Un viejo dicho afirma que las ratas son las primeras en abandonar un barco que se hunde. Una lección política sugiere que cuando un sistema político es controlado por un solo partido político, la corrupción florece porque desaparecen los contrapesos. Una vez que la corrupción se convierte en la fuerza motriz, las únicas personas dispuestas a participar son corruptas o tan carentes de las habilidades necesarias para gobernar que acaban convirtiéndose en un componente vital del proceso que conlleva al liderazgo a corromperse para alcanzar y preservar el poder. La lógica del poder termina siendo tan poderosa que borra todo vestigio demeritocracia y de búsqueda de objetivos de interés común, como el desarrollo.
La pregunta es dónde en ese proceso se encuentra México.
Primero, algunos hechos: Morena ha ido convirtiéndose en un factor cada vez más hegemónico. Parte lo ha alcanzado gracias al indiscutible liderazgo de López Obrador, que hábilmente se colocó como el representante del pueblo oprimido. La otra parte se logró gracias a la fraudulenta construcción de unamayoría calificada en el Congreso, con la cualmodificó algunos de los sustentos más fundamentales del régimen político postrevolucionario. De ahí nació el Poder Judicial subordinado, el control de las instituciones antes autónomas en materia regulatoria y electoral y la sumisión del Poder Legislativo.
La consecuente concentración del poder abrió el portal a la corrupción en grande. Ya AMLO había creado el caminito al purificar cualquier corrupción vieja para quien se sumara a su movimiento, estableciendo a la impunidad como el estandarte de su gobierno. La impunidad, lado anverso de la corrupción, adquirió dimensiones galácticas que ahora se observan día a día en todos los espacios y niveles de Morena.
En suma, Morena hoy se caracteriza tanto por la percepción de naufragio como por la corrupción, validando los dos dichos mencionados al inicio. La evidencia es vasta.
La torpeza con que se condujo el proceso de nominación de candidatos a las gubernaturas que estarán en juego el año próximo ilustra tanto fracturas en el partido gobernante como una inusual incapacidad para lograr lo que históricamente se conoció como candidaturas “de unidad”. Morena no es el primer partido hegemónico en la política mexicana, pero es claro que muchos de sus operadores no aprendieron las lecciones (que, en retrospectiva casi parecen virtudes) de su predecesor. El PRI primero negociaba y luego anunciaba al candidato ganador. Morena primero nombró y luego forzó al ganador o ganadora a lidiar con los perdedores. El orden de los factores ciertamente altera el producto.
Además de falta de destreza, el proceso mostró una debilidad de liderazgo, pero, sobre todo, la complejidad inherente a un partido que no tiene otra lógica más que la del poder.
Cuando el alcance y preservación del poder se vuelve la única motivación, todo el resto comienza a hacer agua. Cada integrante del partido, cada jugador en el entorno busca aprovechar el momento al máximo, explotando cualquier oportunidad para extraer rentas y generar oportunidades de corrupción. Sin embargo, sin nuevas fuentes de ingresos -o sea, sin crecimiento económico- la recaudación se agota y la pelea interna arrecia: cada vez más pleito por cada vez menos canicas.
Las contradicciones son flagrantes, pero la naturaleza del monopolio impide que se comprendan desde el poder. El caso del sector salud lo ejemplifica como ningún otro. Las carencias del sector, evidenciadas de manera estruendosa por las movilizaciones del IMSS, son patentes. Parte puede ser la ineficiencia en la adquisición de insumos y parte el deseo por marginar a proveedores del pasado acusados de corrupción.
Mucho más importante es el desvío de recursos del sector salud (y de todo el gasto público) hacia las transferencias sociales, donde radica el corazón del proyectomorenista. Pero,más allá de las causas, las carencias del sector son reales y conocidas por todos, excepto, aparentemente, por la presidencia.
Negar la existencia del problema no lo resuelve ni gana adeptos. Solo muestra incompetencia e impunidad.
Y ahí radica el entuerto. Un proyecto de poder y corrupción que depende de un reparto continuo de dinero para sostener su legitimidad y popularidad no funciona en ausencia de ingresos suficientes. Ante la incapacidad para generar más inversión privada que redundara en una mayor recaudación fiscal, el gobierno ha pasado a la etapa de la confiscación para empresas grandes. El círculo rápidamente se torna vicioso.
La incapacidad para atraer inversión privada surge de un dogmatismo ideológico que impide reconocer la naturaleza y lógica de la inversión en un mundo globalizado. Eso mismo se manifiesta en la (increíble) necedad por ignorar las consecuencias de una potencial pérdida del grado de inversión, cuya primera víctima sería el propio erario.
Ahí estamos. La economía no es sólo asunto de números: ahí se manifiestan los miedos, las pasiones y las esperanzas.
Mientras que, en palabras de otro dicho, “una marea creciente levanta a todos los barcos”, la novelista británicaMary Renault pone el dedo en la llaga: “Solo hay un tipo de choque peor que el totalmente inesperado: el esperado para el cual uno se ha rehusado a prepararse”.