer, porque es lo correcto. El verdadero enemigo de nuestro país es el crimen organizado que secuestra, extorsiona y mata a ciudadanos”.
La actual presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido también que ya no hay guerra contra las drogas, de la cual responsabiliza a Calderón, pero tampoco se ven indicios de que la haya abandonado. El secretario de seguridad ciudadana Omar García Harfuch ha reportado en las conferencias de prensa de la presidenta incautaciones por más de 420 toneladas de droga, incluyendo 5 millones de pastillas de fentanilo. También ha informado de la detención de más de 56 mil personas por “delitos de alto impacto”. Antes daba a conocer el número de abatidos, pero en los últimos meses se ha abstenido de hacerlo.
Todas las guerras son malas, pero las que buscan aplicar la prohibición de las drogas son peores porque no pueden alcanzar el triunfo. Se sustentan en prohibiciones a productos que pueden causar daño, pero que la gente consume por decisión propia, y se pelean con las fuerzas de seguridad del Estado, como está ocurriendo en México con la Guardia Nacional, el Ejército y la Marina. El problema es que, mientras siga habiendo demanda, los precios se mantendrán altos y generarán incentivos para violar la ley.
La prohibición del alcohol en los Estados Unidos entre 1920 y 1933 es un ejemplo de lo fútil de la estrategia. Quizá la medida redujo un poco el consumo del alcohol, pero quedó suficiente demanda para aumentar los precios y generar incentivos para la producción y venta ilegales. Además, provocó una enorme violencia. La masacre del día de san Valentín del 14 de febrero de 1929 en Chicago convulsionó al país y llevó a una presión pública creciente para terminar la guerra contra el alcohol. Sin embargo, en esa matanza hubo solo siete muertos, mientras que en México la guerra contra las drogas ha generado cientos de miles de homicidios y otros tantos desaparecidos, en un círculo de violencia que nunca termina.
Coincidí con López Obrador cuando prometió detener la guerra contra las drogas. El problema es que no lo hizo, ni tampoco Sheinbaum. Los problemas de salud pública deben resolverse con políticas de salud pública. El gobierno de México, presionado por el de Estados Unidos, quiere hacerlo con la violencia de la fuerza pública. Está condenado al fracaso.